A raíz de un pequeño incidente en Ginza con un señor que no me dejó sentarme a comer por no hablar japonés, reflexiono sobre esta sociedad insólita.
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La eficiencia japonesa
La escena se repite varios días. Estoy al teléfono con un comercial de la empresa de Internet. Soy una futura clienta. Del otro lado hay alguien que no sé en qué país está. A veces habla inglés, a veces interviene un traductor que a su vez está en otro país. No logramos ponernos de acuerdo en cómo me conectaré a Internet. Más que falta de acuerdo, no hay comunicación. Así llevamos varias semanas.
En Japón las pequeñas gestiones se transforman rápidamente en grandes proyectos. Se dice que la sociedad japonesa es muy eficiente y tecnológica, pero yo veo todavía teléfonos públicos y faxes. Es hermoso eso. Creo que recién ahora se están pensando eliminar los disquetes de la Administración pública.
Dicho esto, debe ser una sociedad muy eficaz, no lo dudo. En la facultad nos cansamos de estudiar su milagro económico. Recuerdo a Benjamin Coriat[1] contarnos el método Toyota de producción. Su forma particular de aumentar la productividad sin recurrir a las economías de escala. Una idea que nos atormenta en el fondo a todos y que tiene que ver con producir mucho al menos costo posible. Queremos intentar dar más consumiendo menos, usando menos tiempo, recursos. Nos cansamos intentando tomar atajos y engaños a la física, a la economía. Queremos más por menos. En eso consiste la economía, la física, la química, el ecosistema, los animales, las plantas.
Pero saliendo del libro de texto y las historias de megafactorías, viviendo acá, uno intuye que el día a día está pensado para que sea eficiente para el japonés medio. El sistema requiere que nunca haya imprevistos. Y el asunto del idioma en este país es apasionante.
Para contratar el servicio de Internet me pidieron que trajera a alguien que hablara japonés. Incluso, hubo un intento claro de no ofrecer el servicio. Yo puedo entender que no quieran lidiar con alguien que no habla el idioma, incluso, que estén dispuestos a perder un cliente.
Me parece una forma muy anticapitalista de protesta intentar deshacerse del cliente, ningunearlo, ignorarlo, pero me sorprendió que dijeran abiertamente que la causa de no ofrecer el servicio era que no hablábamos el idioma. En otro país te mentirían, darían razones peregrinas, pero en Japón hay una honestidad dulce que le quita esa brutalidad que significa dejar a afuera a alguien por ser extranjero. También en la policía me preguntaron si no podía ir con alguien que hablara japonés. Pienso que si lo preguntan tanto es que debe ser bastante común eso de hacer favores de este tipo a los amigos y yo pienso que nunca le pediría a un amigo que pierda una mañana para lidiar con la burocracia de turno.
Mire no, no tengo amigos japoneses en este país. Al menos no con la confianza suficiente como para que vengan a acompañarme a hacer un trámite. ¿Quién en su sano juicio es capaz de enmarronar así a alguien? Creo que me sorprendió más ese pedido que, efectivamente, no hablaran japonés.
Hablar japonés para comer
Me encanta perderme en esos edificios de Ginza que son medio retro y que recuerdan a las Galerías Santa Fé. A veces los mejores lugares están en los sótanos y en las plantas más altas.
El ascensor daba a la calle. Y un cartel indicaba que había un restaurante de menú en la quinta planta. Yo vi que entraban oficinistas. Rostros masculinos que no establecen contacto visual. Hay chicos jóvenes engominados con el traje medio arrugado y brillante. Aspirantes a algo más. Yo no sé qué. El consumo. La promesa de prosperidad. También veo una pareja, ella que parece una Blancanieves asiática, esos pelos de muñeca, los moños, los vestidos, lo impoluto de la ropa siempre planchada. Más hombres solos. Yo los miro porque van en grupo. En general son todos hombres, aunque se ven mujeres solas y eso me gusta. Me metí yo también en ese ascensor.

La puerta del restaurant que me echó por no hablar japonés.
Una mesa para uno es algo fácil, pensé. Soy flexible, puedo ir a una barra, un hueco, de pie. Me da igual. Me recibe otro señor de traje y gel efecto mojado.
Do you speak Japanese?
Dije que no, entonces, el camarero me hizo esa seña muy particular con los brazos que hacen cuando te dicen que no. Vamos, que me estaba invitando a irme de forma educada.
Porque los japoneses no dicen que no. Cuenta Borges la siguiente anécdota:
«Me dijo María Kodama que en japonés no se dice nunca no; sería una gran descortesía. Si preguntás: “¿El diccionario está sobre la mesa?”, te contestan: “Sí, el diccionario no está sobre la mesa”, lo que equivale a “Sí, usted tiene razón en dudar: el diccionario…”».[2]
Eso no me molesta. Decir que NO es abrupto e innecesario. Ellos cruzan los brazos y yo lo entiendo. Pero encontré superflua la necesidad de hablar japonés para comer.
Le dije señalando mi móvil que tenía el traductor y me puso mala cara. Me fui, obvio porque no quiero que me escupan la comida.
Pensar de forma insular
Insisto. Estas pequeñas experiencias las cuento, no porque considere que habla mal de ellos, sino porque me ayudan a indagar en una sociedad que uno quiere comprender.
