A propósito de este curioso edificio llamado Arimasuton Building, escribí sobre su arquitecto, el arte en Japón y las cosas que soy capaz de hacer por comunicarme en este país.
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Intrusarse con osadía
Hace como una semana un hermoso edificio llamó mi atención mientras corría y escribí sobre él. Se encuentra a poco menos de diez minutos caminando desde Mita Station.
Nos debatimos con mi marido si era feo o lindo. Yo lo encuentro hermoso. De lejos, veo ruinas y de cerca parece plasmar todas las obsesiones de su creador. Ventanas oblicuas, vitrales de colores, unos tubos que recorren los muros exteriores. En su momento, lo traté de ubicar en Google Maps, una herramienta que en Japón es imprescindible. Esto fue hace exactamente 8 días. No tuve éxito. En el mapa no aparecía nada de interés. Ahí lo dejé porque uno tiene una vida. A mí ya no me molestan los cabos sueltos, porque cuando algo se convierte en obsesión, vuelve solo. No hay que llamarlo. Simplemente, aparece.
Y acá hago una pausa. Porque lo que me sucedió es producto de mi estancia de ya un año en Japón. Se ha operado un cambio en mi carácter. (No me enorgullezco especialmente de eso.) Me he vuelto más atrevida. A los japoneses no es facil ganárselos. Estoy alerta. Los persigo. Los miro. Les estudio los movimientos. La ropa. Los gestos que hacen con las manos. La forma en que se agachan cuando fuman.
El asunto es que después de la carrera, me puse a caminar para volver a la calma. Esos minutos del corazón latiendo no tienen precio. Por supuesto, yo estaba sudada, sucia. Vamos, hecha una inmundicia. Ese es el contexto. Para que entiendan.
El de mi suciedad.
Y, entonces, pasó alguien. La vi a lo lejos y me acerqué. Una hermosa chica japonesa estaba haciendo fotos. Me dirigí a ella y le hablé. Le expliqué la situación y mis preguntas. Qué corno era ese edificio tan particular.
Koreba nandeska?
Hablamos con nuestros sonidos guturales que eran inglés y japonés. En esos ocho días habían pasado cosas. Sacó su móvil y me mostró. Ya había una ubicación en Google Maps con reseñas recientes y logré que me mandara por Instagram las referencias al blog de su creador: Keisuke Oka.
Este es el señor. Ha construido.
Vieja casa.
Él solo. Con sus manos.
De esas palabras obtuve lo que necesitaba: el contacto de una chica guapa que se dedica a coleccionar edificios curiosos de Tokio y la foto de Keisuke.
Mirá, me dice.
Ahí está, y señala a la puerta.
Y, efectivamente, el artista salía de esa puerta curiosa hecha de lata que parecía de un cuento fantástico de esos de Lafcadio Hearn en donde siempre están los grillos y las luciérnagas iluminando algún camino. Me acerqué así, con mi roña encima (esto es lo que provoca Japón: que yo que soy coqueta, tenga que abordar a una chica, correr detrás de un hombre hecha una mugre y, prácticamente meterme en su casa) a hablar con él.
Evidentemente, él no salía a la calle a que le diera el aire: abría la puerta a un grupo de elegantes, limpios y planchados japoneses con cámaras zoom que llegaban con sus botellas de vino y sus tarjetas de visita.
Me odié a mí misma por no llevar las mías, pero, por Dios, ¡estaba corriendo!
Me sumé a la comitiva. Los dejé pasar porque soy educada y cuando llegó mi turno, pedí entrar también (no me pregunten en qué idioma). El pobre hombre me miró como diciendo: “evento privado”.
O lo dijo. O lo imaginé.
(Parte de la comunicación en este país pasa por la imaginación.)
Sin embargo, insistí. Ya dije que me estoy volviendo obstinada. Le pedí que me dejara entrar. La chica seguía ahí en la vereda. Sé que intercambiaron unas palabras. Yo creo que ella le dijo en japonés:
No seas boludo, dejá pasar a esta chica.
El tipo andaba entre apresurado e inquieto. Pero ya lo vi, medio doblegado por mi entusiasta pesadez occidental.
Y, me dijo asintiendo algo que terminó en chotto, chotto.
Básicamente, me dijo que podía pasar un rato, pero corto.
El placer de ser irrelevante
Me dejé llevar por ese grupo en el que se hacían reverencias los unos a los otros. Yo, en joguineta, sucia y olorosa. Ellos, tan elegantes, por supuesto, me ignoraban. Sin embargo, era una ignorancia muy delicada. Casi una coreografía bien estudiada de lo que significa ignorar. Para mí era como ver una película. Uno está fuera mirando. Ellos no rompen la cuarta pared, lo cual es un nivel superior al ninguneo. Es más sofisticado. Y eso, aunque no parezca, me da libertad para observar a mi aire. Ellos parecen no reparar en mí y yo reparo EN TODO con atrevimiento.
Los muros. Los paraguas. La luz gris que entra por las aperturas. El hueco que hay hacia los escombros. La escalera empinada.
