Algunas reflexiones sobre el acto de andar y pensar. También hay algo de terminar odiando el propio espacio. Quizás es ese pasado que nos acompaña y que a veces duele.
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Hartos de la rutina
El otro día se quejaba alguien con aquella frase algo común: Madrid está invivible. Declaraciones que denotan una hartura, no siempre generalizada, pero algo ruidosa en torno a la ciudad. Yo he pasado por períodos en los que no he querido pasar por ciertas calles que me envocaban recuerdos muy malos. Supongo que es normal, odiar por un tiempo aquellos lugares en los que hemos sido infelices. Debe ser algo tremendo cuando eso se alarga en el tiempo. El colegio suele ser otro espacio que uno tiende a odiar. La oficina. La casa de algun examigo o pareja.
Y nos pasa que dejamos de ver bonito aquello que nos rodea. Y dejamos de ver lindo cuando nuestros vínculos se van al carajo. El jefe hijo de puta, la esposa o el marido cabrón y los viajes al trabajo y las peleas con los hijos. Y los problemas para llegar a fin de mes. Entonces todo nos parece feo. El caminar apurado para llegar a todas partes sin ver nada alrededor. El ruido. La contaminación. Ese caminar apresurado también es normal cuando uno anda atribulado.
Deambular pensando
Thomas Bernard dice que se anda como se piensa. No sé si eso es verdad, pero el otro día se lo dije a mi hijo que se ríe con las cosas que le cuento. En realidad, él siempre me pregunta qué estoy leyendo y entonces le dije que era un libro de unos amigos que se vuelven locos y hay que internarlos en un manicomio.
Andar (Contraseña, 2025), es una caminata por los pensamientos de ciertos amigos. Y es también un ensayo sobre el pensar. Es corto pero denso, y en ese pensamiento me reconozco una caminante muy lenta en verano y más rápida en invierno. Me dicen que camino como los viejos. Demasiado lento. Es que me quedo muy detenida viendo gente y a veces mis hijos y mi marido se exasperan.
Soy de las que camina detrás de las personas en los grupos. No quiero estar siempre metida entre la gente, ir detrás me asegura poder ver sus espaldas. No me gusta caminar delante porque no sé si están detrás y debo darme vuelta todo el rato.
Además, me gusta ver las espaldas de los caminantes. También me gusta la idea de charlar caminando porque se evita el cara a cara y mirar a los ojos.
No es que no me guste, pero a veces necesito poder expresar esas ideas en movimiento. Y las dos miradas en paralelo mirando el horizonte me libera un poco. O uno se siente menos responsable de lo que se dice. La mirada del otro siempre es algo intenso y poderoso. Duele a veces. Celebro los anteojos negros. Celebro las vendas en la cara. Los sombreros. Los pañuelos. Y las llamadas sin video.
Me reconozco algo cobarde en eso. Y en que a veces me tiemblan las manos (hay que gesticular cuando uno habla) y entonces caminando esas cosas no se ven.
Caminar hablando
También hay gente que explica las cosas y cuando necesita poner algún tipo de énfasis, se detiene. A mí no me gusta parar la caminata en medio de una charla, porque necesito mantener aquello de la mirada en el horizonte. Yo creo que el que se detiene, necesita por un momento mirar a los ojos en la conversación. En Japón, he incorporado otra costumbre. A veces ando y grabo audios sobre lo que voy viendo, que luego mando a quien corresponde. Porque en ese andar me vienen estupideces que se me ocurren. En especial, en lo que tiene que ver con la sociedad adocenada o los frikis que veo por la calle. También miro mucho a las japonesas, muchas de ellas me parecen guapísimas y me dan ganas de tocarlas. No se despeinan. Nunca están desprolijas. En ese momento que veo cosas por la calle, no tengo con quien compartir eso. Siempre están mis queridos durmiendo o no disponibles y hacen bien.
Escuchar mi propia voz es algo raro.
Dejo España satisfecha y, al mismo tiempo, con ganas de más. Y siempre la sensación, como dice Rosario Bléfari: “Todo lo que me pasa sucede en otro lugar”.
No importa. Me gusta. Ese desfase entre el lugar y el tiempo. El hogar, entonces, es algo etéreo. Se la pasa viajando. Yo no sé muy bien lo que es.
Y eso me gusta.
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