Algunas reflexiones en torno al concepto de amistad a propósito de la experiencia de vivir en Japón, un eterno pasillo de aeropuerto en donde confluyen viajeros y trabajadores en un territorio que no tiene hora ni país.
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La amistad en Japón
“Nos iremos sin amigos” me dice mi amor mientras nos ponemos al día de nuestros respectivos veraneos o cuando caminamos y debatimos cosas. España o Argentina, países algo atrasados para ciertas cosas, tienen algunos tesoros: la conversación, el debate. El roce de los cuerpos y las palabras.
Qué poco nos rozamos en esta isla de las buenas formas y la delicadeza exquisita.
Japón es bello y brutal a partes iguales.
“Nos iremos sin amigos” es una frase que suena algo exagerada y puede ser. Pero trataré de matizar esa frase: nos iremos sin aquellos amigos que te rozan y te impregnan con su vida, sus olores, sus miserias o su cariño.
¿La sustancia de la amistad? Son las palabras o el aroma. Pero siempre un amigo es un misterio. Marina Garcés, filósofa, habla en su último libro La pasión de los extraños. Una filosofía de la amistad sobre este concepto o comunidad de extraños que significa tener amigos.
“las relaciones de amistad son las únicas formas de interacción social estable para las que no hemos inventado una institución propia[1]. La constatación contiene una pregunta: ¿por qué? El punto de llegada, si se mira el índice, tiene una palabra clave: soledad. O dos: invención y soledad. También contiene una pregunta: ¿qué relación hay entre ambas? Entre el punto de partida y el de llegada hay una hipótesis: la pasión de los extraños.”[2]
No sé si soy buena conservando amigos, pero los necesito porque la familia no alcanza y, como son mi comunidad de extraños, necesito que sean muy diferentes a mí. Lo hago desde la soledad porque soy una amiga solitaria y no me gustan las amistades tóxicas o muy pegajosas.
La quimera de buscar lo auténtico
Para llegar a Japón atravieso aeropuertos diversos, luces, tiendas que se parecen en todo el mundo porque el consumo aspiracional es similar en todos lados. La riqueza homogeneiza los patrones culturales, una cultura se vuelve dominante y el resto acata siguiendo esos patrones. Hay una suerte de obediencia entre los privilegiados que consumen aquello que llamamos cultura.
En las clases medias y bajas se observa un sustrato cultural diferente. Es a lo que no podemos acceder cuando no hablamos japonés. Nos acercamos. Tratamos. Podemos observar. Pero nunca entraremos del todo en sus vidas japonesas, como nos recuerda muy bien Lafcadio Hearn. Yo me aferro en estos últimos meses a esos instantes en donde se cruzan las miradas, siempre huidizas de ellos. Y la mía, inquisidora, maleducada quizás, o apasionada. Ya no busco la esencia de Japón. Japón no es intentar reconocer los templos o aprender ikebana o tratar de entender su religión. Todo eso se puede hacer desde cualquier parte del mundo. No existe tal cosa como una “aproximación al hecho japonés” porque no existe tal hecho japonés.
Solo existe una mirada. La propia de la que no podemos salir. Y tan ininteligible como esta isla lejana y misteriosa.
Dicho esto, crear un lazo de amistad con japoneses no es fácil, pero si saltas la barrera de la lengua es posible construir algo en torno a algún pasatiempo o actividad. ¿Es eso una amistad? Puede ser lo más cercano a lo que puedes aspirar, porque será raro que te inviten a su casa.
En Madrid, pasa un poco eso, pero menos que en Japón. En Argentina es muy común: siempre la gente está yendo a la casa de la gente. No sé si el concepto de amistad juega un rol importante. A mí me gusta el punto intermedio que obviamente no existe. Ir a las casas de la gente revela mucho del otro. No sé si quiero exponerme de esa manera. A mí me gusta que la gente venga a mi casa y sienta que no se quiere ir. Es una linda sensación, pero en Japón no es del todo relajado. La gente viene a su hora y se va a su hora. Todo es medido y poco espontáneo, incluso entre extranjeros.
