Sobre la tragedia de escribir en verano. Y el necesario equilibrio entre la calle y la biblioteca. También escribí sobre Okinawa y esos murmullos tan japoneses.
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Redactar no es escribir
He tenido que interrumpir aquello que estaba escribiendo por varias razones. Una urgencia. Y otras cosas. Pero me he dado cuenta de que ha sucedido una tragedia. Yo quería escribir y me encontré redactando. Me refiero a la novela que estoy escribiendo. Dejé todo. Siempre está el impulso de tirar. Ahora solo reposa. La escritura es dejar ir. Abandonar un cuerpo muerto. Después de unos meses, retomé la lectura del manuscrito. Me digo: no seas ambiciosa. Mi marido me dice que en literatura hay que ser ambicioso. Yo dudo.
No voy a entrar en el siempre opaco e insondable terreno de la edición y publicación. Que hablen los que saben.
Yo sigo en esa fase en la que tengo que seguir escribiendo y olvidarme del público (qué palabra más fea). Al final, escribir es preparar todo para abandonar.
Y desactivar la bomba cortando el cable perfecto. No quiero redactar. Necesito volver a escribir. Y encontrar una voz que no sea tan densa.
El verano es una pequeña tragedia. Pero se puede. Cada vez más, se puede. Los chicos son más grandes. Las interrupciones ayudan. Y salir de uno mismo para volver con más energía, es necesario.
El chisme en Japón
Hay un equilibrio que no siempre es posible pero deseable. Calle y biblioteca. Las dos muy necesarias. Ahora me refugio en lecturas de verano. Poesía, novela, ensayo. Margaret Atwood habla de esta idea del ojo frío que espía. La escritura requiere de la observación, del silencio para que hablen otros.
En Japón esto es difícil. Sumado a lo inaccesible de la lengua, ellos no hablan. Murmuran entre ellos. Yo siempre me pregunto de qué hablan. Los imagino muy cotillas. Los amigos japoneses de mi hijo no paran de chusmear. Lo hacen en inglés, por eso lo sé. Hay un vínculo estrecho entre el murmullo y el chisme. Uno debe chusmear en voz baja. En Japón todos hablan en voz tan baja que es difícil incorporar el idioma. Yo pienso que andan cotilleando todo el día.
En Okinawa, son un poco más expansivos. Te hablan desconocidos. Creo que tiene que ver con la soledad de la isla. Ellos son grandes observadores de plantas y pájaros. Y, aun así, aunque el clima es tropical y luminoso, no bajan a la playa. No se bañan. El agua es un medio hostil. También el sol. A la belleza se la fotografía. Se inmortaliza en una imagen. Porque, para ellos, eso es muy importante. Mirar, observar. Congelar.
Se dice que no son japoneses, porque estas islas fueron independientes mucho tiempo, incluso han estado bajo control chino. Los americanos las ocuparon varios años y, aun así, hay un espíritu japonés muy fuerte. Esos silencios. La forma de encarar la costa. Estoy segura de que en la vecina Taiwán las cosas son muy distintas.
A mí no me importa porque no soy playera. Me gusta la idea de ver la playa y rajar. Prefiero las aguas espesas de los manglares, en donde el agua de mar se encuentra con el agua dulce y crecen los árboles y las lianas y los bichos acompañan también como en un murmullo. Y donde vas por un río en donde flotan flores que se abren por la noche. Como en una coreografía algo muda e insaciable. Todo está en movimiento. Es la vida silenciosa de la isla.
Los japoneses son sigilosos. Cenan temprano. Se guardan pronto. El día termina a las nueve. El silencio. Solo las chicharras, los ruidos de la jungla acompañan.
Ellos no duermen. Vigilan.
Qué acierto esa diferencia entre escribir y redactar. Es un drama para quienes eseribimos desde voces distintas y para públicos también distintos, o inciertos para muestra imaginaciòn.-
El público siempre es un poco desconocido. Menos mal.