Reflexiones y experiencias de primavera a propósito de la interesante lectura de Economía y poesía: rimas internas de Yolanda Castaño.
Tabla de contenidos
Triunfar es poder darte el lujo de ser mediocre (y que te paguen por ello)
Cada tanto hacemos catarsis con mi amiga, también escritora y traductora, sobre el mundo de la edición, los pitches que mandamos a las revistas, nuestras andanzas publicando relatos, ensayos, poesía. A veces escribimos desde nuestros propios espacios. A veces escribimos y editamos para otros. Es un camino arduo, divertido, interesante. Y podríamos intuir que el nivel de exigencia es tan alto hacia los escritores que uno tendría que ver publicados en los medios textos de excelencia, columnas pensadas, ensayos agudos.
Pero nada más lejos de la realidad: aunque hay voces interesantes escribiendo desde medios hegemónicos, en general, el panorama de lo que se puede leer con algo de interés está en lugares marginales. En los blogs, podcasts y en algunos medios independientes.
Resuenan algunos ecos de cosas que ya resultan lugares comunes. “Es demasiado largo”, “es muy de nicho”, “nos ha gustado mucho pero ya hemos publicado algo parecido”, o los más atrevidos “tiene palabras latinoamericanas”. Estas cantinelas las escuchamos todo el rato. Eso cuando no te expones a cosas más generales y burocráticas como: “¿Eres residente?” “¿Eres autónoma?” “¿Podrías rehacer la factura?” “¿Tu cuenta bancaria está a tu nombre?”
Abro las páginas de una respetadísima revista literaria en donde publican “autores consagrados”, hombres y mujeres de las letras, filósofos. Parecen artículos escritos por becarios. Lo mismo me pasa con ciertas novelas de escritores respetadísimos. Parecería que llegar alto significa en muchos casos, poder darte el lujo de escribir mediocre y que te paguen por ello. No lo juzgo. Lo vemos todos los días en columnas prestigiosas o artículos sesudos. Y uno piensa: por supuesto que yo lo puedo hacer mejor. Pero ese no es el tema.
El asunto es que nunca fue el tema.
Los escritores y la pandilla de amigos
Hoy en día, nos encontramos con una sobreabundancia de talleres literarios en los que, en su mayoría, quieren vender una meritocracia que no es tal. Sin embargo, hay poca gente del sector dispuesta a contar los entresijos de la publicación. Dicen que antes había una generosidad que ahora no existe. Puede ser. Yo tengo el convencimiento de que una charla de veinte minutos con alguien que diga: éste señor es serio, éste es un chanta, tal editor es simpático, pero no paga, aquel poeta no trabaja bien, el concurso ese está amañado ni te gastes, sería mucho más fructífero para todo escritor que cualquier clase sobre cómo elaborar una “propuesta editorial”.
¿Acaso Osamu Dazai, Borges, Bioy Casares, Hayashi Fumiko, triunfaron por haber redactado tan bien sus “propuestas editoriales”? Si lees sus vidas, te das cuenta de que los momentos trascendentales en sus carreras comienzan con un grupo de amigos.
Yo siempre digo que un buen prólogo suele ser la historia de una pandilla que un día se juntó en un bar, en una tertulia o en un aula. Ahí empieza el camino literario. Nada de propuestas, redacción eficiente, currículums, cartas de presentación bien redactadas.
Sin embargo, estamos empezando a ver algunas voces de la literatura que están abordando el asunto desde distintas perspectivas. En este blog llevo dedicado mucho espacio a hablar de Economía y cultura y también desde mi espacio Literatura y economía en IG. Por eso me alegra que siga siendo un tema de interés creciente para editores y lectores[1].
Hoy quiero hablar de Economía y poesía: rimas internas de la poeta Yolanda Castaño y editado por Páginas de Espuma. El libro habla de economía, pero no se sustenta en datos. No lo necesita: se sustenta en la propia experiencia de la autora.

Lectura de primavera.
La autoría como desvalor
En ningún campo es tan claro como en la escritura que el poder trabajar de forma independiente con tus textos no goza del mismo prestigio que hacerlo con textos de terceros. La autora se pregunta por qué cuesta más cobrar un trabajo de lectura de poemas propios que si son escritos por otra persona.
Esto mismo lo vemos dentro del ámbito de la autopublicación. Tiene más prestigio dedicarse a editar textos de otros que propios. Insólito.
