Sobre las estaciones de tren, las sectas en Japón y el barrio de Musashi Koyama en Tokio. Un paseo para dejarse llevar por la monotonía.
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La estación de tren como forma de vida en Tokio
Ya comenté este mes en Twitter mis razones para disfrutar de Tokyo de Leopold Federmair (Contraseña Ed., 2023). Deambulo en sus palabras, quizás porque estoy descubriendo Tokio y me veo caminando con él. Yo también voy mucho a Musashi Koshama, allí comemos con mis hijos, hacemos compras, deambulamos sin rumbo por esas calles y por las tiendas que abren y cierran según el humor económico de turno.
Siempre digo que Tokio son esas calles de las que nadie habla, anónimas, rutinarias, algo grises. Las estaciones de tren aglutinan el comercio y la vida.
En Argentina así se construyó un país: a partir del ferrocarril que iba creando pueblos a su paso. Yo recuerdo esos carteles marrones tan característicos de las estaciones de tren. No sé por qué me gustaban. Creo que me entusiasmaba la uniformidad del concepto. Aquello que homogeniza el territorio tiene que ver con lo nacional. La bandera, el municipio, la plaza o aquellos carteles ferrioviarios. A mí, verlos me ilusionaba. No lo linkeaba con ningun concepto de patria, solamente me gustaban aquellos carteles marrones. Hoy me doy cuenta de que me alegraban cosas banales.
En Japón no existe tal uniformidad. Cada estación de tren es un cosmos, una galaxia por donde gravita la vida del barrio. Siempre hay algo único y distintivo, un río, un mall, una peluquería. E intuyo que hay una suerte de competencia de estaciones de tren. La cual más customizada que la otra. En mi tierra, la estación de tren era todo menos customizada. Esa homogeneidad del paisaje era dada. Nadie esperaba otra cosa de una estación de tren. Ya bastante alegría daba el mismo hecho de escapar o llegar a algún lugar. En Tokio, uno va a las estaciones de tren a hacer cosas, no necesariamente a tomar el tren.
Bendita monotonía
Mi marido dice que Tokio es una ciudad fea, quizás Madrid lo sea también, o algunos rincones de Buenos Aires. A mí me parece que descansar en esa fealdad no está mal. Se instala algo monótono que nos obliga a ver diferente. Yo descanso en esa monotonía.
En Venecia no descanso, tampoco en Viena o en Budapest donde lo monumental me termina oprimiendo. Me obliga a maravillarme por las cosas. Eso está muy bien un rato muy corto. El campanario, la Iglesia, el Parlamento, el Puente.
Por Dios, yo ya no quiero eso.
Quiero esa grisura de las calles, los andurriales de Carabanchel con los huesos de aceitunas en el suelo o las calles de Once en donde busco a la difunta Correa en las santerías de barrio. La rutina de leer, hacer la colada, ir al mismo super.

Las galerías techadas de Musashi Koyama. Allí pasamos los días cuando llueve o hace calor. El comercio de proximidad resiste ante el avance de los malls.
Las sectas en Japón
En ese barrio que tan bien describe Federmair también habita alguna secta. Proliferan en Japón estos grupos religiosos. Uno los distingue fácilmente por dos características muy peculiares: son gente que habla perfectamente inglés y que suele acercarse a hablar con extraños.
Esas son dos cosas que nunca suceden en Japón.
Ni siquiera los vecinos saludan mucho. No existe el small talk, al menos con el extranjero.
Es un poco triste que solo se me acerquen las sectas, pero ya es la segunda vez que me pasa. En este caso, la chica en su, sospechosamente perfecto inglés, nos aborda en los hermosos jardines del Tokyo Metropolitan Teien Arte Museum (la exresidencia Art de Deco de los príncipes de Akasaka). Son tres chicas muy sonrientes con sus pelos espesos y quietos a prueba de toda humedad. Ellas nos invitan galletas, nos dicen que están en Musashi Koyama, quieren que vayamos a no sé qué taller. Es increíble la perseverancia, la sonrisa, la piel. Las ganas.
Esta gente consigue cosas, pienso.
Por lo pronto, logran sacarnos el WhatsApp. Insisten con una selfie. Me había negado la primera vez cuando me metí sin querer en un maravilloso edificio a medio camino entre lo pagano, lo budista y lo mormón. El oro, el altar, los ángeles y aquellos sonrientes que quieren una foto mía. Tienen sedes en todo el mundo, dinero para reclutar gente y pagarles cursos de inglés.
Ellos quieren la foto, la sonrisa, quizás tengan que rendir cuentas a sus jefes, pienso. Es incómodo. Y a veces me escriben. Me invitan a un andurrial de Musashi Koyama. Los imagino, juntos, apretados. Haciendo trucos de magia. Imaginando. Quizás ellos también escapan de algo muy feo. No los culpo de nada.
Les digo que sí a todo.
Correr y alejarse en Tokio
Cuando camino por Musashi Koshama o por los «detrases» de Meguro, me insmiscuyo en las cocinas de la gente, en la barra diminuta en donde todos comemos solitarios (cuando como en compañía tengo menos tiempo para observar). Y esos lugares me gustan porque a menudo hay una sola cocinera o cocinero que hace todo: nos pone los cubiertos, nos cocina, nos cobra. Es como estar en su casa. Es acogedor, adorable, simple. Me gusta ver cómo ellos cuidan su espacio. Lo ordenan, lo mantienen limpio.
A veces corro y me alejo mucho. Hasta que todo me parece igual, los pasos a nivel, los viejitos, los estanques con los peces, las bicicletas. Nadie me habla. A nadie le importo.
Yo también soy parte de la grisura.
uN LUJO DE MIRADA Y DE PLUMA (TECLADO)
Gracias.