Somos una isla, me dice una japonesa. La mentalidad del isleño es compleja. Uno se olvida porque Tokio es tan grande que no nos damos cuenta de que seguimos estando separados del continente. Es una idea que yo no acredito porque, en el fondo, me siento como si estuviera en Barrio Norte o Plaza de Castilla o en cualquier área de una ciudad random. Hay veredas, hay autos, hay carteles en inglés, hay Sturbucks y pollo de KFC.
Me olvido de que esto es una isla.
Uno tiene la idea de que lo insular tiene que ver con lo remoto, pequeño, utópico o distópico. En este caso, es diferente. No me siento remota ni aislada.
No siento el océano alrededor. En Tokio es difícil ver el mar.
Sin embargo, camino una cuadra y ya veo esas casitas de madera. La bicicleta decrepita y digna ordenada, las macetas con sus peces en el agua, las escobas, el orden. Lo chiquito.
Hay algo de ese ensimismamiento que me atrae. Me gusta. El silencio. La gente en chancla, en pantuflas, con gorros peludos, con sus osos de peluches. Esa estética cozy que invita a estar chilleando todo el día. En sus cuatro paredes, consumiendo yo qué sé qué videos, qué música, qué libros. Y me sorprende ver ese contraste entre el amalgamiento entre la cultura americana y japonesa y ese rechazo tan grande al idioma inglés.
Me topo con un chico japonés que conocí en el evento de Murakami en la Universidad de Waseda, habla bastante español. No habla inglés. Le pregunto por qué. Es difícil, me dice. La forma de pronunciación es compleja para ellos. No así el español que tiene sonidos más familiares. Odian el inglés porque algo en la forma de poner las palabras les resulta complejísimo. Sin embargo, se ve la cultura americana metida de una forma que no se ve ni en España ni en Argentina.
Es el culto al trabajo, la disciplina, las jerarquías, el orden. Yo pienso en esas esferas de orden social que impone el mercado y las empresas. Y ves a los americanos que están como en su casa. Tienen sus esferas de consumo, sus lugares, su cultura.
La lengua debe ser la patria y la infancia de un pueblo que se niega a abandonar su forma de hablar. Y, sin embargo, otra paradoja: el katakana básicamente es un inglés escrito en idioma japonés (estoy simplificando mucho). Es curioso cómo se niegan a aprender el inglés, pero al mismo tiempo, incorporan sus palabras, las japonizan, las doblegan a su forma y semejanza. Es como si las agarraran y las machacaran con saña.
A mi me gusta la idea de hacer pelota un idioma.
Moldearlo a su gusto. Quizás es una manera de luchar de forma sosegada, a la japonesa, contra ese doblegamiento cultural. Hotto, engenier, coji. Y me encuentro con que, para hacerme entender, como ya dije, debo volver a lo más rudimentario.
Formas tranquilas para la rebelión
Última gestión chiquita y compleja. El metegol de mi hijo está roto. Pienso que es un lindo desafío intentar cambiar tres varillas. Debo lograr tres varillas, que me las corten y les hagan agujeros. En España, un ferretero uruguayo me ayudó. Así pude cambiar tres. Toda una hazaña. Pensé que Japón es una potencia y tiene que poder con esto.
Arrastro el trasto unas cuadras, hay un ferretero medio dormido en un local minúsculo. Las escobas de paja ocupan un costado. Hay pavas de todos los tamaños en otra estantería. El señor parece que acaba de emerger de un sueño profundo. Le explico mi situación, me mira y dice NO con dulzura y educación. Por supuesto, no hay interés alguno. Saben que no vale la pena intentar. Es como una falta de fuerza. Lo entiendo. Quizás no hay por qué luchar y eso no tiene por qué ser malo. Puede que incluso sea una buena noticia y esté frente a una sociedad avanzada. Yo lo veo cómodo al señor. Me parece bien que no salga de su comodidad. Solo soy una extranjera molesta que le traigo problemas. Quizás un argentino o un español, hombre, intentaría sacarme unos duros, me daría una expliqueta, me haría un apaño. Me vería la cara de turista y me cobraría el doble. Acá no hay ganas de todo eso.
Se ve mucha gente dormida en Tokio. Hay una pareja de viejitos que venden el diario. La gente lo compra y les deja el dinero. Nadie controla si pagan o no. Los viejitos casi ronronean. Las monedas se acumulan en el mostrador.
En el fondo, me gusta su actitud. Y pienso que es una forma de rebeldía. Una mirada anticapitalista de la vida. Y aquel señor semidormido rodeado de escobas de paja me recuerda este poema de SHINKICHI TAKAHASHI[3].
AUSENCIA
Decid que no estoy.
Decid que aquí no hay nadie,
que regreso cincuenta millones de años después.
Que tengan felices fiestas.
[1] Se puede leer una apasionante crónica sobre el método Toyota en Coriat, Benjamin. Pensar al revés. Siglo XXI. 2000
[2] Bioy Casares, Adolfo. Borges. Destino. 2006 Disponible online aquí.
[3] Shinkichi Takahashi. En la quietud del mundo. Pretextos.2018 Disponibles algunos poemas aquí.
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