Viviendo en Japón asisto a otro escenario en el que el mundo de la autopublicación y el fanzine está dentro de la tradición de la escritura en Japón. La llamada cultura dōjinshi. El arte es algo al alcance de todos, no algo ligado a una elite que crea.
Es interesante que Yolanda marque este aspecto de la cultura de la remuneración del artista. “¿Qué axioma soporta el desprestigio de lo hecho por mano propia?”
Incluso en el mundo de la producción independiente de música y cine esto es un valor, sin embargo, en el mundo de la escritura, todo lo que huela a independiente goza de una alta sospecha.

Fanzines y autopublicados en el Buoy Café en Adachi. Muchos poetas empezaron así.
La academia a examen
Un día pregunté a una profesora de literatura: ¿por qué estáis todo el día hablando de premios? Ella me contestó que era porque era lo que daba de comer a los autores. Yo dudo. Un premio se da a posteriori y de forma bastante aleatoria. No remunera el trabajo, es un capital acumulado que solo uno de los tantos escritores que han trabajado en una obra cobrará. En el mejor de los casos, es adelanto de derechos de autor. Tampoco eso es remuneración al trabajo. ¿Cuántas ayudas a la creación al proceso creativo existen?
Ya la misma palabra me espeluzna: ayuda. Le da un carácter de caridad que no necesitamos (aunque siempre son bienvenidas). No se trata de dar “ayudas”: se trata de remunerar a los creadores, independientemente de su origen y su renta, como haríamos cuando pagamos a un plomero para que arregle un caño. No le preguntamos primero: ¿necesitas cobrar tus honorarios o tú ya tienes una renta por ahí? Le pagas porque hace su trabajo. Punto.[2]
En el caso de los escritores, sin embargo, se los somete a una autopsia moral y fiscal que es casi sectaria. En muchas residencias literarias nos exigen que alguien “nos apadrine” y diga que somos de fiar. Suena, efectivamente, a hermandad, como cuando en el American Club en Tokio o en los clubes de tenis que hay cerca de casa te tiene que proponer otro miembro para entrar.
Esto, cuando no nos exigen a su vez que hayamos ya publicado un libro, con lo cual perpetuamos y fomentamos la concentración de capital (cultural, monetario, de contactos, etc.) desde las mismas instancias del Estado.
Por otra parte, hace tiempo que el mundo universitario vive en una endogamia que es fascinante. Como escritores creo que ya no esperamos nada de ella y no pasa nada. Como bien nos recuerda la autora: “la academia es sobre todo importante para la academia” (p.31). Me gusta que cuente anécdotas y exponga las curiosas argumentaciones sobre por qué no pagan a los poetas cuando acuden a un evento o presentación organizado por una universidad.
Me he criado y he trabajado en ambientes de críticos literarios, profesores y gestores culturales. Nunca he visto un sector más alejado del panorama actual de la creación. No lo juzgo. No tienen tiempo de pensar en gente sin “prestigio”, premios, validaciones que solo a ellos importan y nada al lector. Yo los escucho hablar a menudo y no los entiendo. Hay un mundo allá afuera, pero siguen en su pequeña burbuja de colegas. Acuden a los mismos círculos, se devuelven favores, organizan conversatorios en base a los mismos temas de interés. Me resuenan mucho las palabras de este poeta chino de la dinastía Tang: “los que viven en las vanidades terrenales/ siempre están apresurados”[3]
En privado, se despedazan y en público se elogian.
En ese ecosistema que he visto tan de cerca, no hay tiempo de leer a autores emergentes, gente que está escribiendo al margen de estos sistemas de validación. Andan poco en la calle porque no lo necesitan y no les interesa.
He pasado por la universidad y no me arrepiento, pero el nivel de desconexión es tan grande que de verdad es una pena que se pierdan todo lo interesante que está pasando fuera.
De esto habla también María Popova de The Marginalian en esta excelente entrevista. En ella cuenta cómo inició el blog como respuesta a todo eso que no le estaba dando la universidad cuando estudiaba. Es maravilloso navegar por sus páginas y ver cómo esa pasión por el conocimiento, el arte y la ciencia la llevó a construir un camino propio y original.
