Unas notas sobre Senju en Adachi, un barrio con injusta mala fama, pero con mucho sabor. En este punto lloró Bashō e inició su camino hacia el norte.
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La gentrificación llega al norte de Senju
Escuché voces de algunos japoneses que decían: ¡no vayas a Adachi! Es peligrosísimo. La idea de peligro que maneja el japonés es curiosa. Ellos ven dramas en donde nosotros vemos vida cotidiana. Tradicionalmente, se ha relacionado a este barrio con la delincuencia urbana. La gente no entiende que es imposible vivir en sociedades en donde haya desigualdad y pobreza y no pase nada. Toda comunidad tiene rispideces. Creo que parte de la convivencia es lidiar con eso. A menudo, en las sociedades en donde «no pasa nada» se esconden siglos de opresión, autoritarismo, erosión de mecanismos democráticos. No lo juzgo. Solo trato de entender qué podemos esperar de países a priori seguros como Japón.
Me acerqué el otro día a Adachi porque siempre ando queriendo huir del turismo. La forma fácil es ir a la última parada de Hibiya Line. Esta zona es casi una isla. No me fui a la parte más chunga de Adachi que está al norte del río Arakawa. Me concentré en la zona de Senju[1], concretamente, fui a Kita-Senju, un barrio que está entre dos ríos: el río Arakawa y el río Sumida, hermosos para ver caer el sol. He estado en distintos puntos del río Sumida y es lindo ver el cambio a lo largo de su recorrido.
La estación de Kita-Senju es populosa y se encuentra todo lo que necesites. Hay un centro comercial y, a pocos metros, caminamos por esos callejones que tienen un ambientazo local que no se ve en otros lados. La gente hace cosas en la vereda. Charla, bebe, fuma. Dice el youtuber Naka en su video sobre la zona que aquí se come el mejor pescado que viene del mercado de Adachi. No lo he comprobado, porque he preferido comerme unas tempuras en un local baratísimo y tiradísimo de la zona y ponerme a caminar.

Calles de Adachi cerca de la estación Kita Senju.
También es posible ir a esas izakayas familiares en donde las madres atienden el negocio, los niños juegan en la vereda y los comensales fuman, porque en los barrios periféricos es posible fumar libremente o comprar bebidas alcohólicas en los vending machines.
Llego a Rikyu. Un café regentado por una abuelita que te saca unas viejas tazas y acompaña cada bebida con esas gelatinas caseras japonesas llamadas yōkan. El lugar tiene un aire retro y el blend vale la pena. A mi lado hay una pareja joven en plan romántico. ¿Es un lugar auténtico? No lo sé. Diría que es un lugar agradable. Diría que es la manera que tiene Japón de acercarse a Europa. Poner un café a la europea significa ver lo que imagina un japonés que es Europa: creo que ahí radica lo auténtico en Japón. Tomarse un blend resulta muy japonés. Tomar helado de matcha. Japón es bastante única adoptando de forma curiosa gustos europeos. Creo que, en ese sentido, vale la pena ir a estos cafés.

La hora de la merienda siempre es adorable en Japón.
El barrio está plagado de estudiantes porque hay varias universidades cerca, hay centros de arte y la zona, poco a poco, se va gentrificando. Lo más llamativo es que no hay turistas y ya por eso vale la pena. Es la gente del barrio que camina y vive. Se siente un poco como la vida en un pueblo. Incluso en la ropa que viste la gente se ven cambios. Sin dejar de ser decente, ves un andar entre casa que siempre es acogedor.
La cosa cambia un poco cuando llego al BUoY café, que es un espacio recuperado para hacer performances y comer meriendas. El sótano era una antigua bolera y ahora es un espacio para hacer teatro. La primera planta fueron en su día unos baños públicos. Agarramos una pequeña mesa. Los niños se me quejan un rato porque, claro, son espacios para gente joven y sin hijos. En la entrada hay una mesa con varios fanzines, a veces hay recitales de poesía, a veces la gente baila. Hay una galería de arte y me gusta que haya cemento alisado. Hay un sótano y un espacio tipo galpón muy bien acondicionado. Entramos y está lleno de lo que podríamos llamar hipsters japoneses. Acá se nota la presión urbana hacia el barrio. Jóvenes prósperos vienen a mostrar y hacer su arte. Y uno se da cuenta rápidamente de estas cosas porque acá visten más caro. Como si hubiesen salido, todos ellos, de comprar en Shimokitazawa. Es una experiencia. Todo es silencio. Alguien podría decir: esto es un pequeño Soho. Sí, lo es. Como lo es Palermo o Malasaña y tantos barrios. Aun así, sigue habiendo algo japonés que ningun hipster logra quitarse de encima.
Nos tomamos su famoso postre que es un pudin con helado. La gente va a trabajar con su ordenador o se queda mirando algo. Lo que sea. La idea es estacionarse. Cuando llego nos damos cuenta de que lo que los japoneses llaman pudin no deja de ser un flan. Un flan muy rico y casero.

