Solo quiero terminar el mes así. Pensando en las sombras, el lenguaje que no alcanza y esas creaturas que creemos ver cuando juegan las sombras. Y como siempre, aparece el Genji y sus bellas efímeras.
La luz se mueve en este país. Tiembla. Genera espectros en los que mi hijo siempre imagina que hay alguien más. No tengo elementos para desmentir este extremo. Solo constato las formas que se dibujan por el viento. Todo aquí tiene que ver con la luz y la sombra.
Por Dios, los árboles. Las hojas que bailan. Apoyo las cosas de japonés un momento en el suelo. He llenado cuadernos de alfabetos extraños. Cada vez estoy más convencida de que el idioma es la primera arma de defensa de un país. Creemos que es una ventana al mundo, pero no es así en Japón.

La luz de Arisugawa. Siempre parece que hay alguien más.
Aquí, es la primera barrera que ponen ellos para que no pases. O para que tropieces y caigas todo el rato. Porque más allá de la lengua, los contextos son fundamentales. Hay que conocer mucho el entorno. Ese escenario que, mudo, lanza señales para que intentes atraparlas. Por Dios, qué cabrones.
El asunto es que el gaijin justamente lo que NO tiene son los contextos.
No tiene los silencios, ni los lugares, ni las miradas. Y te das cuenta de que con la gramática no alcanza. Aun así, esa mezcla de tres alfabetos en uno para joder al extranjero y ese completo desinterés para crear una lengua simplificada como sí han hecho otros países, puede que hable bien de ellos.
Algo atractivo hay. Quizás es el lenguaje poético el que mejor refleja esas ansias de insinuar sin decir. En donde no hay sujetos, apenas hay géneros y todo debe intuirse. Porque nada permanece, la lengua es algo vivo que no se ata a ninguna norma. La impermanencia de las cosas. Abro La novela de Genji.
Observo a la efímera
posándose en mi mano…
aquí está, me digo
cuando ya no está.
¿Qué realidad tiene el mundo? La misma que la efímera. Visto y no visto. (1)
Aun así, no me importa. Sigo estudiando como espacio de descanso de la propia lengua, mi pasado, mis muertos, mi móvil.
El terreno desconocido en el que todo es futuro y todo me es extraño y yo soy extraña para ese escenario.
Y ahí soy libre.
(1) Shikibu Murasaki. La novela de Genji. Catástrofe. Austral. 2010
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