La fiebre de sakura en Japón se repite todos los años. Un negocio en el que, una vez más, el marketing se cuelga de la belleza. Pero yo quiero aprovechar esta época para recordar hermosos poemas a los cerezos que remiten a la transitoriedad de la vida, el paso del tiempo y la muerte.
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La locura por las flores cortadas
Uno camina y no puede sustraerse de ciertas cosas que están en el paisaje. Me refiero a los árboles y al comercio. Ellos dos, en su omnipresencia, nos recuerdan ciertos eventos anuales.
Sakura está apareciendo.
Es la floración del cerezo que tanto celebramos también en otros países con otros áboles igual de hermosos. No puedo olvidar los almendros en España, el Jacarandá en Buenos Aires. Sin embargo, lo de Japón tiene una relevancia particular.
Me paro en un café. Me están ofreciendo una bebida especial. La tienda de chocolate también se customiza para estas fechas. Y observo también los miles de ojos que miran, a través de sus teléfonos móviles, los pimpollos.
Constato un ansia de comerse la belleza. Destriparla, manosearla un poco. En el supermercado te venden las ramas de cerezo cortadas. Las flores fuera de su hábitat me dan algo mortuorio. Y pienso en el negocio detrás. Qué poco romanticismo, me podrán decir, y tienen razón. Me gustan las flores salvajes. Las que crecen entre las baldosas de las veredas. Y, sin embargo, me abandono viendo los ramos que arman acá, porque son lindos. Los japoneses tienen mucho gusto para hacerlo. Aun así, creo que nunca los compraría. Sé que en Japón es un arte esto de las flores. Lo aplaudo, pero, al mismo tiempo, sigo pensando que la cultura japonesa no se come su propia belleza. Es esa amalgama infame entre la cultura capitalista occidental y Oriente lo que termina por romper todo. La belleza se convierte en mercancía y deja de ser bella.
O es algo más, como maravillarse tanto con algo que te lleva a destruirlo. El ser humano tiene algo de eso. Y a uno se le viene a la mente todos aquellos lugares que fueron bellos alguna vez pero que luego, a base de construcción desmedida, se arruinaron. Las costas de los países, los lugares de montaña. La sierra de Madrid, la costa valenciana. El sur.

Ramas cortadas del árbol florecido. Se venden en el supermercados. Envueltas en plástico, obvio.
Ya sé, me aburro de mis palabras. Kenkō, al que ya cité en Contemplar la belleza, no tocarla, ya nos alertaba sobre las fiebres que se producen en Japón con el tema del sakura. Las hordas que se apelotonan para ver a los árboles. Las ansias por intervenir. Esa fascinación. Es como si este señor se hubiese adelantado cientos de años antes, a esa ola a la que se subiría Sturbucks, Tully’s, Lindt, etc .

Bebidas de Tully’s customizadas para sakura. No sé bien la relación con Tom y Jerry.
Consignas de consumo
San Valentín, el día del amigo, la Navidad, Halloween. Nos marcan la agenda de consumo como a niños pequeños. No me quejo, pero me sorprende la pasividad que experimentamos cuando nos imponen un calendario de festejos en general.
Antes, las cosas tenían que ver con la historia de un país y con la religión. No era mejor ni peor. Quizás ahora es la historia de las empresas, que también son organizaciones con pasado y cultura. Las mezclamos. Nos apropiamos de ellas. Adoptamos su agenda. La hacemos nuestra. Agregamos ingredientes para sentirnos que somos diversos. El día de los muertos mexicano, el sakura, el black friday. Es como si necesitarámos consignas. La agenda es apretadísima. Y altamente transitoria.
Hay una fealdad intrínseca en lo efímero del consumo que quizás tiene que ver con los restos que deja. Plásticos por doquier. Suciedad. Olores. Yo me quedo con las otras cosas transitorias y que la poesía japonesa destaca. Quizás tienen que ver con la muerte. Con la idea de que nadie es perdurable y que ahí radica la belleza. Algo que se esfuma.
La flor como símbolo de la muerte
Recurro a algunos haikus que me rescatan. Son como remansos porque la cantidad de estímulos en este país, es aplastante. Agarro los Poemas japoneses a la muerte porque en ellos hay muchas referencias a las flores, en especial, al cerezo.
La alegría de las gotas de rocío
sobre la hierba
cuando se evaporan
Koraku
Vamos a ver,
para mi viaje al otro mundo
me pondré mi vestido de flores
Setsudo
También los ronin de los que hablé en De gauchos y samurais, escriben sus poemas antes de morir. En ellos también evocan a las flores. Parece que sí, la muerte tiene mucho que ver. Dice Yoel Hoffmann en la magnífica introducción estas poesías a la muerte:
“la flor se convirtió en el principal símbolo de la transitoriedad de la existencia humana. Para referirse a la muerte, no se hablaba de cadáveres, sino de pétalos marchitos. La flor, de tan breve existencia, es la representación de que la vida nada puede contra la muerte, y de lo ilusoria que es nuestra aspiración a vivir eternamente”. (p.45)[1]
Los dejo con dos hermosos kaikus escritos por dos ronin antes de cometer seppuku. La flor está presente en sus últimos pensamientos. No me extraña, son bellas. Incluso esos brotes incipientes que nacen en medio del mal tiempo.

Un rincón de Kioto. El árbol fotografiado hasta el cansancio.
¿Y no habrá
una casa de té entre las flores de cerezo
en el camino de la muerte?
Kaiga Yazaemon Tomonobu
En los campos donde
anoche nevó,
fragancia de ciruelo.
Okano Kin’emon Kanehide
Que tengan una hermosa primavera.
[1] Hoffmann Y. & Moga E. (2000). Poemas japoneses a la muerte : escritos por monjes zen y poetas de haiku en el umbral de la muerte (1a ed.). DVD Ediciones.
“Constato un ansia de comerse la belleza. Destriparla, manosearla un poco”. ¿Acaso un cuadro al óleo no propone un relieve que llama a tocar el cuadro con los dedos y sentirlo? Umberto Eco lo admitía y rechazaba la prohibición de tocar un un Picasso o un Da Vinci con los dedos, para sentirlo.¿ Que puede arruinarse? Paciencia, dijo
Hay determinado arte que llama a tocarlo pero no necesariamente lo bello requiere ser intervenido. La belleza de la naturaleza exige otros tratos quizás. Para pensar.