Fanzines en el BUoY café.
Nos perdemos por más templos y casas. Me gusta especialmente el templo de Hikawa, un espacio arbolado y silencioso.
El sur de Senju: una mala fama injustificada
El norte de Tokio es umbroso y tranquilo. Se lo siente algo antiguo, como si hubiese permanecido un poco de la esencia histórica que se perdió en otros barrios. Llegamos al río Sumida. La inmensidad de esos paisajes es deseada, porque yo vivo en un barrio lleno de cemento y pocos parques verdes. Aquí, en cambio, la gente juega en la ribera. Cruzamos el famoso puente Senju Ōhashiy nos adentramos en el barrio de Arakawa ya camino hacia Ueno.
Este puente tiene su historia. Se dice que en este punto Matsuo Bashō inició su viaje hacia el norte. Es el primer puente construido sobre el río Sumida y, aunque en sus inicios era de madera, ahora es un imponente puente de metal. No es especialmente bello, pero impresiona siempre la amplitud del río y el contraste entre los dos barrios (Arakawa y Adachi).
Bashō llega en bote a Senju proveniente de Kōtō, en donde tenía su cabaña. Allí lo despiden sus amigos y emprende el viaje que inspirará su famoso libro. En este puente, se inicia la ruta hacia el norte que termina en Aomori. De acuerdo a sus relatos, vio la cumbre del Monte Fuji. La verdad es que estando por ahí varias veces, nunca he podido ver el Fuji desde esa ubicación, pero, ya saben, nunca hay que fiarse demasiado de los poetas.
La Facultad de Artes de la Universidad de Tokio no está lejos. Haciendo una buena caminata, uno podría terminar en Ueno sin problemas, pero no es lo que hicimos porque la idea era explorar esas zonas que nadie transita como turistas. Arakawa es el viejo barrio de los comerciantes de madera. Es el barrio de las familias que se juegan un picadito en los descampados que hay o que frecuentan el Tenno Park en donde en verano es posible chapotear en una cascada artificial.
Remontamos el río Sumida a pie, ya del lado de Arakawa, en dirección a Ōji por donde discurre el tranvía, es decir, alejándonos de la bahía. Hay zonas que son como monoblocks, otras son torres de nueva construcción y casas bajas que resisten en el silencio. El Sumida es un buen río para pasear y para salir a correr. Tiene veredas anchas, es seguro, tiene amplitud.

Primavera en el río Sumida.
Llegamos al metro. Estamos lejos. Es hora de volver a casa. Adachi y Arakawa son barrios sin turistas. Y nos gusta no hacer caso a los japoneses a veces. No son barrios peligrosos. Son barrios de trabajadores. De clase media. Y con una forma de vida algo más tranquila. En ese sentido, también la humildad se parece a tantos otros barrios del mundo, en donde salís de las cuatro calles de expariados y podés ver un poco la vida cotidiana.
Japón emerge siempre, aunque arrasen tifones, incendios, guerras o globalización. Hay algo innato que se siente y no se explica demasiado.
Les dejo con un bello haiku de Bashō despidiéndose de Tokio e iniciando su viaje a las profundidades.
Se va la primavera.
Lloran las aves, son lágrimas
los ojos de los peces.[2]
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[1] En realidad, lo que era la antigua zona de Senju, está dividida en Kita-Senju (Adachi) y Minami-Senju (Arakawa). Es la zona de exploración que se relata acá. Paradójicamente, de las dos es Minami Senju la más humilde y con peor fama. Nada más lejos de la realidad.
[2] Bashō, M. (1998). Senda hacia tierras hondas (Senda de Oku) (A. Cabezas García, Trad.). Madrid: Hiperión.
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