Vivir en un pasillo de aeropuerto
“Nos iremos sin amigos” porque, en este ir y venir eterno de la gente, no se afianzan los vínculos. Las conversaciones se tornan sutiles maneras de saber a qué te dedicas o a qué se dedica tu marido o dónde has ido de viaje o con quién o qué libros has publicado o a quién conoces. Chequear el estatus para evaluar posibles alianzas, amigos, pedidos de favores. Y ver que en ese andar no hay horas ni lugares. Todo es inestable. Los amigos son una red, un medio para un fin. Nunca son el fin en sí mismo.
Porque Japón es vivir en un eterno pasillo de aeropuerto en donde se asiste a toda una galería de personajes realizando conductas dudosas, extrañas, algo estrafalarias. Gente tomando whisky a las ocho de la mañana o comprando una joya de madrugada, porque en algún país es una hora decente, o dándose una ducha a la hora que deberían estar durmiendo o comiéndose un ramen apenas se han despertado de una larga siesta que han tomado a base de pastillas o melatonina.
Y contemplas ese desfase constante del tiempo y del espacio en donde la gente está yendo y viniendo porque siempre escapan o porque lo importante, como decía Rosario Bléfari, está sucediendo siempre en otro lugar.
En paralelo, la vida del aeropuerto es la vida de miles de trabajadores que transitan el espacio a horas insólitas. Ellos no viajan, pero deben atender a los viajeros. Son extranjeros también, pero tienen otro status. Los filipinos que limpian en silencio, los del sudeste asiático que cantan mientras hacen sus tareas, los indios que siempre tienen una palabra amable o aquellos brasileños que limpian el avión mientras escuchan andá a saber qué música en sus auriculares. Sus jornadas comienzan a horas insólitas, como en el avión en el que me encuentro. Un americano supervisa su trabajo. Los bolsillos de los asientos deben estar limpios, hay que pasar el aspirador, hay que llevarse la basura, traer las comidas y las bebidas, meter el equipaje, repostar. Poner un avión en movimiento requiere mucho personal y la cadena de mando es militar. Las elegantes chicas de los Emiratos están entrenadas para sonreír ante cualquier contratiempo.



Al llegar a Japón me recibe Hello Kitty o Pokémon mientras me recuerda las normas. Una señora bastante antipática me indica que no me pare en el medio del aeropuerto, que circule. Tan pronto rascás un poco se acaba la sonrisa y llega otra cosa: es la oscuridad asiática.
Japón es el eterno pasillo de aeropuerto. Una tierra de fugas, jerarquías y misterio. Abro mi libro de haikus y mientras camino pienso si eso que leo es poesía o son relatos ultracortos. En realidad, no me importa. Me parece que escribir haikus no es compatible con una vida de amigos constantes alrededor. La escritura del haiku es la escritura de los caminantes solitarios que observan con ahínco los detalles que suceden alrededor. Quizás por eso he empezado a escribirlos y sueño con poder caligrafiarlos.
¿Es posible la amistad y el descubrimiento de algo mínimo y grandioso? Yo dudo. Escribir haiku requiere de una mente solitaria y observadora. En ese sentido, no puede sorprendernos que este género haya nacido en Japón.
Leo a Yosa Buson, que era un gran pintor e ilustró Las sendas de Oku de Matsuo Bashō en su camino hacia el norte.
Con el viento empujándole,
cortaba un viejito
hierba en su huerto[3].
Yo también he visto viejas salir volando y me paso el día viendo gente y animales. Me gusta también observar los insectos que son muy extraños y el comportamiento de la gente, en especial de los borrachos.
Me quedan pocos meses. Ya pronto volveré a España. Aun así, me refugio. Porque, como en todo hay excepciones. Quedan algunas piedras preciosas por explorar.
Gente y lugares que me esperan y que llevo en el corazón.
Yo también los espero.
[1] En estos momentos, está saliendo a la venta el nuevo libro de Clémence Guetté, miembro de la Asamblea Nacional francesa titulado Pour une politique de l’amitié en donde propone otorgar derechos a este vínculo. Espero poder leer este libro pronto.
[2] Garcés, M. (2025). La pasión de los extraños: Una filosofía de la amistad. Galaxia Gutenberg.
[3] Buson, Yosa. En un sueño pintado. Satori. 2016 (p. 41)
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