Un paseo por Negishi, el barrio del poeta de haiku Masaoka Shiki y aprovecho para hablar, una vez más, sobre las zonas literarias de Tokio, el estar fuera todo el rato de las cosas y el archivo como forma de espera.
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Los barrios y la literatura en Tokio
No sé si existe una «zona literaria» en Tokio. La realidad es que hay librerías en todos los barrios. La población es muy lectora, pero uno diría que es Jimbocho la zona de Tokio dedicada a las librerías. También uno podría decir que la zona donde vivió Osamu Dazai (cerca de Mitaka) es otra area literaria interesante. Jimbocho es un barrio que me encanta y le busco la vuelta, como cuando vamos con mis chicos a comprar ropa de deporte o nos distraemos en la avenida dedicada a los instrumentos musicales. Pero, la realidad es que, después de descubrir esas hermosas librerías de viejo, se va generando poco a poco una suerte de rencor y resentimiento por no poder leer esos libros. Es una rabia que una trata de mantener a raya. Más bien, es parte de la impotencia nipona que luego me hace tanto reír. Aun así, uno puede dedicarse a sobar ejemplares bonitos y deambular por los objetos de segunda mano y a veces encontrar algo interesante en alguna lengua romance o sajona.
Si no le he dedicado un artículo a este barrio es porque ya hay demasiada gente hablando. Hasta hay novelas que transcurren allí y no creo que tenga nada que aportar más que unas cuantas fotos en Instagram. A veces suceden festivales de literatura o sacan los libros a la calle y es lindo de ver, pero de nuevo: estás fuera de todo eso. Siempre en Japón estás fuera. Yo me detengo en algunas tiendas de segunda mano que venden material para shodō: viejos pinceles, piedras de tinta, lindas cajas o viejos cuadernos de caligrafía. Jimbocho es más una promesa de algo y, al mismo tiempo, es caminar y encontrarte con cosas inimaginables. Unos barcitos tan hermosos como pequeños en donde ves unas colas grandes para poder entrar. Y sabes que nunca vas a entrar porque no reservas nunca y nunca planificas demasiado pero intuyes que ahí hay una promesa de algo. O ves un perro, como en exhibición, dentro de una cafetería de especialidad, dentro también de una galería de arte llevada por unos hipsters japoneses que seguramente serán igual de snobs que un hipster español o argentino.
Te asomas, ves algo que sucede pero nadie te invita a entrar. A veces, uno se cuela, como cuando me metí en el Arimasuton Building en Mita, una especie de Sagrada Familia japonesa. Pero son situaciones que rayan el ridículo y entonces te terminás riendo de todo eso. Te ríes de tu propio fracaso de las cosas. Te ríes de tu inutilidad. De lo poco que aportas a un país que no te necesita. Y en el fondo te das cuenta de que nada es tan importante y que reírse hace bien (aunque luego me ponga a toser).
Pasear como forma de archivo
Dicho esto, inicio mi última temporada en Japón sin ansias de acumular experiencias, pero me encuentro en ese estado de recopilación de imágenes, archivo, colección de cosas. En realidad, es el paseo llevado al extremo. Porque esas cosas me ayudan a mantener la memoria sobre ciertos lugares. No me interesa divulgar Japón (ya están los influencers para eso). Se trata de otra cosa. Es dejar un archivo de cosas vistas que me pueda servir para seguir escribiendo. Y, en ese proceso, también está la disciplina de dejar ir muchas cosas.
No hay que de todo, hacer algo, dice Rosario Bléfari. Y Japón es darte cuenta de eso. Que muchas cosas se escaparán. Que otras tantas no sucederán. También es saber que si las cosas son importantes, vuelven a tu cabeza en algún momento. Y esperas, esperas todo el rato. Japón es el país de la espera constante. Uno aprende a esperar a la fuerza, a los ponchazos, porque nada sucede cuando tiene que suceder.
Negishi, el barrio del poeta Masaoka Shiki
El norte de Tokio conserva algo de lo viejo y poco glamoroso que me gusta. En este caso, me desplacé un poco hacia el este, a la zona de Negishi. Entre hoteles por horas (love hotels) que, vaya a saber por qué se instalaron por ahí y máquinas tragaperras, se encuentra una casa humilde. Mi hipótesis es que esta es tierra de viajeros que agarran el tren rápido que va a Narita y pienso que se detienen por acá a dormir unas horas antes de agarrar un vuelo. También pienso que los japoneses vendrán con sus amantes y novias porque sus casas son pequeñas. Sería como nuestros telos, hay algo muy setentoso en la arquitectura. Digno, limpio y al mismo tiempo silencioso. Yo fantaseo con quedarme en uno de esos hoteles unos días, solo escribiendo o paseando pero intuyo, otra vez, que todo aquello interesante se desvanece en la vulgaridad. Como una cáscara que termina por caer. No creo que aporte más que un telo en Buenos Aires.
La casa humilde que les comentaba es el Museo de Caligrafía fundado por el pintor y calígrafo Fusetsu Nakamura en 1936 que reúne obras bastante interesantes de origen chino y japonés. Nakamura se formó en el arte occidental pero ganó fama cuando ilustró la cubierta de Soy un gato de Natsume Sōseki.