El amor y el dinero
Subyace a lo largo de todo el libro lo que venimos diciendo y padeciendo. Cuando el trabajo implica ponerle el amor, las cosas se complican. ¿Cómo vas a cobrar por algo que amas? Y aquí las analogías con el mundo de los cuidados son notorias. El lema feminista acuñado por Silvia Federici: “eso que llaman AMOR es trabajo no pago” está más vigente que nunca. Ya he hablado sobre las grandes similitudes entre la maternidad y la escritura. La principal, es que mucha gente aún hoy, considera que no son trabajos y que, por ende, no deben ser remunerados. Pero, por suerte, hay gente que sigue peleando y luchando para que se visibilicen en las cuentas nacionales el aporte de la cultura y los cuidados al PIB[4]a través de la creación de las cuentas satélites.
Todo el capitalismo se sostiene con trabajo invisible. La cultura no está exenta. Por eso es urgente pensar en nuevas formas de remuneración del trabajo que no pasen por el actual sistema de derechos de autor que, a día de hoy, no da de comer a los escritores que deben buscar otros trabajos o rentas de capital para subsistir.
Nos faltan experiencias
Me gusta que la autora cuente casos concretos. Es importante que los escritores, en especial, los que empiezan, tengan modelos y referencias de qué hacer en términos de moverse en este complejo mundo del trabajo. Cómo negociar, cómo decir que no, a qué decir que no, qué cosas son normales y cuáles son raras. Son muchas las cosas que aprendemos a los golpes porque nadie nos las dice.
Yolanda Castaño relata en su libro algunas experiencias en otros países como Irlanda que impulsa desde el Estado mentorías de escritores más experimentados que asesoran a otros en temas que puedan beneficiar a su obra.
E insisto, los editores han dado un paso gigante contando algo en sus libros[5], pero entre los mismos escritores, reina el silencio. Hay una opacidad que es pasmosa.
Por poner un ejemplo, a mí me dice alguien que ha sido jurado: “tal premio ya está dado”. Una ya sospecha eso, porque vemos la nómina de premiados y hay un hilo conductor claro, pero ese dato tan certero y pequeño, nos ahorra mucho tiempo a los escritores. Yolanda Castaño relata la charla con un jurado que le da la pauta de qué criterios priman a la hora de conceder una beca. Esos criterios no están escritos en ninguna base.
El problema de fondo es que el escritor opera en un mercado con una fuerte información asimétrica. Hay una de las partes que tiene más información que la otra.
La unión entre escritores está ausente
Hay algo que vengo observando y que también han señalado algunos editores. La falta de unión del gremio. Yolanda Castaño señala, por ejemplo, la unión que hay en el gremio de los ilustradores, o pensemos en los guionistas en Estados Unidos. Los mismos editores creo que están mejor nucleados que los escritores.
¿Qué está pasando en el caso de los escritores?
Yo tengo una hipótesis producto de la experiencia y la observación: y es que dentro del colectivo de escritores hay divergencias sobre cómo reconocer a un escritor. Nos encontramos a menudo con debates estériles en referencia a qué es un escritor y qué no lo es. A menudo, ellos mismos no quieren estar en la misma bolsa de otros colegas a los que no respetan. No quieren ir juntos en reivindicaciones si no hay un respeto o una trayectoria parecida.
Eso es muy difícil, porque el mismo hecho de ser escritor, en realidad, no dice mucho de la persona. Hay tanta diversidad de trayectorias vitales que no hay manera de construir algo común. Quizás por eso existe esa tendencia a las tribus y las cadenas de favores. Pequeñas “mesas chicas” que se forman de amigos en las que siempre tiene que estar muy claro quién pertenece y quién no. Esto no ocurre en otros gremios.
El modelo asiático
Los que me conocen saben que llevo un tiempo en el mundo del shodō, que es caligrafía japonesa. Está siendo una experiencia hermosa, principalmente, porque estamos todos juntos, los novatos y los avanzados y vamos aprendiendo diariamente sin demasiado discurso detrás sobre quién pertenece o quién no. No hay esnobismo. Es un camino, como el ikebana, la ceremonia del té, las artes marciales. Tiene algo de performático: importa el “mientras tanto” no el resultado final. He visto en vivo prácticas caligráficas maravillosas en las que el cuerpo, la tinta, las manos, la música, entran en una coreografía maravillosa.
