Unas palabras del Yokohama que leí y del que vi hace pocos días cuando me acerqué en tren a esta ciudad costera que se ha levantado de la catástrofe muchas veces. Memoria, olores y literatura.
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Colores y aromas nuevos
Uno recorre los lugares a través de las anécdotas de otros, los videos de You Tube, las películas. O la literatura. Y se conforma una amalgama de medias verdades y vivencias que construyen nuestra memoria. También se arman prejuicios que uno luego confirma o destierra cuando definitivamente conoce un lugar nuevo.
Del Yokohama que vi, me quedo con las calles atestadas de olores y color. Los niños con sus sonrisas y sus fresas clavadas en una brochette. Los dim sum y los bollos cocidos al vapor rellenos de cosas que prefiero ni saber. Algunos detalles. Los vendedores de comida callejera gritan. No hacen reverencias. Y la comida es picante y condimentada. No era consciente de cuánto extrañaba eso sanguíneo del mundo chino. Un universo rico en cultura y sentidos. Olores, texturas. Los ajos a rebozar en todas partes. Bolsas de piñones a granel. Mazo de cartas con los rostros de los políticos chinos.
Camino por las peatonales, se ven muchos turistas chinos. Yo me pregunto si les hace gracia terminar en un Chinatown japonés. Pero luego pienso que quizás sienten una mezcla de fascinación y orgullo por ver su cultura en otras partes.
Nosotros nos refugiamos de la lluvia en un bolichito que nos recuerda a ya difunta Ña serapia en calle las Heras. La gente grita y hay grupos grandes. También a eso me había desacostumbrado. Las patotas comiendo juntas.

Chinatown de Yokohama.
Amor por Occidente
En mi imaginario, Yokohama era elegante y hermosa, llena de tiendas de moda que viene de Occidente. Por Tanizaki, sabemos que esta ciudad en la posguerra y ya dominada por los americanos despreciaba a todos aquellos que no eran aliados. Un carácter “exclusivista” se vivía en las fuerzas de ocupación. Les agradaba dialogar con franceses, pero despreciaban a los orientales e incluso a los rusos. El narrador de Un puñado de cabellos, lo vive en carne propia como hijo mestizo. Anhela vivir en Shanghái en donde piensa no lo discriminarán.
Tanizaki tiene con qué avalar sus relatos. Vivió en la zona próspera de Yokohama hasta el terremoto de 1923. Fue testigo de primera mano de la influencia y fascinación por todo el mundo Occidental.
El cuento Una flor azul, retrata de forma mágica y estremecedora la fascinación por la moda de Occidente y el desprecio a lo local de las clases acomodadas.
Le dice el protagonista a su amada.
-Tu eres de una belleza exótica, a ti no te sientan bien los vestidos tradicionales que son ordinarios e inncesariamente caros. Mira a las europeas y a las chinas, que saben sacar el mayor provecho de su color de piel o de la fisonomía de sus rostros sin gastar dinero. Debes aprender de ellas. (p. 168)[1]
Me detengo en un bazar. Me gustan el merchandising chino. Libretas. Bolígrafos. Porcelana. También abunda las tiendas con productos occidentales. El asiático mantiene esa fascinación. A pocos pasos están los peces que se comen las mugres de los pies del turista. Yo escucho que ríen a carcajadas. Niños y mayores. Las caricias del animal son un lenguaje universal. Yo no entiendo lo que dicen. Solo sus risas que se desparraman por el espacio.
En la bahía se contempla una luz especial. Hay apertura. Horizonte amplio. Un barco-museo que se visita y el agua que está calma es gris plata.
Se intuye la especulación inmobiliaria, un fenómeno que se agudiza cerca del agua.
La gente especula cerca del agua. La misma geografía deviene en amenaza. Pienso que las costas en general oscilan entre la decadencia y la recostrucción infinita. La cultura de mall o el abandono. Nunca hay un término medio. Exagero y generalizo quizás pero he visto estos fenómenos en muchos lugares. Playas de España, Puerto Madero.
Yokohama ha sido varias veces reconstruida. Eso no es problema en Japón. Siempre es negocio reconstruir.
Una belleza al servicio de
Anochece sobre los canales. La Noria está iluminada. Ya queda poco del antiguo pueblo de pescadores. Hay belleza aun y me viene a la mente las palabras de Rudyard Kipling, no sospechoso de ser crítico con el poder y con el colonialismo, cuando dijo sabiamente sobre Yokohama que su postura pro extranjero, llegaba al punto del servilismo[2].

Cae el sol en los canales de Yokohama.
Siempre nos da la sensación de que, en una confianza ciega en la especialización del trabajo, Estados Unidos le ha dejado la sección “belleza” del comercio capitalista a ellos, los japoneses.
Expertos en delicadeza, hermosura y perfección.
[1] Junichiro, Tanizaki. El demonio y otros cuentos. Satori. 2022
[2] Letters of Travel, 1892-1913. KIPLING, Rudyard. Published by Doubleday, Page & Company [Country Life Press], Garden City, New York, 1920.
Me encantó
¡Gracias!