De lo sobrenatural de las ciudades a propósito de un edificio extraño que encontré en Tokio. Y todo esto me llevó a Bucarest y a Buenos Aires.
Apareció de repente, en la misma calle de casa. Porque en Tokio surgen y huyen las cosas como por arte de magia. Todo transcurre en una obra de teatro muda. Observo el movimiento de los obreros que me miran y me hacen una reverencia para que pase por un sendero con escombros a ambos lados. Uno de ellos anda colgado de una soga. Otro, dirige el tránsito. Un tercero, solo mira, pendiente de las órdenes de algún superior. En Japón siempre hay alguien atento a que se cumplan las jerarquías.
De pronto, ando en una tierra nueva, aunque sea a la vuelta de mi casa.
No es bueno tomar referencias con edificios en esta ciudad. Siempre hay que andar diciendo adiós al entorno que nos rodea. Hay algo extraño en esa despedida de las cosas.
Me detengo. Yo sé que alguien vigila. Una cámara. Una persona. Necesito observar con detenimiento aquella mole. Miro sus miles de ventanas. Qué objeto más extraño tengo delante. Porque desde lejos, cuando me acerco trotando, creo que son escombros. Restos de una vivienda en ruinas. Quise imaginar al Buenos Aires de Adam Buenosayres. Su infierno maravilloso. Con sus recovecos mágicos en donde habitan subsuelos y bibliotecas imposibles. Vino a mi mente Solenoide. Y la ciudad que es protagonista. El plomizo del cielo que recuerda a un Bucarest que nunca conocí si no es a través de Cărtărescu. El solenoide es una máquina rara dentro de un edificio-barco. Quizás algo excepcional, como esta construcción que tengo delante.



Tokio es juguetona. Se mueve al antojo de constructores y elementos atmosféricos. Buenos Aires tiene también algo de eso en su fisonomía cambiante y en esa geografía que la hace facilmente inundable. El agua siempre habita en los sótanos. Bucarest solo vive en mi mente (de momento). Es una construcción personal aunque, ahora que lo pienso, Tokio y Buenos Aires también son andamiajes propios, hechos de una materia también harto caprichosa: la memoria.
(Quizás a eso podamos llamar magia.)
Cuando me acerco al edificio imposible, veo un reflejo. Alguien a través de esas ventanas estrechas. La geometría extraña. La puerta, insólita (mírenla en detalle). Unos tubos que recorren los muros por fuera como caminos quién sabe adónde.
El plomizo del cielo y de aquellas paredes se me impregnan en la piel. Me quedo contemplando la belleza. La soledad aquella en medio de las tierras baldías. Al lado de mi casa.
Y no lo ví.
Se me escapó. Y, sin embargo, ahí estaba.
Si quieres saber más sobre este edificio, ya puedes leer la segunda parte.
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