Hoy reflexiono sobre el inglés como lengua franca y su atenuada presencia en este país. El chino y el ruso parecen ser buenos competidores, pero hay quien postula un final para la misma idea de lengua franca y un regreso a Babel. Veamos.
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Comunicarse en Japón
Desde mi ventana veo un pájaro comer unos frutos secos. También pasa un gato naranja que siempre se detiene un segundo, me mira a los ojos, y continua su camino. Hay contacto visual, vibraciones, porque ellos emiten sonidos. Los pájaros se comunican entre ellos. El gato también. Ronronea a veces. O sale corriendo porque me tiene miedo.
Así es un poco como me hago entender en Japón. No llego al ronroneo, pero las manos y los gestos cobran protagonismo. Las palabras se pronuncian solas, sin el sostén del artículo, las proposiciones. La belleza del lenguaje queda ausente, es como mostrar el andamiaje de un viejo edificio. La comunicación se sostiene y a veces hay malos entendidos. No hay estética. Solo una eficiencia muy básica.
Ya conté que mi inglés se ha tenido que volver más rudimentario para sobrevivir. Con frecuencia se dice que en Japón no se habla este idioma. Ya la misma frase encierra un provincianismo absoluto. Nos hemos criado pensando que el inglés era la lengua franca. Lo es. No lo niego, pero en esta región uno constata otras cosas. Más sutiles.
La lengua franca como hogar
Desde que estoy en Japón el inglés se ha transformado en mi lengua de supervivencia. Es a lo máximo que puedo aspirar para una comunicación fluida. Uno tiene una familiaridad inculcada de años de consumo cultural y valores. No solo eso. Es supervivencia. La lengua franca es el terreno de lo práctico. Como un buen paraguas o un impermeable. Y se la usa en situaciones de apuro, se la manosea, se la ensucia. Uno se aferra a ella con descaro y desprolijidad. Sin embargo, hay otro mundo más allá de mi propia realidad (por suerte).
En mi clase de japonés compruebo que la lengua franca, además del inglés, es el ruso y el chino. Ambos países están más cerca geográficamente y cubren una gran porción de territorio. Todo es más dificultoso y ese rato en que estoy sumergida en un mundo ininteligible, cohabitan en paz diversas lenguas que funcionan como campos de convivencia. Suena naif pero lejos de ser perfecto, yo lo siento como arenas movedizas. Territorios no fijos. El hogar de nuestros vínculos es la lengua y ella va cambiando a medida que vamos incorporando nuevas palabras. A medida que vamos hibridando nuestras lenguas francas.
Nicholas Ostler en su interesante libro The last lingua franca postula la tesis de que, después del inglés, vendrá el fin de las lenguas francas como las conocemos[1]. No podemos estar seguros si emergerá el chino o el ruso como futuras lenguas globales. Antes, hace mucho tiempo, una lengua franca podía imponerse por necesidades del comercio, conquista o religión. El inglés ha sido la primera lengua global que va más allá de un territorio concreto. Miles de personas eligen hablarla porque les supone un progreso. Pero ¿es realmente así?
Volver a Babel
Ostler postula, algo que todos ya sospechábamos: todas lenguas francas terminan viviendo un ocaso. Pasó con el latín, el griego, el arameo, el francés. No hay razones para que no pase lo mismo con el inglés. Pero hay algo más. Todo parecía prever que otras lenguas podrían ocupar su lugar, pero Ostler sostiene que el avance tecnológico forjará una realidad alternativa: nos posibilitará retornar a Babel, un mundo en el que gracias a la tecnología, podremos comunicarnos sin abandonar nuestras lenguas de origen. Digamos que se renuncia a un terreno común y se intenta la comunicación desde la propia trinchera.
Yo dudo. O necesito verlo.
Pero me interesa la idea de que la tecnología nos obligue a retroceder en habilidades que ya no son necesarias. ¿Es esto bueno? Quizás es la historia de la evolución. Mientras más herramientas tenemos, menos capacidades desarrollamos y eso nos hace más eficientes. Esta es una idea que me obsesiona un poco.
Yo me sumerjo en una nube. No entiendo nada. Todos estamos sentados destripando el japonés desde nuestra nebulosa. Chantal Maillard habla de la mente como de un campo de orugas procesionarias. Me gusta esa imagen.
La lengua es la última trinchera
Se me atragantan las palabras, ya en español, ya en inglés. Solo veo los caracteres del hiragana y las expresiones de mi compañera que chapurrea el japonés mejor que yo porque habla ruso y no sé porqué esta gente tiene facilidad para los idiomas.
A pesar de la tímida presencia del inglés, la cultura americana está metida hasta los tuétanos en este país. Me sorprende lo estrecho de este vínculo. Nunca pensé que iba a estar tan cerca de Estados Unidos estando en Japón. Y, sin embargo, parece que el lenguaje es la última trinchera del japonés.
Al inglés no se lo aprende. Se lo incorpora a través del katakana. Se lo machaca en el mejor sentido de la palabra.
Ante este retroceso del lenguaje, del que soy parte, uno acude a lo mínimo. Lo simple. Quizás la poesía. El haiku. Las matemáticas. El ronroneo del gato.
Chantal[2] me rescata.
No debiste alzaros.
Erguida, la loba no puede defenderse.
Mira: tus crías bambolean
colgadas de tus pezones fríos.
No debiste aceptar el don de la palabra.
Ven, sidermita, vuelve
a tragarte la lengua.
[1] Ostler, Nicholas. The last lingua franca. English until the return of Babel. 2010
[2] Maillard, Chantal. La herida en la lengua. Tusquets. 2015
Imagino lña babel tecnológic. Así como leemos sinvproblemas textos en oras lenguas con el traducor de Google, vamos a comunicrnos pronto con algún ingenio sonoro al que le vanmos hablar en nuestra lengua y el otro va a escuchar otro idioma. Antes había que darle ala manivela al teléfono para que funcionase. Hoy marcás con la voz y sale la llamada.
Muy pronto para saber qué pasará. De momento, el Google Lens me está salvando.