Hoy aprovecho la conversación en torno a la luz, los apagones y las catástrofes para hablar de la obra de Kawasaki y, por supuesto, de economía.
Con este asunto del apagón, se llenó el ciberespacio de relatos más o menos iguales sobre la experiencia de vivir sin luz. No veo mucha épica en todo esto, excepto la que tiene que ver con desobedecer a la autoridad de turno o, disfrutar de alguna compañía agradable como la de Viggo Mortensen dentro de un tren varado.
Pero no es mal momento para recordar la obra de Chotaro Kawasaki que escribía a luz de la una vela en la absoluta precariedad. De velas, sabemos mucho en Argentina, en especial los que hemos vivido los apagones programados en los años ochenta. Siempre velas y espejos. Una combinación buena para multiplicar la luz. El viento siempre conspiraba, rompía los espejos, apagaba las llamas. Uno siempre estaba preparado para esos cortes de luz. En especial, cuando hacía mucho calor.
De España, me llegan relatos de todo tipo. Algunos más oscuros que otros, pero nada comparado con lo que se vive en otros países. España sigue siendo un país desarrollado, aunque ellos no lo sepan y se empeñen en decir lo contrario.
Linda excusa el apagón para recordar a Chotaro Kawasaki, y sus bellos relatos que están traducidos al español por la editorial Fulgencio Pimentel bajo el título El barrio del incienso. Me conmovió especialmente La muerte de mi padre. Tan descarnado y tan presente siempre la economía en los sentimientos, en la vida de las personas, en sus vínculos y en la literatura. El autor confiesa abiertamente tener un complejo de inferioridad por esa incapacidad de hacer dinero. Y, sin embargo, cuando sale publicado un cuento en una revista literaria, corre a mostrárselo a su padre y él lo para en seco con una pregunta que ningun autor querría oir: ¿Cuánto has ganado?

Takeyoshi Tanuma, Public domain, via Wikimedia Commons
El relato no está escrito desde el rencor, más bien hay tristeza en el narrador. Se nota que hay comprensión y misericordia por parte del hijo, sabe que viene de una familia de pescadores. Que la vida es dura y que no pueden pensar de otra forma. Aun así, la pregunta no deja de ser lacerante. En general, hagas el trabajo que hagas, la pregunta sobre el dinero desvía la conversación y la pone en un tono frío y poco amable. Estamos hablando de literatura, de arte, de creación. ¿Cómo es posible que, en una misma conversación, uno pueda manejar esa transición tan brusca entre lo sublime y lo vil? Principalmente, porque, al fin de cuentas, lo que digas es incomprobable y porque seguimos pensando que el salario o la falta de él, valida el trabajo. ¿Y entonces qué hacemos con todo ese trabajo invisible qué sostiene a aquel otro más prestigioso? También seguimos pensando que validan nuestro trabajo los premios, la publicación en determinados medios, las reseñas de cierta gente o los amigos que tengas. Qué cansador resulta todo esto a veces. Todavía, muchos años después, cuesta ponerse de acuerdo en qué significa la palabra trabajo. De estas cosas ya he hablado demasiado, en especial en Porqué algunos creen que los creadores no son trabajadores.
Contemplo la foto de Kawasaki. No sé si escribía a la luz de las velas sobre barriles de cerveza. Yo lo veo más bien prendiéndose un pucho. Linda metáfora también, prenderse un cigarrillo y beber cerveza. Yo bebo un brebaje que los japoneses llaman sangría. Usan el español también a su antojo. La bebida me gusta.
A la salud de Kawasaki va mi brindis.
Me encanta este artículo!
Sobre el apagón, no he sufrido, lo he pasado bien aunque no niego haber sentido preocupación por las causas del apagón, y de lo dependientes que somos de todo tipo de redes y conexiones sin saber de dónde vienen. Hay una nueva tendencia en el mundo occidental: hay una mujer que vive sin dinero, come lo que cultiva, y se siente más segura que nunca.
Sí, te das cuentas que no somos nada. Y que dependemos mucho del trabajo y es esfuerzo de muchas personas. ¡Qué frágiles que somos!