Sangai, sangai, oigo y sigo al grupo que llega a este tercer piso en donde se sacan los zapatos. Hay una mesa ratona.
Yo me quedo respetuosa en la puerta (también tengo un límite). No sería deseable sacarme mis zapatillas de deportes.
Es hora de partir, me sigue sorprendiendo que nadie se fije en mí. Nadie me echa, nadie me acompaña a la puerta. Me han dejado sola en aquella estancia. Prácticamente, podría haberme quedado a dormir en algun rincón como un perro y nadie me diría nada.
Qué libertad ser tan poco importante. Qué bien se siente.
Me detengo en cada estancia mientras bajo, apenas 20 metros por planta (o quizás menos). La obra sigue por dentro. Le queda trabajo. No veo los baños. No veo la cocina. Solo pasillos y estancias. Huecos, cristales, paraguas. Es una obra inacabada. Eternamente inacabada y quizás ahí radica su atractivo. Es puro futuro. Proyección hacia adelante. “Dejar algo incompleto lo hace interesante y da lugar a un sentimiento de que hay lugar para el crecimiento”, dice Yoshida Kenkō .[1]
Nadie me despide, nadie me ve. Keisuke ha desaparecido.
Agarro la puerta, la presiento pesada, pero no. Es apenas una débil capa de lata. Como un dibujo animado. Un collage imaginado por la mente de otro.




El Gaudí de Tokio
Ya hay bastante información en Internet sobre este personaje. La mayoría está en japonés, pero ya empiezan a haber reseñas en inglés. Keisuke Oka es un arquitecto que empezó en 2005 a construir este edificio por su propia cuenta[2]. Se llama Arimasuton Building 蟻鱒鳶ル(アリマストンビル). Algunos le llaman «la Sagrada Familia de Tokio». Lleva un blog en donde cuenta el proceso y vende un fanzine semanal con el minuto a minuto de la obra. Me entero de que se puede adquirir en el Café Otonari de Jimbocho. Allí se plasman sus sueños, sus desvelos, sus deudas. Y lo que piensa hacer una vez que termine la obra. Así me entero que, por ejemplo, el artista Shitamichi vendió un pedazo de Arimasuton a 10.000 yenes.
El proceso y el final de las cosas
La casa se encuentra dentro de un predio que es parte de una remodelación drástica del distrito de Mita. En Japón llaman viejo a edificios que pueden tener veinte años. Keisuke realiza tours esporádicos con los que imagino subvenciona su proyecto.
La chica guapa japonesa me dice: es un edificio viejo, tiene veinte años. Y en mi mente pensé: tiene dos siglos. Para mi esposo, dos siglos es poca cosa. Para mí, es un mundo. Para los japoneses, veinte años es viejo.
Tanto es así que Keisuke dice querer que su obra trascienda y dure “200 años”. Hace el concreto con sus manos, revuelve la mezcla de hormigón. Le dicen que la calidad de esos materiales durará mucho. Que algo dure 200 años en Tokio es un verdadero deseo de trascendencia. Y sin embargo, yo deseo que la obra siga siempre en proceso de construcción, pendiente, porque pienso que si está pendiente, está viva. “La estética japonesa se preocupa más por el proceso que por el resultado final, más por la propia construcción de un yo que por la expresión de un yo” (p. 18)[3].
Siempre tengo la sensación de que no es posible acceder a la mente de esta gente. Los diálogos son balbuceos, como si intentáramos hablar sin dientes o caminar sin pies o escribir sin dedos.
Eso es comunicarse en Japón.
Una instancia en la que parece que solo somos muñones que se mueven a lo loco intentando atrapar la esencia de algo.
Nos quedamos con palabras sueltas. De las que me agarro y auto completo. Relleno, imagino, supongo todo el rato como una IA más bien tonta que infiere cosas en base a palabras frecuentes.
Por eso encuentro que al menos en la lengua escrita hay un esfuerzo de traducción que es posible. Uno es capaz de hilar alguna idea más o menos compleja. Ayuda la tecnología, y entro al mundo de bitácora de Keisuke gracias ella. Es una lectura atropellada, enclenque, porque los traductores automáticos son burdos, pero al menos, puedo averiguar ciertas cosas de esta persona que sueña cerca de mi casa. Así averiguo que es posible que le muevan el edificio, los japoneses son muy estrictos con sus proyectos urbanísticos. También sé que Keisuke tiene idea de vivir en la segunda y tercera planta y alquilar la primera. Que en el largo plazo, quiere venderla. Quizás está creando una narrativa alrededor de este activo (lo cual hará sin duda que suba el precio).
Yo solo puedo decir para terminar que le agradezco profundamente que me haya dejado entrar a su morada.
Es la primera vez que entro en la casa de un japonés.
Es un hecho histórico.
[1] Traducción propia en base a Yoshida Kenkō. Essays in Idleness. Tuttle. 1981
[2] Para ver la evolución de la obra y la zona, pueden mirar las fotos del lugar en 2012 aquí.
[3] Richie Donald. Un tratado de estética japonesa. Alpha Decay. 2021
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