Hoy hablo del río Tama, como parte de mi visita a diferentes cursos de agua de Tokio. Siempre hay una historia detrás. Y mucha literatura.
Tabla de contenidos
Perseguir el agua en Tokio
El 13 de junio de 1948 el escritor Dazai Osamu se lanzó al río Tama, a morir junto con su amante. Fueron encontrados días después a la altura de Mitaka. Es allí donde vivió el autor y en donde está enterrado, no lejos del Museo Ghibli.
El tren iba bastante vacío cuando me subí en dirección a Tamagawa Station. Quería ver el río Tama. En realidad, tengo la meta clara de conocer todos los ríos y cursos de agua de esta ciudad. Hay muchos. La ciudad entera está llena de canales.
Me gusta escaparme con la bicicleta o correr siguiendo un curso de agua. Mis hijos se ponen nerviosos porque me dicen que ya estoy otra vez queriendo ir a ver solo agua.
No sé por qué siempre aparecen los ríos cuando escribo. Quizás es ese contraste entre los escondidos y subterráneos de Buenos Aires, y los vistosos y extrovertidos de Tokio.
En Japón, siempre hay un ornamento alrededor del río. La floritura acá son esos puentes. Me maravilla cruzar la ciudad a través de ellos. Los hay pequeños. Humildes. Luminosos. Enormes. Majestuosos. Peatonales. Modernos. Antiguos. En formas geométricas insólitas. Cortos. Larguísimos.
La ciencia y el arte del puente bien podría estudiarse acá.
Tengo prisa. La urgencia que tenemos de que algo suceda. Se dispara en forma de obsesión. Como “una carta de un hombre que una quiere” (p.108), dice Sei Shonagon en El libro de la almohada[1]. Yo también he esperado cartas. He abierto ansiosa los sobres, el papel doblado. Las estampillas.
Quiero ir al río Tama.
(Osamu Dazai es solo una excusa.)
La lejanía y la cercanía de las cosas
Me bajo del tren con la sensación de estar en una provincia perdida del interior. Esta parte de la ciudad es aún más silenciosa. Residencial. En mi ingenuidad, había pensado que, yéndome más lejos del centro de Tokio, menos extranjeros y lujo iba a encontrar.
Cada vez entiendo menos la lejanía y la cercanía de las cosas.
Ya había quedado gratamente sorprendida con Musashi Koyama con su pequeño comercio, su vida tranquila, los pescaderos vendiendo el género a voz en grito, los yakitoris a pie de calle de piel de pollo, higadillos y las familias echando la tarde en el Daiso, las máquinas del gancho o comiendo cangrejo en los grandes buffets.

Yakitoris en Musashi Koyama Palm.
Sin embargo, en este caso, aun estando más lejos, me encontré con algunas sorpresas. Lo primero, los caprichos del tren. El metro se transforma en un tren de cercanías como por arte de magia y ves que surca la ciudad, bien arriba, entre las viviendas y las calles estrechas, o, bajo tierra, hasta llegar a una zona verde, ausente de tráfico, de ambiente tranquilo y pueblerino.
Sigue siendo Tokio, porque ésta es una ciudad que no termina, solo se transforma. Y, sin embargo, para muchos, continua siendo la misma.
Dice Dazai en la voz del protagonista cuando vuelve a la ciudad, del relato llamado Feliz navidad: “Tokio es la misma. No ha cambiado ni un poco” (p.231)[2].
Un templo a orillas del río
Tengo algunas ideas de qué ver. Apenas unas guías. Camino por la orilla que, de a ratos, es ancha con pastos y canchas de beisbol. También hay un jardín que casi se cae al agua. Ahí descansan los peces y cuervos que gritan como locos.
Se posa uno al lado mío. Lo veo negro y musculoso. Intimidante. Con su pico duro que parece de metal. Y la caminata random en el silencio está bañada de esa luz penumbrosa. Japón siempre anda a media luz.
Me paso por el templo Tamagawa Sengen-jinja imponente en una colina. Las vistas son majestuosas al Monte Fuji. Ese templo es famoso porque dicen que fue el único que Godzilla decidió no tirar abajo.
