Pensamientos en torno a porqué estudiamos una lengua tan difícil y apasionante como el japonés. Hay algo de acertijo y videojuego. Saltar obstáculos, pasar niveles. Ir conociendo una nueva cultura. Entender su pasado.
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¿Por qué hago esto?
El otro día nos preguntábamos en la clase por qué estudiar japonés, una lengua tan difícil. No sirve para nada, dicen. Solo se habla en Japón. Algunos padres del colegio consideran que es inútil que la estudien niños que solo estarán unos años en el país.
Yo dudo.
A mí me parece que es la puerta de entrada a una cultura. ¿Cómo no estudiarla aunque sea un poco? Mi hija lo hace de forma mucho más seria que yo porque tiene exámenes todo el tiempo. Me gusta que lo haga, porque es de las pocas actividades que realiza con un libro, un papel y un lápiz. Ella disfruta mucho de escribir porque es como dibujar y le encanta.
Estudiar japonés es un camino de lentitud. Obliga al lápiz. A la pluma. A poner cuidado en los trazos. Uno repara en cosas muy pequeñas como la forma de las sílabas. Las curvas y las rectas. Es como desarmar un artefacto y ver cómo funciona. Me genera una profunda curiosidad. Mi compañera de japonés dice que a veces se levanta y piensa: ¿por qué hago esto? No voy a mencionar a Nuccio Ordine ni a Bifo Berardi. No necesito de ellos. Solo la vida. La calle.
Yo pienso que las cosas más importantes no tienen una explicación clara. No hay una racionalidad evidente.
Tener hijos. Enamorarse. Aprender. Hacer filosofía. Escribir. Es como una enajenación. (Bueno, otros viajan de forma compulsiva o van a parques de atracciones o se compran ropa, perros de raza, porcelana y está muy bien.)
A mí me pasa que cada vez creo más en la intuición. No sé bien qué es. Un misterio. Me niego rotundamente a darle una explicación. Por eso mi voz tiembla un poco cuando hay que justificar. Se me seca la boca. Soy muy mala haciéndolo.
Por eso no soy fiable.
La lentitud como escuela
El japonés es la primera lengua que estudio sin apuro. No es trabajo. Ni prestigio. Ni siquiera llegar a hablar. Me encantaría descifrar ese jeroglífico. Leer un haiku. Una oración. Comprender cómo se construye el lenguaje. Leer bien los carteles de la calle. Es un poco observar cómo piensan. La forma en que se arman las oraciones. Entender las jerarquías de la sociedad a través del lenguaje. Hay algo del ingeniero en todo esto que desarma el aparato para ver cómo es por dentro.
Seguro llegará un momento en que me canse, no lo sé. Pero algo me impulsa a seguir. Descubro en el japonés algo similar a lo que pasa con la escritura. En cuanto uno se olvida de los objetivos y se abandona un poco, pasan cosas interesantes.
Yo llevo un cuaderno y repito palabras. Hago caligrafía. Lleno hojas enteras. Me detengo a leer. Lo hago lento, como una niña de 6 años. De pronto recuerdo que en el colegio cuando me aburría hacía abecedarios enteros. Ahora vuelvo a lo mismo en otro idioma.
Ser analfabeta es interesante. Hay que activar otras formas de comunicación y comprensión. Descompongo oraciones. Hay que romper para entender. Se baja la velocidad porque hasta el firulete de una sílaba es importante.
Y me detengo en cosas pequeñas, el color de la tinta. El papel. La sustancia que forma sílabas. O el kanji que dice cosas, las comprime en un solo ideograma. Juega con la ambigüedad. Es como la poesía.
O es poesía.
Yo quiero entender. O no. No es esa la palabra. Acceder. A las sombras. Observarlas de lejos. Como al cerezo que se lo mira sin tocarlo. Es difícil a veces mirar esa belleza. Mantenerla intacta porque es frágil. Solo contemplar. Es como espiar algo. Tomar una nota mental. Y seguir el camino.
Descifrar la poesía
Levanto la vista de la pantalla. Tiemblan las sombras en el muro de ladrillos que tengo enfrente. Aparecen y desaparecen según el sol, que aquí ilumina diferente. El impulso de las nubes o el viento también juegan. A veces, un gato pasa y se detiene y me mira. Las hojas nunca dejan de moverse en este país. Son las ráfagas constantes. De fondo, unos andamios de la obra en construcción. Los carteles siempre explicativos. Porque todo debe ser explicado en este país. De a poco los voy entendiendo. De momento, medias oraciones. Retazos que quedan a la mitad. Como hilachas que cuelgan. Rompo las oraciones en pedazos. Las vuelvo a armar. Agarro al papel y escribo. Copio, más bien.
escribir
para rebelarse sin provecho
a pesar de la derrota ya prevista
Chantal Maillard[1],
[1] Maillard Chantal. Matar a Platón. Tusquets. 2004
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