Viajar a Japón está de moda y no me canso de escuchar “experiencias”. Viajes, resorts, sakura, libros. La ciudad es un parque temático. Sin embargo, hoy voy a la Universidad de Keio. Me gusta conocer los campus universitarios. Son lugares atractivos lejos del turismo masivo.
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Construir la propia ciudad
Hace tiempo que tomé una determinación: abarcar menos espacios. Familiarizarme con pocos. Se quedará mucho afuera, pero, ya no hay tiempo para más. Resulta agotador.
Me pierdo por calles, subsuelos, museos, ascensores que no sé a dónde van. Salidas de metro insólitas, pasillos que conectan edificios. Es una mezcla de disfrute y ansiedad. La misma que tenía en Madrid cuando llegué. El asunto se agrava cuando el país pertenece a una cultura tan distinta. Después de todo, Madrid siempre fue algo familiar para mí.
Tokio merece una vida y una tesis doctoral. Yo me pierdo en su literatura. En aquellas calles menos transitadas. Armo mi propia ciudad. La miro y construyo mis prejuicios. No tienen nada de especial, excepto que son míos.
Ante todo, intento no ir más allá de la mera observación. Conozco gente como loca visitando restaurantes con estrellas Michelin, endeudándose con viajes exóticos, comprando arte a mansalva. O simplemente, realizando todos los deportes posibles. Es un ansia por la acción y la intervención. Un ímpetu por luego mostrar ese aspecto. Hay algo similar a correr una carrera.
Me siento un poco aburrida al lado de estos personajes devoradores de experiencias. Qué gris les parecerá mi vida. Hacen bien en pensar así. También los colores que vemos es algo subjetivo. En general, todo small talk ronda los viajes, la comida y el deporte. Desde que llegué a este país, nadie ha sabido recomendarme una librería o una biblioteca. No me quejo, porque también disfruto de la frivolidad y me agotan las conversaciones excesivamente literarias y pretenciosas.
Intervenir en lo bello
He ido contando estos meses algunas de esas visitas un poco menos turísticas. Como el paseo por Hongo y la Universidad de Tokio. La pesca en el barrio de Ichigaya, la calle de compras de Musahsi Koyama o la caminata por el río Tama.
Dice Yoshida Kenkō que parte de la apreciación de la belleza en Japón tiene que ver con lo efímero. Lo más bello no es permanente. Hay algo en ese primer brote y en la hoja marchita. Los comienzos y los finales que hacen la cosa más interesante. Nosotros también tenemos nuestro sakura en Buenos aires con los jacarandás. Nos pasma lo efímero del asunto. A mí me gusta porque esa belleza pasajera nos obliga solo a contemplar. Dejar entrar la belleza en nuestros ojos. Quedarnos quietos y no hacer nada más. Dijo Kenkō sabiamente hace siglos, adelantándose a la cultura del selfie:
“El hombre de alcurnia nunca parece abandonarse por completo a sus placeres; incluso su manera de disfrutar es desprendida. Son los patanes rústicos los que toman todos sus placeres groseramente. Se abren paso entre la multitud para meterse bajo los árboles; miran fijamente las flores con ojos para nada más; beben sake y componen versos ligados; y finalmente rompen sin corazón grandes ramas y se las llevan. Cuando ven un manantial se sumergen las manos y los pies para refrescarlos; si es la nieve, saltan para dejar sus huellas. Sea cual sea el espectáculo, nunca se contentan con contemplarlo.”[1]
La universidad, ¿ámbito de conocimiento?
Huyendo de la «grosería» aterricé en el campus de la Universidad de Keio. Me metí de casualidad porque tiene un museo con la historia de la institución. Por supuesto, es un autobombo muy previsible, pero como extranjera, me interesa lo que tiene para mostrar una universidad.
En general, me parece que las universidades son tribales y sectarias. Me he encontrado a lo largo de la vida, y también en Japón, que, por no pertenecer a ciertos ámbitos, uno se queda afuera de eventos y encuentros que pretenden ser de divulgación al público pero que, en la práctica están pensados solo para el mismo ámbito académico. Son académicos hablando a academicos. Y a mí me sorprende la capacidad que tienen de no aburrirse de estar solo entre gente de su mismo status. Es una pena porque yo sí pienso en una universidad más conectada con la ciudadanía. Ya lo he dicho en más de una ocasión. No es un tema que me desvele porque, por suerte, el conocimiento es accesible en muchos otros lados y ya no solamente en estas instituciones. No lo juzgo, pero ese espíritu de colegueo y exclusión me resulta un tanto incómodo. Aun así, sigo acudiendo a las universidades y sé que hay magnífica gente como en cualquier institución.
