Este río es tan largo que requiere varias excursiones. De la primera sobre el río Tama, ya hablé. Pero a veces es preciso decir más cosas. Hoy decido correr por su curso bajo, allí cerca de la bahía y descubro un Tokio menos glamouroso. La ciudad de las casas bajas, los pescadores y las viejas compuertas.
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Salir de Tokio
A veces me gusta correr lejos de casa. Es un placer conocer la ciudad corriendo. Uno se olvida y se entrega al paisaje. Y cuando te das cuenta, ya han pasado cuarenta minutos. No entiendo porqué los expatriados se mueven siempre por los mismos barrios. En especial, porque esta es una ciudad muy segura y no hay necesidad de estar siempre por las mismas calles.
Agarro el tren en dirección a Haneda y me bajo en Kawasaki, una zona de comercio que siempre es vibrante cerca de la estación.
De allí, no está lejos el río que ya en ese tramo se vuelve algo mas industrial. Hacia la bahía llegamos a Haneda y uno corre entre almacenes y refinerías. También hay pescadores y una luz plomiza que cae en picado. Se ven las gaviotas por fin, porque acá mandan los cuervos y uno los ve todos silenciosos y elegantes colgados de un cable mientras miran a la gaviotas que más abajo aterrizan en la rivera del río.
Corro hasta que no hay camino y solo se ven pescadores y una vieja compuerta que debía servir para un gran canal que nunca se construyó. La compuerta se llama Kawasakikakou Sluice gate, es del año 1928 y es bella justamente porque no sirve para nada. La gente la mira cuando sale a correr o caminar porque tiene arriba del todo unas uvas, peras y melocotones. Se supone que Kawasaki era famosa por esas frutas. Uno no se explica cómo sobrevivió a los bombardeos. Esta es una zona de fábricas, pero curiosamente es bastante limpia.
A lo largo del río Tama hay varias compuertas hechas en la misma época, en torno a los años treinta, para evitar las inundaciones que provocaba la crecida de este río. Yo creo que habría que hacer un tour de compuertas porque son estructuras muy particulares y todas esconden cierta belleza.
No huele mal el río y uno piensa en Barracas, La boca y los barrios linderos en los que uno sabe que el Riachuelo ha sido destinatario de todas las porquerías de las curtiembres. Por mi tierra no me puedo pasear como en Kawasaki. Las mujeres tenemos ciertas zonas vedadas y a mí me gustan mucho las zonas ribereñas. Siempre hay algo inquietante y marginal. Como en las zonas aledañas a las vías del tren donde habitualmente pasan cosas raras. En Japón son perfectamente transitables. En Argentina, no. En España, tampoco. En Kawasaki es posible que las mujeres andemos solas. A cualquier hora. Igual, en un momento veo que estoy, entre pescadores y algún paseador de perros. No hay comercio. Solo fábricas. Y decido que mejor remonto el río en dirección contraria.


El Tama hacia el norte
Cruzar este río requiere de un rato porque, si bien no es tan ancho en ese punto, tiene un curso importante y uno intuye que crece a su antojo. Llego a Ota que es enorme y siempre vuelvo. Esta parte pegada al río Tama es nueva para mí. Por momentos, corro en paralelo y no lo veo. Se pierde a mi vista y solo vislumbro a los chicos jugar al beisbol y más perros y más paseadores. Hay una senda bien marcada. Hay menos pescadores y más basura. Estoy aun lejos de donde Osamu Dazai se quitó la vida.
El día está fresco pero siempre es verano cuando uno corre. Después de un rato, reaparece el río, ya limpio y cristalino y con yuyales alrededor. Hay dos piragüistas, pescadores y cada vez más corredores. También vienen colegios que juegan al beisbol en la rivera. Del cielo plomizo, el verde y la monotonía se genera algo un poco adictivo. Porque uno anda metido en una especie de videojuego poco interactivo. Quizás te miran o un perro se te acerca. Y eso te recuerda que estás vivo y que sos parte del paisaje. Si no fuera por esos pequeños estímulos (o el dependiente del conbini que me cobra un onigiri) pensaría que es todo esto un sueño o una película muda en la que uno es un espectador de lujo. O más bien que ya estoy muerta y deambulando como un fantasma como en el maravilloso libro Ueno Tokyo Station de Yu Miri.
Sobre la belleza
¿Es bonito este paisaje? Es errónea la pregunta. No hay nada a priori atractivo. Pero esa monotonía de colores y reparto, hace que la mente descanse o al contrario que se estimule. O que se yo. Tiene un punto adictivo porque no hay nada realmente que hacer, excepto seguir corriendo o caminando y estando simplemente. Ese mismo y pequeño hecho se vuelve trascendental. Y uno quiere quedarse siempre. No encuentro la explicación. O quizás es esa misma idea. No hay nada que hacer. No hay que consumir. No quieren nada de mí. No debo darle mis datos a nadie.
Solo correr y explorar.
Y observar esas pequeños cosas. Quizás en las cosas meramente ornamentales y que no tienen una utilidad surge la belleza. ¿Eso nos hace humanos? Me niego a pensar en esos términos. Ota es la definición de algo simple. O la belleza es una forma de mirar, como la poesía.
Siempre hay un verso adecuado para cada momento y lugar.
Alto si perde il tuo grido
tu che voli elegante. Perché
gridi ? voli e gridi : lasciati
invidiare. Sono due verbi
in te pieni di gioia.[1]
Llego a la zona de Shimomaruko y decido que tengo que volver. Estoy lejos y ya empieza a hacer frío. Estoy muy abajo, y acá el tren local es una monada. Agarro uno que me lleva a Gotanda. Hace como un semicírculo, no tiene la velocidad de los trenes que van a Haneda. Pero este tren me gusta porque pasa por las casas, se mete en el corazón del barrio y atraviesa todas zonas que me gustan y a las que no puedo ir con nadie porque la gente que frecuento no sale de Azabu Juban. Paso por Togoshi Ginza, los detrases de Meguro, Fudo Mae, Musahi Koshama. En algún punto del trayecto me da hambre. El tren es más lento pero es más bello.
Me dan de comer los chinos en un segundo piso. Siempre alguien está dispuesto a darte de comer en este país. Y ya estoy pensando en cuándo será mi próximo paseo a este río.
De momento, solo contemplo. Miro. No actúo.
Para leer más
- Sick of Being Lucky: Being a Woman in Japan
- Adachi: entre la mala fama y las huellas de Bashō
- Literatura, amor y economía invisible
- Mitaka, el barrio de Osamu Dazai
- Notes on Hiroshima
[1] Gualtieri, Mariangela. Quando non morivo. Einaudi Editore. 2019
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