En el recorrido por esta área no hago turismo, solo me dejo sosprender por el entorno. No hay tips de consumo, ni invitaciones a explorar lugares. Solo estampas de la gente, los lugares y lo que evoca en la literatura.
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Los sentidos se atenúan en Japón
Por las calles de Shinagawa uno ve los contrastes. Nunca son muy fuertes en Japón. Porque muchas cosas se atemperan acá. El queso, aunque francés, huele menos. La sal, apenas imperceptible. El ajo no pica. La cebolla no hace llorar. Y sucede con los barrios. Uno atraviesa las vías del tren y deja la elegante Takanawa para adentrarse en esa parte de Shinagawa que parece un pueblito. Parece increíble que convivan los oficinistas y los rascacielos, y a pocos metros, se junten los jubilados a charlar en una calle estrecha. Uno ve un poco más de humanidad. Bolsas de basura sin recoger a las doce del mediodía. Gente que solo espera, detenida en la vereda. Un anciano que hace gimnasia. Los barcos en el canal.
Ya tengo bicicleta y me he dado cuenta que es la mejor forma de conocer Tokio.

Los canales de Shinagawa.
Busco el agua porque entre tanto edificio, apacigua, y busco también el aroma del mar. Apenas intuyo una esencia. Me aferro porque, por alguna razón, ese olor me hace bien.
La economía y el arte, juntos
Hago una parada con la bici. Busco un lugar donde aparcar. Es difícil porque hay muchos carteles de prohibido que nadie cumple. Yo miro siempre qué hacen los demás. Y desembarco en el elegante TV Harbor. Acá se parece todo a Puerto Madero, se huele la especulación inmobiliaria. Y uno sabe que donde hay especulación, también está el arte. No puedo negar la belleza del sitio. Es un buen lugar para hacer ejercicio y para venir con amigos. Esta zona atravesada por canales es hermosa.
Y uno se embala y corre porque otros corren y, en ese pasar el aire por mi rostro, hay algo cercano a la felicidad. No se puede explicar. Quizás es que todavía no he visto a los muertos como dice Olga Tokarczuk en Los errantes. Esta es tierra desconocida para mí. No me acompaña el pasado. No veo sombras raras aun. Tengo los ojos del infante que descubre.
Atravieso los arroyos. Los food trucks inundan los bajos de la oficina. Los oficinistas hacen cola para comprar el bento. Yo dudo. Prefiero seguir recorriendo. Hay artistas por todos lados. El What Museum, los puentes que se iluminan de noche.
Uno siempre presiente que toda esta calma y belleza tiene algo detrás. El esfuerzo de construir todo eso. La civilización, el dejar pasar al ciclista, el respeto. Los numerosos carteles indicadores en una lengua que desconozco.

Hermoso arte en el What Café.
La paz, sobre todo
Keynes decía que la civilización es una frágil corteza. ¿Cómo pudo Japón transformarse en tan poco tiempo? Y me vino a la mente una vez más El gigante enterrado de Ishiguro Kazuo en donde una niebla espesa sumerge a la población en un olvido colectivo después de una guerra.
Paradójicamente, en esta parte de Tokio, aunque estamos al lado de la bahía, nunca hay niebla. Los cielos siempre están claros.
Hay un esfuerzo colectivo enorme por sostener. Un Leviatán fuerte. Y uno se pregunta si ese Leviatán es solo el Estado o también son las empresas. El otro día debatía con alguien sobre si la economía japonesa es liberal o estatista. ¿Quién es en realidad el verdadero Leviatán en Japón? ¿Puede el mundo empresarial reemplazar los mecanismos democráticos? ¿Puede ser una manera sutil de sustituir participación por jerarquía?
Y siguiendo esta premisa, ¿qué papel juega el arte en todo esto? ¿Amalgama? ¿Suaviza? ¿Nos nubla la vista? ¿Nos distrae? A pocos kilómetros está el Mori Art Museum, en plenas colinas de Roppongi Hills. ¿Qué rol juegan estos museos en la configuración urbana de estas áreas? Me pregunto si la jerarquía y el arte son compatibles y por qué a veces se llevan tan bien. Intuyo una relación fuerte, casi simbiótica entre el arte y la economía. Habría que explorar más este asunto.
Yo sigo mi trayecto en bici. La ventaja de este medio de transporte es la velocidad. Uno puede observar a un ritmo interesante. Detenerse si es necesario. La gente. Las coches impecables. Los homeless. Aquellos que se manifiestan por Gaza en silencio. Los containers con la mercadería. Los almacenes de zapatillas. El puerto. Los jubilados comiendo en la calle.
Uno sabe que hay algo en común. Yo veo novedad. Rostros diferentes.
Y al mismo tiempo algo invariable.

Los pasos a nivel.
Lo que hacemos aquí, se hace en otra parte. Lo que se hace ahora, se hace en otros tiempos, dice Chantal Maillard.
Y de pronto, un golpe fuerte contra la pared. Justo donde aparco la bici. Dos cuervos pelean. Me alejo. Me asusta la naturaleza. Reconozco que son bellos, pero me espeluzna este animal. Se estampan contra la pared como si nada. Emiten ese sonido espantoso.
Y siguen su vuelo a los picotazos.
Me encanta, muchas gracias.
Hola,
¡muchas gracias!