Hace poco señalaba que en Japón hay una cosa de la práctica artística ligada a lo cotidiano. La forma japonesa de concebir el arte es el quehacer diario. Es sacar el arte de los museos y llevarlo a la vida diaria. Yuriko Saito habla de la estética de la vida cotidiana,[6] un concepto que ayuda a entender cómo se vive el arte en Japón. En Occidente hay algo aspiracional que tiene que ver con la distinción y el grupo de pertenencia. Eso no existe en Japón.
Mi hipótesis es que esta forma de concebir el arte hace que no haya una unión verdadera para pelear por derechos sino más bien un “sálvese quien pueda”.



Yo, por supuesto, soy la primera que desconfía de los grupos. Soy de talante solitario, pero quizás hay que trasladar una forma de pensar colectiva que pase por saber qué están haciendo los demás para ver cómo debe actuar uno en relación a exigir mejores condiciones. Yolanda Castaño habla de rechazar trabajos no remunerados, me parece bien, pero a menudo no sabemos los escritores qué está pasando alrededor. Si no sabemos qué está sucediendo con nuestros mismos colegas, difícilmente podremos tener un panorama claro de la situación y actuar en consecuencia.
Celebro que los escritores hablen y que empiecen también a pensar no solo en literatura sino también en la economía que la sustenta.
Y como siempre, la poesía me salva de todos estos desvelos. Y la soledad se pasa porque siempre hay otro allí. Gente hermosa que me susurra al oído. Los lectores que me acompañan desde lejos y la literatura. Y algunos escritores y traductores con los que me he topado y son gente excepcional, casi como piedras preciosas que uno debe cuidar.
Les dejo a Thoreau y su Walden al que siempre vuelvo con mucho capricho.
«Este mundo en el que vivimos no es más que un punto en el espacio. ¿A qué distancia crees que viven los dos habitantes más alejados de aquella estrella, cuya anchura no puede ser apreciada, siquiera, por nuestros instrumentos? ¿Por qué habría de sentirme solo?»[7]
Más lecturas y agradecimientos
No estaré en la Feria del Libro porque vivo en Japón, pero mi novela sigue a la venta en la tienda de Jotdown y en todas las librerías de España.
Para leer sobre cómo me impactó leer el Genji, les dejo Sobre la literatura y la extranjería de las cosas que salió publicado en revista Carátula.
Por último, quiero agradecer a Antonio J. Ramírez Pedrosa de La senda del haiku, por publicar estos haikus que escribí en la maravillosa revista Hotaru, un espacio hermoso para leer esta forma de poesía japonesa en la que ando metida. Aquí pueden leer el último número.
[1] En los últimos años han visto la luz algunos libros interesantes como Un millón de cuartos propios de Tamara Tenembaum y Dinero y economía de Olivia Teroba, recientemente publicado en España por editorial Las afueras. También celebro la reciente publicación en español de Literatura y dinero de Émile Zola con prólogo de Constantino Bértolo (Fondo de Cultura económica), un libro que, a pesar de los años, no envejece en absoluto.
[2] Algo similar pasa con la mal llamada “jubilación de las amas de casa” en España. Ya el mismo nombre es estigmatizante: pensión “no contributiva” le llaman. Además, también tiene carácter de “ayuda” lo que resulta un insulto y pone otra vez el énfasis en la caridad y no en que debería ser una remuneración al trabajo.
[3] García Moral, C. (Ed. y trad.). (1997). Poetas chinos de la dinastía Tang (618–907). Visor Libros.
[4] A nivel nacional no existe una Cuenta satélite de la producción doméstica, aunque existen iniciativas a nivel autonómico. Pero de acuerdo a instituciones privadas como Fundación La Caixa o Funcas basados en microdatos del INE, todos estos estudios coinciden en que ronda el 40% de aporte al PIB. En cuanto a la Cuenta Satélite de Cultura sí contamos con estudios periódicos hechos desde el Ministerio de Cultura que sitúan el aporte de la cultura al PIB en torno al 3% o 4%.
[5] No puedo dejar de celebrar libros valientes como el último de Enrique Murillo, Personaje secundario editado por Trama editorial.
[6] Saito, Yuriko. Estética del cuidado. La práctica en la vida cotidiana. Herder. 2026
[7] Thoreau H.D. Walden. La vida en los bosques Andrómeda. 2013
Deja una respuesta