A propósito de la idea del escritor independiente, comentamos la obra de Émile Zola, que analiza el complejo vínculo entre literatura y dinero.
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El sueño del pibe: ni Estado ni mercado
Saliendo del ambiente siempre festivo de la FED (Feria de Editores, evento que nuclea la llamada edición independiente) uno se pregunta sobre el carácter y la definición del término independiente.
No sabemos tampoco si es algo realmente bueno, porque la misma palabra denota cosas distintas dependiendo de quién la use.
Para algunos ser independiente es no depender del Estado, para otros es no depender del mercado. Y puede que para un tercer grupo, sea poder tener un cuarto propio o una herencia. La misma palabra independiente nos debería hacer reflexionar porque, en el fondo, estamos hablando de economía todo el rato.
Tampoco estamos acá para dilucidar si las editoriales que se autoperciben independientes, lo son realmente. Quizás hay una mirada ideológica clara o quizás no. ¿Tendrá que ver con el tamaño de una empresa o con la pertenencia a otro grupo multinacional? ¿o tal vez con ciertos posicionamientos políticos?

Feria de editores, viernes pasado. Galpones llenos.
Yo lo ignoro, pero puede que ayude un poco a dilucidar la siempre extraña relación entre la plata y el arte, el libro que leí el mes pasado y que devoré: se trata de Literatura y dinero de Émile Zola. Lo cierto es que hay mucho que que decir. O más bien, me veo en la obligación de repetir cuestiones de las que ya hablé, discutí y escribí hasta la saciedad.
Primero de todo: este pequeño ensayo sale publicado por primera vez en español en el año 2020 por Trama Editorial. Llama la atención que hayamos tenido que esperar más de 100 años para leer estas reflexiones sobre el carácter económico de la literatura. Esto ya debería darnos una pauta del interés que hay en lengua castellana en torno a la relación del arte y la economía. En este sentido, aplaudo la publicación y aplaudo también el excelente prólogo de Constantino Bértolo.
La labor del escritor: ¿capital o trabajo?
Bien explica el prologuista en la introducción la base del problema. Él lo hace mejor que yo, porque cuando intento hablar de esto, la gente no entiende. Parecen venir todos nuestros desvelos de la consideración del trabajo del autor como rendimientos de capital (royalties) y no como rendimientos del trabajo (salario).
En palabras de Bértolo:
“el escritor no vende directamente su fuerza de trabajo, su capacidad para escribir, sino el fruto o producto de su trabajo: los textos. Y sucede además que lo que ceden, el capital, no es la propiedad sobre ellos, sino los derechos de reproducción y sólo por un periodo de tiempo determinado” (p.13)[1]
Para mí, sigue siendo un misterio fascinante que nuestro trabajo siga siendo considerado un aporte al capital y no un salario. No sé quien tuvo esa idea brillante, pero está claro que ha sumergido al creador en la peor de las precariedades posibles. Hasta el limpiador, el camarero cobra un salario,
¿por qué no un escritor?
Fíjense que en toda la cadena del libro: editor, impresor, diseñador, correctores, traductores, secretarios, organizadores de eventos, gestores culturales, todo, todos, ¡¡¡¡todos!!! cobran un salario.
Todos menos el escritor.
(Disculpen mi énfasis.) ¿Será esa vieja idea de que el trabajo era algo ligado a las clases bajas o deshumanizante? Quizás Zola nos pueda iluminar.
La literatura como bien de lujo
En la época de Zola, o incluso antes, el escritor era un lujo que un señor se permitía. Me gusta la idea que plantea del escritor como mascota de compañía de los ricos. La creación era el símbolo de status de alguien que quería mostrar que tenía dinero. Un símbolo de consumo conspicuo en términos de Veblen.
“Incluso en los primeros tiempos de la cortesía francesa, cuando los salones apenas nacían y los grandes señores se contentaban con tener a sueldo a un poeta lo mismo que tenían a un cocinero, las letras se encontraban en un estado de domesticidad que las ponía en manos de una casta privilegiada” (p. 23)
Es interesante. ¿No estaríamos mejor siendo considerados los cocineros de alguien, el barrendero, el plomero? ¿Hay algo humillante en reconocer que escribir es un trabajo? Parece que esto estaba claro en la época de la corte francesa, pero algo cambió. Por supuesto, el poeta se plegaba a los criterios del salón a los que debía adular y contentar. Esa falta de dinero e independencia, hacía del escritor un ser débil y dado a la manipulación.

Una caña con Émile Zola. Magnífica edición del Fondo de Cultura Económica.
Pero ¿cómo estamos hoy?
Hay otra imagen interesante: la de los ricos que se pasan entre ellos “animales exóticos” a los que van manteniendo para consumo personal y social. Esos animales exóticos son los artistas. Se alardea con el arte. Los reyes pagaban pensiones a los escritores, no solo porque era un trabajo precario, sino porque eso significaba un gran honor.