Este lugar tiene la particularidad de que el archivo de este museo se salvó en su mayoría de los bombardeos y, aunque quizás no tiene los tesoros que alberga el Museo Nacional de Tokio, hay algunas joyitas que valen la pena. Desafortunadamente no dejan hacer fotos de las obras, pero tienen cosas muy antiguas, rollos de sutras increíbles y un apartado dedicado a la caligrafía en piedra y otros soportes como cáscaras de animales. Hay lápidas, epitafios, toda una gama de materiales antiguos como sellos tallados en piedras que son preciosos.
En la misma calle, un rincón bastante solitario, se encuentra la casa museo Shikian del célebre poeta de haiku Masaoka Shiki. Tanto él como el fundador y dueño del museo de caligrafía eran amigos, trabajaban para el mismo periódico, y ambos vivían a pocos metros uno del otro. En 1894 Shiki se fue a vivir allí con su madre y su hermana. Él andaba medio enfermo pero en esa casa se reunían muchos poetas de tanka y haiku. La casa soportó varias desgracias como bombas e incendios y actualmente está reconstruida y en manos de los voluntarios que se encargan de su legado.
Yo llego un feriado lluvioso (para variar, ya hablé sobre el agua en Tokio acá). La casa solo abre en días festivos y justo es el equinoccio de otoño y están de moda los caquis. Negishi es un barrio que algunos llaman “literario” pegado a Nippori y por la zona se pueden encontrar, como en una búsqueda del tesoro, haikus en piedra de Shiki. A mí me parece un poco exagerado llamarlo el “barrio literario” pero supongo que son reclamos turísticos que tampoco aportan mucho. También se puede hacer un hermoso recorrido por los templos del barrio porque esta zona tiene santuarios que son históricos.
La casa de Shiki es pequeña. La mesa de trabajo es hermosa y la veo algo incómoda para nuestros estándares. Escribir en el suelo requiere otras exigencias para el cuerpo. La tinta, los dedos, las piernas. Es un acto físico muy diferente al nuestro. Cuando estás en el ordenador, solo tecleas. A lo sumo, estás en una silla con una pluma. Pero esto es diferente. Shiki escribía en el suelo sentado en un almohadón. Debía estar algo recto para poder usar su pincel.



El trazo del pincel en la escritura se parece a la pintura. Hay algo del aliento en la escritura que se ve en los silencios o en esos momentos en que levantas el pincel. Recorro sus escritos, salgo a su jardín. Me gusta el yuyerío. Alguien me saca una foto bajo mi paraguas. Veo sus gafas para trabajar que se exhiben tras una vitrina. En la época en la que él llegó, todo era bastante residencial y campestre. Hoy en día esta zona de Tokio es completamente urbana. A pocos minutos uno puede terminar en Ueno o adentrarse hacia el norte a barrios algo más complejos como San’ya. Pero eso lo dejamos para la próxima. Yo sigo camino. Continúo mi ruta de templos y silencio. Pido. Agradezco. Observo. Las calles están vacías.

Shiki murió joven de complicaciones por su tuberculosis. Dejó haikus para tirar al techo. Formas de ver el mundo que tienen que ver con el detalle, lo pequeño. La observación minuciosa de la naturaleza.
Fin de las lluvias.
Desfilan las hormigas
aquí y allá.
Bajo el gran sauce,
esperando la barca,
dos o tres búfalos.
Y celebro: unos amigos nos han traído caquis de temporada.
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