Algunas pinceladas sobre la ciudad. Como siempre, me quedo corta. En Hiroshima hay paseos y hay lecturas. Otra forma de habitar la ciudad.
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Osaka y la resaca de la Expo
Hiroshima se me aparece como la ciudad amable que te recibe sin estridencias. Sin la vulgaridad del consumo occidental ya metido en Asia. Osaka sería su antónimo, porque es la ciudad del consumo, los parques de atracciones y la ostentación. Llegué en diciembre y estaba la ciudad en plena resaca post Expo y era triste verla algo sucia, como asistiendo al final de una fiesta ya por la mañana. Me tocó deambular por tiendas que vendían en saldos todo ese merchandising inútil, feo y contaminante. También anduve por una retahíla de centros comerciales, todos decorados para Navidad y vacíos en donde se acumulaban cosas horrorosas como almohadones de mal gusto, mucho papel de regalo, vendedores de punta en blanco y con exceso de maquillaje esperando que alguien entre a comprar.
Osaka fue la decadencia de un país que se enfrenta a la inflación y la caía de salarios con un silencio pasmoso. Por supuesto, recorrí lindos lugares, pero nada que no encontrara en cualquier barrio de Tokio. Lo mejor para mí, de lejos, fue el paseo al lado del río en el Mint of Japan. Una hermosa caminata que se hace en primavera para ver los cerezos florecer.
Hiroshima, la ciudad de los grandes ríos
Todo cambia cuando llegamos a esta ciudad. Hay una razón muy simple: se reconstruye todo desde la simpleza y, literalmente, desde la nada. Incluso la gente viste sin lujos. No ves aquella elegancia ostentosa de algunos barrios de Tokio. No ves las a madres con sus plumas Moncler o los elegantes perros luminosos con el último corte de pelo. Cuando te alejás de la zona céntrica de Hiroshima y seguís el rastro del tranvía, descubrís una ciudad algo vacía, de comercio pequeño, de calles empedradas, de pequeños y antiguos cafés.
Cerca del hotel, me tomo un café en una pequeña cafetería de barrio. Un señor mayor hace los sanguches, el café, cobra. En Japón es común ver gente mayor en la hostelería. Van a su ritmo. Nadie los corre. Yo leo un rato. Escribo. Nadie me conoce. Casi no existo. Japón es la experiencia más cercana a dejar de existir. No es necesariamente malo. Hay que vivirlo. Saborearlo. Casi soy un fantasma.
¿Qué fue Hiroshima para mí? Fue escapar de la Fortaleza de Dino Buzzati en El desierto de los tártaros. Ser alguien, o más bien, no ser nadie. Y dejar de ser muchas cosas: en especial, madre y esposa. Es caminar por aquellos senderos en medio de la luz plomiza. Atravesar esos ríos inmensos. Descubrir el conurbano de aquella ciudad que ha emergido del horror. Y viajar en el tranvía eterno que se mete por las casas, las calles, los comercios, los jardines.
La ciudad también fueron las charlas y la caminata. Fue escuchar los latidos de su gente que todavía resuenan dentro mío.
Hiroshima es pasado y presente. Fue salir. Escapar de muchas cosas. Y, además, mirar la luz y cómo dibuja las cosas y las personas. Son las lecturas. Es pensar en la tecnología y en cómo la misma puede ser humana y horrorosa al mismo tiempo. Porque es bella y, al mismo tiempo, violenta. Es pensar que Günther Anders tenía razón, hoy más que nunca. Los medios son los fines. La tecnología no es neutral. Escribimos diferente según el formato en que lo hacemos. Hablamos de forma diferente con personas diferentes. Somos muchas personas al mismo tiempo. Solamente porque el medio en el que nos movemos cambia.



Hiroshima nos lo recuerda todo el tiempo.
¿Qué más es esta ciudad? La garza quieta mirando el río. La barca que se aproxima. El horror pasado. Y los ciervos acompañándome en Miyajima. Es ese gran torii del santuario Itsukushima ahí parado en el medio del agua. (¿a quién se le ocurre?). O aquella fábrica enorme que se encarga de fundir el metal y hacer monedas.
Las ciudades y las miradas
Ceno en un izakaya cercano. Sé que deambulo sin entender muchas cosas, en especial, a este país y a su historia. Le dice él a ella en Hiroshima, mon amour. No puedes entender Hiroshima. No has vivido esto. No puedes saber, porque no lo has vivido.
Hiroshima es un gran ejercicio de humildad. Uno sabe que entiende pocas cosas. Que no llegará entender el dolor ajeno ni el humor ajeno. Ni las formas, los gustos, las pasiones. Lafcadio Hearn planteaba lo mismo. No es posible nunca llegar de verdad a Japón.
No importa. La mirada. Los libros. Las personas son puentes. Quizás imaginarios, pero puentes al fin.
En el tren de vuelta a Tokio veo los campos nevados. Y veo también que los lugares solo son las miradas que ponemos en ello.
Podría decir más. Pero quizás lo estoy diciendo en otros lados. En otros formatos. En otros mundos posibles. Hiroshima está en todos lados.
Lujos de tu prosa: «Hablamos de forma diferente con personas diferentes. Somos muchas personas al mismo tiempo. Solamente porque el medio en el que nos movemos cambia. «
¡Gracias!
“Y veo también que los lugares solo son las miradas que ponemos en ello.”
Perfecto!
¡Muchas gracias por leer!