Hoy escribo sobre el agua, lo húmedo y lo que nos pasa cuando no para de llover. Todo a propósito de los tifones y la lluvia que no para de caer en Tokio. También me escapo a los haikus, al silencio del agua quieta y al aroma de la bahía.
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Algunos recuerdos
En los tiempos libres, en los que no es posible salir a las calles a dejarme llevar por lo que sea, hojeo los libros de mi estantería japonesa. Son mi acercamiento más directo a la cultura de este país, porque pasear está muy bien, pero sigue uno estando fuera. Deambulas sin enterarte de nada y hasta me río de lo torpe e inútil que soy. Es como nunca ser bienvenida en ningún lado y que no te importe. Estás fuera y casi flotas. No debes nada a nadie y nadie te debe a ti. Nadie te exige y tú no exiges. Es casi como no existir.
Solo la literatura y el cine me invitan a entrar de una forma única. Y yo me siento especial e importante cuando me sumerjo en la ficción, en el ensayo y la poesía. Por un momento, me siento “persona” otra vez ahí sumergida entre los tankas, los zuihitsu y las cartas de Kawabata. Como si siempre hubiese sido bienvenida y alguien estuviera pensando en mí. (Escribir sobre Japón es quizás mi manera de no perder ese carácter de “humanidad”.)
Ya tengo una linda colección de literatura nipona a la que he sumado varios de haikus. Todos mis libros tienen algo en común. Algo más banal pero poderoso.
Están todos húmedos.
Hace semanas que no para de llover en Tokio. Lo cual significa que los chicos no pueden andar por ahí y como nadie va a la casa de nadie, porque en este país nadie queda con nadie, toca perder la paciencia. O refugiarse en el haiku o caminar por centros comerciales y tiendas infinitas o meriendas envueltas en plástico. Estar dentro tanto tiempo obliga a ponerte un poco obsesivo con las cosas. Piensas en los mismos temas. Por supuesto, mi obsesión ahora es el agua.
Algunos recuerdos asociados al asunto. La Habana, la noche y las luces tenues de una ciudad cuyas horas de luz son escasas. El agua es ese calor húmedo en el rostro que azota sin preguntar. También es ese frescor de los mojitos en El Nacional mirando el Malecón después de una larga jornada de trabajo. Hay que moverse despacio para no sudar. Iguazú, un gomón que se adentra en ese remolino furioso que empapa de placer. Las mariposas que juegan enormes. Más recuerdos. La película japonesa de terror Dark Water comienza con unas gotas de un grifo que caen. ¿Quién no se ha obsesionado con eso? Los goteos de las cosas en general son inquietantes. Último recuerdo. Uno de los primeros cuentos que escribí y publiqué en la ya difunta y querida revista Tales trataba sobre una mancha de humedad que crecía en la cocina.

Una escena de la película Dark Water.
Tokio y el agua
En Japón es un tema recurrente. Mientras observo mi piel pegajosa, me toco los brazos y veo ya que empieza a chispear. Toco las paredes. Se levanta el papel. Se llena de moho la ropa. Salta la pintura de las cosas. Los libros se ondulan como sábanas. Las galletas se abren y ya están blandas. Los cajones no abren. Se hincha la madera. Y mis plantas, que cuida Tomás, amenazan con crecer sin parar.
Japón mete todo en plástico por una razón. Ahora ya la sé. Escapar de la humedad que se introduce en las sábanas y en todos los huecos del cuerpo. Dice Moria Casán: “todo debe estar húmedo menos la casa”. Yo diría.
Mi casa es la humedad. La humedad es mi casa.
Lo desagradable del asunto
La humedad nos recuerda cosas que nos dan asco. Un gusano, una lombriz y sus derivados. Caracoles que dejan huella. Bichos bola. Lo húmedo lo ligamos a la vida y también al proceso de muerte. Cuando algo se caduca se humedece o empieza a fermentar. Que algo largue líquido de sus entrañas nos afecta. Nos recuerda muchas cosas. Que hubo vida. Que hay vida (no siempre estamos interesados en que ciertas cosas tengan vida). O que algo malo está pasando.
Camino por la calle. Mis brazos. Mis ingles. Mis partes más íntimas. Vivo húmeda en este país del demonio. Y, por último, el pelo. La humedad del pelo hace que parezca una bruja vieja. No hay manera de domar estos cabellos. Corro a la peluquería a comprar ilusión, a ver si pueden hacer algo, pero la belleza que te venden dura poco. Es como alquilar unas horas de armonía que se va en cuanto pisas la calle. Todo pierde contorno. Todo se vuelve fantasmagórico. Los trajes de los señores se deforman al caminar. Las toallas mojadas en sus nucas trabajan sin descanso. En el medio, vuelan los paraguas o se dan vuelta. Los veo salir apurados del metro de Namboku Line. Llevan sus maletines o esos bolsos muy elegantes. No huelen. Caminan rápido como urgentes por llegar. Mientras más corres, más húmedo te pones. Algunas ancianas incluso salen volando. Los vientos y las lluvias del tifón las arrastran.

Mis pelos de vieja al viento. Indomables.
La humedad es el elefante en la habitación. O es algo que tocamos en las yemas a través de los objetos y las personas. También es el silencio del agua quieta. Lo que está vivo y no se oye.
Hierba en la niebla
Quedó el agua sin voz
y ya anochece.[1]
Lo bello y lo acuoso
Y hay una cosa linda. Y es la humedad del campo cuando caminamos o corremos. O cuando vamos en la barquita hacia Asakusa y olemos el agua que, aunque tenue, nos recuerda la vida y que no estamos solos. A veces corro en dirección al agua. Dice Kyokusai:
Si contemplas las aguas
al alba, oirás
florecer al loto[2]


Necesito ver esos canales, la bahía, los contenedores con la mercancía traída desde tierra firme o necesito ver ese mar de color extraño. Y recordar que somos una isla rodeada de agua. Es feriado. Leo unos haikus en honor al agua. Es mi conjuro al cielo para que nos dé una tregua. Hoy me ha escuchado. Ya asoma el sol tenue del otoño.
Yo celebro.
[1] Buson, Y. (2016). En un sueño pintado (F. Rodríguez-Izquierdo y Gavala, Trad.) Satori Ediciones.
[2] Hoffmann, Y. (2009). Poemas japoneses a la muerte: Escritos por monjes zen y poetas de haiku en el umbral de la muerte (E. Moga, Trad.). DVD Ediciones.
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