Este mecanismo, relata Zola, en el que el artista recibe una pensión a cambio de protección y adulación al señor, llega a su fin en el siglo XIX. Digamos que, hasta entonces, la literatura era una pertenencia del rico, como lo era el suelo, el perro o la casa. Daba buena imagen pertenecer a alguien poderoso que te protegía.
¿Debe pagar el Estado a los creadores?
Obvio que este es un viejísimo debate y siempre he sostenido que la cultura debe recibir apoyo, el asunto es cómo articularlo para que sea lo más justo posible. Cabe preguntarse qué criterios usa la sociedad para validar a alguien y considerarlo digno de subsidio.
La pregunta es si el artista es más libre cuando lo subvenciona el Estado. Yo sospecho que no, y parece que Zola va en esa línea. Tengo esa contradicción: creo en un Estado presente, pero no sé cómo el creador puede conservar su independencia en ese contexto. Lo ignoro.
Hoy en día, 100 años después sobran las lisonjas en el mundo de la cultura. La lisonja funciona como un medio de pago, es la moneda que no tiene el artista y que debe entregar a cambio de algo, un lugar en la exposición, en el catálogo de turno, en la subvención en cuestión. El lenguaje de la lisonja no se aprende en la escuela, los artistas lo adquieren de una manera particular. Quizás es ensayo y error. Creo que hay verdaderos orfebres en el arte de la lisonja. Me reconozco ignorante en estos menesteres, pero presto mucha atención porque siempre hay nuevos artes que se van perfeccionando. Pienso en la lisonja como aquel medio de pago barato, quizás es como aquel billete gastado que siempre está en duda si será aceptado. La lisonja siempre está al borde de quedar «fuera de circulación» o porque se estilan otras formas o porque hay que aggiornarse. La moneda de curso legal va variando a lo largo del tiempo. Lo mismo pasa con la lisonja. Cada vez se vuelve más sutil porque cuando es grosera, creo que tiene poco efecto y hasta genera rechazo. Una buena lisonja debe pasar desaparcibida, casi como el billete falso. Hay que tener arte y picardía para colarlo.
Hecho este excurso, volvamos a lo importante. Si pensamos que la verdadera literatura siempre cuestiona al poder o al menos debe estar lejos de él para que sea libre, ¿cómo lograr el sustento necesario?
El autor habla del poder emancipador del dinero para no ser como “antiguos bufones de cámara”. De alguna manera, está reivindicando el poder del cuarto propio como decía Virginia Woolf (o sea la herencia en su caso).
Zola termina su manifiesto con lo obvio. “Todo trabajo merece un salario”. Parece ser que diría que necesitamos menos subsidios y más salarios. Quizás más mercado y menos Estado. El asunto es que no sería rentable en todos los casos. El mismo Zola dice que el teatro es mucho más rentable que la literatura, entonces ¿qué hacemos?
“Soñar con una literatura subvencionada es una deshonra. Luchen, coman pan duro, piquen piedra de día y escriban obras maestras de noche.” (p. 56)
Cuando salgo a caminar veo esa luz del invierno sobre los paredones de las casas. Transito por librerías, ferias de libros independientes. Y pienso en esa palabra tan manida. Quizás sea esa tranquilidad que da el dinero para hacer lo que uno quiere lo que confiere de gracia a la palabra independiente.
Mi amiga que vende guitarras dice que no le importa que la echen porque ahora no necesita el salario para vivir. La libertad del dinero quizás es la única posible para tener trabajadores verdaderamente libres. Hay quien piensa que no necesitar un salario para vivir te hace más vago, pero quizás, es, al contrario: la libertad de la independencia económica, hace que pelees por mejores condiciones, que quieras trabajar con más ahínco, que quieras emprender, que quieras escribir, que quieras apostar por el arte o luchar por aquello que, de otra forma, no podrías porque no tendrías tiempo ni energía. Ya decía Helen Hester y Nick Srnicek que la lucha que viene y que está sucediendo es la lucha por el tiempo libre. Quizás la única y verdadera.
¿podría ser la renta básica un camino hacia esa libertad?
No tengo la respuesta. Abro Pushkin que es sabio y de estas cosas entiende.
Les habla a los poetas, pero vale para todos.
(…)
Zar eres. Vive solo. Por el camino libre
Ve allá donde te arrastre tu libre inteligencia
Perfecciona los frutos de tus ideas más caras
Sin pedir recompensa por una noble hazaña[2].
(…)
Amén.
[1] Zola, Emile. Literatura y dinero. FCE. 2024
[2] Pushkin, Alexandr. Antología lírica. Hiperión. 1999
Coincido 100 x 100.
Gracias.