Cinco años pasaron desde aquel encierro. Apenas queda algo en la memoria que siempre hace cosas para protegernos del dolor. Y acudo a dos confinamientos muy especiales, uno japonés de la mano de Murasaki y otro muy español, con Miguel de Unamuno.
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Los encierros de la gente
Cinco años de muchas cosas. De gente que se fue. Algunos dejan una estela que es indeleble, aunque no los veamos físicamente. Habitan en los libros, en las caminatas, en las charlas compartidas.
Hace cinco años, no solo nos encerraron. Sino que anduvimos recreando un mundo en nuestras propias prisiones particulares. De aquellos tiempos, recuerdo los juegos con mis niños, las lecturas, las peleas por sacar la basura y salir a la calle. Y el privilegio de gozar de salud y una linda familia.
También hay una etapa en que las bibliotecas públicas se transformaron en algo importante. Y escribir siempre me salvó de no quedarme encerrada.
Hay gente que vive encerrada aún. Todos lo estamos, en alguna medida. Yo intento escapar todo el rato. Me aferro con uñas y dientes a esos otros mundos que andan por allá. Son a la vez íntimos y compartidos. Hay algo de privado y público que tiene la literatura que es paradójico e insólito.
Como si fuera posible compartir y aferrarse a algo para sí mismo. Una mezcla de egoísmo y universalidad. Y uno destierra esos conceptos entre lo individual y lo colectivo que tan bien nos han enseñado como borregos en la vida.
Las mujeres que se encierran
En La novela de Genji, ellas siempre están confinadas. Siempre esperan a que alguien llegue. O las raptan y las trasladan, como se traslada un bien muy preciado. A las mujeres se las viste, se les enseña a caligrafiar bellos poemas, y cuando hablan con alguien, no se dejan ver. Ese confinamiento es parte de una relación económica entre familias que comercian con mujeres. Murasaki escribe, posiblemente también algo escondida. Y en esas historias que teje, quizás escape un rato. Se sumerja en otras vidas. Me detengo en algunos versos que parecen no envejecer. Todo lo que uno puede leer en La novela de Genji, parece escrito ayer.
-Observo la efímera
posándose en mi mano…
aquí está, me digo,
cuando ya no está.
‘¿Qué realidad tiene el mundo? Lo mismo que la efímera.
Visto y no visto.[1]
Espacios de libertad
La literatura goza de muchas de estas paradojas. Pero no solo los libros. Sino las historias que me encuentro por la calle. Yo las agarro y me las quedo. Las manipulo a mi antojo. Puede pasar alguien al lado mío, y quizás haga lo mismo con resultado diversos. Nunca hay un resultado igual a otro. En realidad, ni las recreo, ni las quiero transmitir. Funcionan como disparadores de la propia escritura. Quizás es esa libertad la que me encanta del asunto. Nadie me manda.
Escribir es mirar de un cierto modo.
De estos días, hablando de confinamientos, huyo a uno muy especial. Los diarios del destierro de Miguel de Unamuno en Fuerteventura. También me toca leer sobre las capas geológicas de esta tierra gracias a GondwanaTalks.

Aulaga de Fuerteventura. Crédito de la foto: Kathelijne Bonne.
Y lo imagino a este señor, puteando por su España querida.
Pudo irse y volvió. Qué pena.
Me aferro a sus sonetos. Y sus palabras. Siempre.
Ruina de volcán esta montaña
por la sed descarnada y ‘tan desnuda,
que la desolación contempla muda
de esta isla sufrida y ermitaña.
La mar piadosa con su espuma baña
las uñas de sus pies y la esquinuda
camella rumia allí la aulaga ruda, con cuatro patas colosal araña.
Pellas de gofio, pan en esqueleto,
forma a estos hombres —lo demás conduto—
y en este suelo de escorial, escueto,
arraigado en las piedras, gris y enjuto, como pasó el abuelo pasa el nieto
sin hojas, dando sólo flor y fruto.
17-V-1924.[2]
[1] Murasaki, Shikibu. La novela de Genji. Austral. 2010
[2] Unamuno, Miguel. De Fuerteventura a París. Pretextos. 2021
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