Hoy hablo de la famosa librería Morioka Shoten que solo expone un libro. Un dato curioso que ha despertado toda una serie de comentarios. Fui con prejuicios y salí con otros renovados. Supongo que de eso se trata la vida. Disfruten.
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El barrio de Ginza
El universo de las librerías es complejo. Yo cargo con ciertos prejuicios que no tengo problema en reconocer. Tampoco tengo ningun drama en soltar los propios y agarrar algunos ajenos y más interesantes. Debo decir que, en el caso de esta librería, fui con todas las ideas preconcebidas. ¿Las razones? A mí me parece que lo más lindo de ir a una librería, es revolver entre libros y sentir que estoy eligiendo lo que me llevo. La idea de que otro elija por mí, me espeluzna un poco. También me gusta el leve desorden de la librería y que se refleje un poco el caos del librero, que no deja de ser el caos de la vida. Pero, como me venían preguntando acerca de esta librería, me acerqué a ver qué pasaba ahí.
Lo primero: dicen que es Ginza.
Ok. Es Ginza.
Pero es el Ginza lumpen que a mí me gusta, más cercano al mercado de Tsukiji. Esas calles son preciosas y amables porque el pequeño comercio no está tan gentrificado. Hay un río hermoso que se llama Sumida y que yo recorro en diferente tramos. Se podría correr desde allí hasta Asakusa sin problemas y luego agarrar un ferry e ir a Odaiba o a Mita o simplemente dejarse llevar por los cruces de las vías de tren que se atraviesan y que hacen que todo el paseo sea maravilloso.
Es recomendable comer en algunos de los lugares de sushi de por ahí, porque, el pescado de todos estos locales cercanos al mercado, tiene una calidad superior.
A mí me gusta la pequeña decadencia de esta zona. Digo pequeña, porque en Japón nada es realmente decadente. Siempre a medida que te acercás a la bahía o el mar, todo se vuelve un poco más humilde. Eso me gusta. Se aprecia igual un esfuerzo de gentrificación que me entristece un poco. Tokio se empieza a parecer a esas mega ciudades de shopping mall y lujo.
El local
Tengo que decir que me recibió Morioka san con la mejor de las ondas. Me quiso explicar que aquello no era una galería de arte.
El señor es amable para ser un librero. Y esto es importante. Los libreros en Japón, en especial, de pequeñas librerías, son gente especial. No tienen aires de superioridad. Recuerdo una conversación en francés con un viejito de Jimbocho. Hay humildad y amor por los libros. Morioka san tiene pinta de hípster japonés, pero constato que es bastante más simpático que los hípsters hispanoamericanos, que no logro hacer que me quieran.
Recorro el pequeño espacio. Apenas un cuadrado en donde parece que el dueño tiene el almacén en un sótano. Esta semana hay un libro infantil en exposición y todo un merchandising muy lindo alrededor. Tazas. Cuadros. La escritora firma los libros y recibe a la gente que, en este caso, son madres que quieren un libro para sus niños. Le miro el sello a la autora con el que firma y me recuerda que yo también tengo un sello provisorio y que tengo que comprarme una piedra para tallar el mío. Otra semana hay en exposición un libro de arte. Intuyo un sesgo importante a libros que son objetos bellos. Otra semana se la dedica a la famosa exposición de fotografía Kyotographie.



Me cuenta el dueño que cada martes cambian de libro y que para él es difícil elegir cuál expondrá porque las editoriales le están mandando libros todo el rato. Recorro la estancia. Hay poco espacio, porque está lleno de gente haciendo cola. Intuyo que Morioka san se mueve bien en redes sociales y que la gente sabe cuándo está la autora para comprar e irse con el libro firmado. Abren a la una. Es la hora del aristócrata, me dice mi marido. No me parece mal horario. De una a siete.
Otro prejuicio arraigado. Este negocio no cierra económicamente. Un solo libro. El precio del local. No sé. ¿Cómo se sostiene? Después de mi visita, cambio de opinión. Quizás el dueño no invierte en muchos libros. Las editoriales le mandan el ejemplar. Si ve que va a ir gente, compra libros y los vende. En la práctica, actúa como un recomendador y un organizador de eventos vinculados al arte que tiene un espacio propio y una buena red de contactos. No es un librero tradicional que depende de un distribuidor. Él se salta este intermediario. Puede que saque un buen margen e invierta menos. Solo nos resta saber si alquila el local. Intuyo que ahí está la clave. Esa zona de Ginza no es la más cara. Y el local es mínimo.
Sobre el arte de la conversación
Hago fotos. Hablamos. Cambio de opinión y lo reconozco, porque salgo satisfecha. El hombre me compró con su simpatía. Quizás es que la conversación es algo más que un intercambio de palabras. Habitualmente, en Japón y en la vida, dialogo con los libros. Pero una conversación cara a cara es siempre un terreno incierto. Decía Gadamer:
“Acostumbramos a decir que llevamos una conversación, pero la verdad es que, cuanto más autentica es la conversación, menos posibilidades tienen los interlocutores de llevarla en la dirección que desearías”[1]
Ese terreno precario y riesgoso siempre es fértil. Y escaso.
Un dato curioso: le dije que soy de Argentina a lo que me dijo: ¡García Márquez! Me reí. También hablamos de España. En Japón tienen un cacao lindo con la geografía americana. Yo lo entiendo. Se sorprenden cuando les digo: yo hablo español como en España. Otros piensan que mi país está en Europa.
Salgo encantada. Quizás porque he obtenido una conversación en Tokio. Porque me he olvidado por un instante que este es el país del silencio, en especial para aquellos que no ostentamos títulos y cargos. Pero también, es el país en donde habitan las personas amables que son como piedras preciosas. Se dejan ver poco. Y yo me aferro a los diálogos con los otros como verdaderos tesoros.
He pensado en García Márquez esta vez.
Y que bien merece, quizás, un homenaje en esta librería.
[1] Gadamer, Hans-Georg. Verdad y método. Fundamentos de una hermenéutica filosófica.
Traducción de Ana Agud Aparicio y Rafael de Agapito. Salamanca: Ediciones Sígueme, 1991.
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