La universidad elegante
La estación de Mita es interesante. Me gusta este barrio lleno de vida porque confluyen los oficinistas, la universidad, las clases de japonés y los cafés. Me enamoré de este barrio cuando comenzaron mis clases de japonés. Los canales y los puentes son interminables. Hay izakayas escondidos por las calles peatonales que recuerdan un poco a Lavalle. Una avenida con comercio variado y una de mis papelerías preferidas. Un local de barrio regentada por una anciana. A mí me recuerdan a las viejas papelerías de la avenida Santa Fé. Yo me meto y compro un sacapuntas. Elijo el caro sin querer. Ella me señala uno más barato. La honestidad en el comercio pequeño es apabullante.
Cruzo la calle y me meto en la Universidad de Keio. Hay algunos brotes ya saliendo. Hay solemnidad de algunos edificios que imitan la «grandiosidad» europea. En este caso, hablamos de un edificio de estilo gótico que fue varias veces reconstruido después del terremoto de Kanto y de los bombadeos de la Segunda Guerra Mundial. A veces pienso que esa fascinación los ha llevado a venerar cosas que la cultura japonesa no tiene. A mí me gusta mucho la austeridad que hay, en general, en la construcción japonesa pero estas universidades a menudo emulan esa antigua prosperidad europea. Copian la opulencia de otros países.
Me gusta caminar por estos campus. Siempre hay algo prometedor cuando uno deambula por estas calles. Incluso aunque uno sepa que, en realidad, la vida universitaria puede ser más gris de lo que uno imagina a priori.

Mortero para moler arroz. Lo usaba Fukuzawa, fundador de la Universidad de Keio. Las inscripciones son poesías que escribió.
Por alguna razón, no hay estudiantes. Solo profesorado. Quizás es feriado. Me meto en un café muy chic para los estándares universitarios. Hay merchandising de la universidad. Buzos. Prendedores. Suntuosidad. La elegancia de la gente acá es tremeda. Acostumbrada a los grises y desprolijos pasillos de Ciudad Universitaria, el despelote de la Facultad de Agronomía, las paredes siempre repletas de carteles y pancartas de la Facultad de Ciencias Económicas, esta pulcritud de la vida universitaria me choca un poco. No sé si la abrazo. A mí me cuesta ser elegante. Sé que no soy justa: estoy comparando una universidad pública argentina con una privada japonesa. Pero el razonamiento aplica también a las grandes universidades públicas, bastiones de prestigio y distinción.

Más que lugar de lucha y contestación, la universidad es signo de distinción.
Volviendo a Keio, hay algo solemne quizás heredado o emulando aquellos ambientes ingleses de la universidad. Pienso en el King’s College donde estudió Keynes. El deporte como símbolo de estatus: en Keio el baseball es el deporte oficial. Hay todo un regodeo en torno a la ropa, los símbolos, la fortaleza del cuerpo que también es la del alma. Del fundador, Yukichi Fukuzawa, dicen que se daba dos horas de paseo diario y luego se lo podía ver moliendo su arroz en este mortero. Escribía poesía. Había algo elitista y grandioso en la idea de estudiar. Quizás tenía que ver con la construcción incipiente de esa nación-estado que llegaría a ser Japón. La elección de los mejores.
Contrasto con la realidad propia, la universidad como bastión de lucha contra el poder. ¿En dónde quedó todo eso? Pienso que incluso en las universidades prestigiosas públicas hay todavía una especie de sectarismo bastante sospechoso. Ambos modelos, el anglosajón, que copia Japón, y el latino tienen más en común de lo que aparentan. Es esa pasión por la distinción que se acrecenta con la cantidad de títulos. ¿No era la universidad un garante de la igualdad? ¿Cuándo pasó a transformarse en un garante de distinción?
Me pierdo por las calles de esta mini ciudad. Sigue habiendo algo muy atrayente. Como una paz. Quizás es esa burbuja apartada del mundo que es la supuesta búsqueda del conocimiento. Un ámbito de paz. Dice Nothomb, en su novela autobiográfica Ni de Eva ni de Adám que la etapa universitaria es la única que tienen los japoneses de disfrute. Ya que estudian con furia desde pequeños hasta que terminan el colegio y luego la vida de la empresa japonesa es aplastante. La universidad, para los que pueden, es un oasis. Un paréntesis hermoso en sus vidas.
Los árboles ya están explotando de brotes. Es la primavera que viene llegando.
[1] Traducción propia en base a la versión en inglés traducida por Keene, Donald. Essays in Idleness. Tuttle. 1981.
“aburrida al lado de estos personajes devoradores de experiencias”,qué acertada mirada.
En realidad, no me aburren. También cumplen su rol. Aportan al relato.