Reflexiones y nimios desvelos sobre la playa, el trabajo y la literatura. ¿Qué significa volver siempre a los clásicos cuando hablamos de viajes y literatura?
Tabla de contenidos
La tristeza de la playa
Despierto con el motor de alguien cortando el pasto. En esta aldea de las montañas entre los Picos de Europa no es feriado. Viene una ola de calor. Nos acercamos a Llanes. Poco ambiente. Más bien la vida que sigue. Se agota El país. España ha ganado la final, pero por acá todo marcha como si nada. Compramos El mundo y Marca. Poca camiseta de España. Parece que el ambiente playero predomina. Yo ya me canso de los días de playa en Asturias. No vengo al norte para esto.
Ya he dicho en más de una ocasión que la playa me aburre y me da cierta tristeza. No tanto el paisaje sino todo ese ambiente familiar y rutinario en torno al asunto. Los sanguchitos, las grandes familias a la mesa, el calor y esos arroces mirando el mar o las madres con los bebés, los padres cuarentones pescando con los niños, la gente quieta y ardida por el sol. Esas pieles quemadas, vividas, expuestas al sol y las inclemencias. El espectáculo visual es deprimente. Aun así, me la paso bien regodeándome de estas cosas y saco algunas enseñanzas sobre cosas que no debo hacer. Parte de la gracia del verano es ajustar el verano para que cada año sea mejor. Y a la conclusión a la que voy llegando es que lo ideal es moverse poco y minimizar los impactos visuales y auditivos. Menos exotismo. Más rutinas. En un mundo ideal, viajar y leer debería ser volver siempre a los clásicos y huir de la novedad.

Vista de Niembru en Llanes. Es la parte más bonita e interesante de la costa. Aquella que conecta con el pasado y con la naturaleza. Lejos del consumo masivo.
La alegría de la montaña
Siempre he pensado que la gente que veranea en el interior tiene otro talante. Yo observo los rostros de la playa y de la montaña. Y puedo decir que los primeros están siempre más tristes y hastiados que los segundos.
Yo me tapo bastante la piel. No por pacata, sino porque me molesta el sol y me mancho mucho. Me envuelvo en pañuelos, pareos y sombreros. Soy un poco ridícula pero no me importa. Leo, camino o nado. O me invento tareas para volver a casa a buscar cosas o transmitir mensajes inexistentes. A menudo me ofrezco a hacer recados como ir a comprar algo al almacén o buscar algo difícil de encontrar. Cualquier excusa es buena para huir de la playa.
Camino por la orilla. Me he dado un chapuzón antológico. Y paga todos mis lamentos.
En la previa de la final, escapamos a Arenas de Cabrales. He logrado terminar de corregir un artículo sobre la muerte celular. El trabajo pendiente me lo he sacado de encima. En verano sigue habiendo un flujo constante de fechas que atender. Por suerte, logro terminar todo algunos días antes de la final. Ahora solo queda el trabajo doméstico que consiste en estar con los niños, hacer que estén entretenidos, alimentados e instruidos. Mi hijo hace deberes. Se trata también de lidiar con la gente que cree que esto no es un trabajo. Tamara Tenembaum considera que el trabajo tiene que ver con estar con gente con la que no te llevás o que viene de otro estrato o que no sería tu amiga. Yo dudo. Eso excluiría miles de años de trabajo femenino. ¿No es una mirada un poco estrecha del asunto? Sigo pensando sobre todo esto mientras ayudo a mi hijo con las fracciones.

Pequeña librería a donde me escapo en Llanes.
El horror del turismo
En Japón se escuchan voces antiturismo. He visto turistas haciendo barbaridades. Invaden los templos, se cuelgan del metro, hablan en voz alta. Y es que el país es tan instagrameable que es una verdadera tentación para los impresentables. Se transforma el espacio en mercancía. Y también se vulgariza el asunto. España sabe mucho de esto porque vive del turismo.
Vemos los autos bajar a la playa. Las hordas van a la costa en donde te cobran cincuenta céntimos un vaso de hielo para el café. No veo la necesidad de todo esto. Viajar es nocivo. El cuerpo se cansa. Se agota algo en la mirada que ya no retiene más que anécdotas perdidas. Por eso prefiero volver a los lugares que ya he visitado. Porque a menudo me olvido. Y porque vuelvo a recordar y vuelvo a vivir como la primera vez. No quiero más cosas nuevas, ni olores, ni paisajes, ni experiencias en donde, en realidad, no te estás acercando a ninguna cultura y solo podrás arañar una idea de lo que es “el otro”. Mejor los libros que me llevan a lugares realmente exóticos.
Yo pregunto ante las semifinales en el bar de la playa. ¿Pasarán el partido?
¿Qué partido? Me dice la mujer de la barra.
Eso es España.
Ellos ya están pensando en el eclipse y en el dinero que les dejará. Podrán seguir cobrando el hielo. Aquella sustancia transparente e inocua que se ha transformado en un bien que si lo pedís, te lo cobran. Y, si no lo querés, te lo regalan.
Yo bebo mi Coca-Cola de la botella. No quiero el hielo. Saboreo el burbujeo en mi lengua mientras leo a Álvaro de Campos y me pregunto quiénes son ellos, los que escriben y se inventan identidades y los otros, contenidos en los libros, en las páginas. Pienso que me gusta más el Pessoa de El libro del desasosiego que el poeta Álvaro de Campos. Uno me cae simpático y al otro lo imagino un poeta algo insoportable.

No es lo mejor de Fernando Pessoa pero acompaña bien el verano.
¿Qué más queremos en la vida que lidiar con una maraña de personajes e historias algo reales y algo ficticias? Me quedo con Lisbon revisited. Un verdadero alegato contra la novedad y la tontería.
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