Recorro esos espacios de veneración al aire libre. No es la opresión de la iglesia. Acá hay rincones de rezo tranquilo. Veo una chica de pelo hermoso y negro, con su elegante sobretodo, que frota con sus pequeñas manos la gran piedra negra y lisa que mira al Fuji: es la roca que soban las mujeres que quieren quedarse embarazadas.
Al fondo, unos monjes o sacerdotes tocan un tambor, se escucha una melodía. También hay dos perros guardianes de piedra que cuidan el recinto y una bola de cristal. Esa variedad de elementos me gusta. Son lugares corales, llenos de personajes. Mujeres, hombres, animales, piedras. Deidades de todo pelaje. Objetos variados de veneración. Hay una ceremonia. Yo solo me quedo de pie, mirando. No quiero entrometerme.
Solo mirar esos silencios.

El templo con vistas al río Tama y Monte Fuji.
El recorrido termina en el parque que da al río Tama. Está en pendiente y desde las alturas se aprecia el curso del río, los edificios al fondo y los costados de un río que se va a haciendo cada vez más agreste. Sin darme cuenta, salgo por otro lado. Me voy metiendo en otro barrio. Menos humilde. Más gentrificado.
Los ricos en Japón
Y, sin saberlo, me adentro en el elegante De en chofu. Son chalets adosados estrechos, pero para Japón son un lujo. Veo los Mercedes aparcados. Pienso que los bienes raíces siguen siendo un factor grande desigualdad en todos los países. Japón no es la excepción. Filas ginkos medio pelados. En obediente fila. El cherry blosson en otra calle.
Un barrio ajardinado pensado por un inglés que ideó una zona de expatriados fundado por un industrial de nombre Shibusawa Eiichi que aparecerá en los billetes de 10.000 yenes este año. Honor que ya recibió Natsume Soseki en 1984. Dicen que es el padre del capitalismo japonés. Y no nos extraña que los industriales funden barrios. Él fue, junto con otros prósperos, a traer las ideas de Occidente en plena revolución Meiji, como lo hizo Natsume Soseki. Este barrio tiene una forma circular porque parece que Shibusawa Eiichi quedó bastante fascinado con la idea de ciudad ajardinada, un concepto occidental que recorre varias ciudades del mundo.
Llego a la estación de De en chofu. Mantiene el antiguo arco de principio del siglo XX. Las casas bajas, pequeñas y lujosas. Y en el cielo recortado por las viviendas, descansa dormido y silencioso el KFC. Unos metros más allá, hay un Sturbucks. Pedazos de América en este barrio residencial. Husmeo los pescados del súper. Enormes piezas. Prosperidad. Veo dos japonesitos que vienen de sus clases de soccer. Cada uno lleva su propia pelota con su bolsa correspondiente. Son kawaii. El barrio recuerda un poco a Pozuelo. Acá nadie grita el pescado. El género callado viene bien envuelto en plástico.
La amistad entre Occidente y Oriente es apabullante en este país. Hasta el punto de que ya no sé quién es quién. Y toda esta vista del barrio, el comercio, los expatriados, el lujo y la ropa me hace replantear el concepto. Quizás estemos hablando otra vez de economía.
Ya no sé dónde está lo occidental y lo oriental. Reprimo el impulso de agarrar un libro de historia, de economía, de política, de filosofía.
Prefiero ya no pensar demasiado. Las sombras. El agua y los peces sigilosos. Como en cámara lenta.
Tan sólo merodear
En torno a la membrana
-visible apenas- ya
Sin ciencia que confunda
El aquí con el adentro
Hasta que[3]
[1] Shonagon, sei. El libro de la almohada. Alianza editorial. 2017
[2] Traduccion propia del cuento Merry Christmas que aparece en The Oxford Book of Japanese Short Stories. Oxford University Press (2010)
[3] Maillard, Chantal. Lo que el pájaro bebe en la fuente y no es el agua. Galaxia Gutenberg. 2022 (p.417)
Deja una respuesta