Hoy hablo de tres cafés muy particulares. Uno de ellos, está en un sótano. Otro anda en un barrio francés, que no tiene nada de francés, y el tercero, está en una zona algo más alejada, apenas frecuentada por expatriados. No son cafés de turistas ni temáticos. Son los cafés que habitan los japoneses en su día a día.
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Lo particular de los cafés en Tokio
Al menos una vez al día, tengo que aterrizar en un café o en un bar. Me doy cuenta de que es una adicción. Algo que determina mi día. Siempre hay tiempo para detenerme en un rincón donde alguien ya pensó que debés tomarte un café. En ese sentido, Tokio es un lugar ideal para explorar este asunto.
Hay algo que me maravilla de esta ciudad, y son esos bares enterrados en el suelo. Son sótanos de 2×2 en donde descansan cuatro mesas, una decoración ecléctica, infantil, a veces un poco pop, con rasgos de querer imitar algun tipo de antigüedad occidental.
Siempre está el componente naif. En esos cafés, abundan los peluches como parte del mobiliario, los muñequitos de diferentes cosas, retratos de gente desconocida o de viejas mascotas que ya perecieron. Todavía tengo que dilucidar la función que cumple el peluche en la sociedad japonesa. Y en esa atmósfera, se crea el ambiente propicio para que de desarrollen ciertas actividades.
Ya dije que en Tokio se lee en todos lados. A diferencia de España, acá es posible concentrarse. Todo conspira para que así sea.
En estos cafés, que habitan normalmente en los sótanos, me refugio a escribir, aunque, a menudo, el mismo entorno me distrae. El people watching es una de mis actividades favoritas. Observo su ropa, la forma en que hablan, como mueven los brazos. Y también observo a los que llevan el bar. Son negocios regentados por gente mayor que se toma su tiempo para preparar con esmero lo que hacen: un café, un menú del día, un postre.
Y siempre está esa delicadeza tan nipona. Me conmueve esta gente que en su vejez sigue trabajando con dignidad. Creo que ya no les importa el dinero, ni maximizar el número de mesas. Te dicen con antelación cómo va a ser el servicio, si van a tardar o no. No tienen el concepto del marketing en la cabeza.
En algún punto indeterminado entre Ueno y Asakusa
Entre grandes avenidas y calles estrechas que albergan tiendas de ropa y accesorios, descansa este hermoso rincón, llamado Café Katsura, en donde me topo con la comida típica de una merienda occidental: tartas y café. En este país, merendar a la occidental es un lujo, aun más caro que el almuerzo. Allí, reina el silencio interrumpido por un leve movimiento de tazas. La viejita se toma su tiempo. Entre los clientes, hay otra señora mayor que lee muy encorvada. Casi parece enroscada en la misma historia. Detrás, tiene estanterías de libros. Yo estoy tentada de hacer una foto. Todo en esta ciudad, es digno de convertirse en un retrato. Encuentro algo perverso en el asunto. Y, aun así, me entrego.
No puedo dejar de fotografiar este país.

Un rincón para leer, trabajar o solamente ver la gente pasar.
Enclavado en el barrio francés
Este sitio, es aun más humilde. Este sí que es solo es para japoneses (y para mí). En pleno barrio francés, que de francés tiene poco, hay una pareja de ancianos que sirven meriendas y los platos del mediodía a los trabajadores de la zona. Se dan el lujo de poner los partidos de beisbol bastante alto, lo cual ya resulta una anomalía en este país. Me gusta que tengan los deportes de fondo. En la mini barra, dos señores sorben el ramen. Yo me acomodo en un rincón. Tengo hasta enchufe propio para cargar mi móvil. Se escuchan murmullos, se cuentan cosas, ríen. No entiendo nada, pero ya disfruto de esos susurros como música de fondo. No soy capaz de hallarlo en el mapa, ni de traducir su nombre. El que quiera ir, debe ir conmigo. Ni siquiera la ubicación de google Maps es exacta. Es algo que pasa mucho en Tokio, los lugares son como sitios mágicos que aparecen y desaparecen, están en altura o en el sótano. Un mismo punto geográfico posibilita múltiples opciones.

Uno de los tantos sótanos-cafés de Tokio. Solo frecuentados por japoneses.
Un café en Togoshi Ginza
Este barrio es uno de mis favoritos porque realmente no es normal que el turista se ande por ahí. Hay una calle peatonal de comercio local frecuentada, más que nada, por japoneses. Podemos encontrar ropa de segunda mano, mercado de pulgas, tienda de ultramarinos, vinerías. Y en una de esas calles está el maravilloso Café Colorado, mi lugar en el mundo. Café blend, tazas antiguas de tomar el té, posibilidad de merendar o comer, y muchas ganas de pasar la tarde entera. Esta zona me encanta porque realmente no soy nadie, la posibilidades de encontrarme con alguien son nulas. Nadie de mi entorno frecuenta estos lugares. Esa idea de anonimato es hermosa. No tengo que quedar bien con alguien. No tengo estatus. Nadie me mira y a nadie le importo. Qué maravilla estos cafés.

Un clásico del barrio de Togoshi Ginza. Alejado de la zona expatriada.
Tokio tiene algo mágico porque habitan las historias en la cabeza de uno. Allí, donde uno tiene que autocompletar aquello que falta. Aquí siempre hay cosas que faltan. Hay huecos. Sombras. Eso también es la literatura. Afuera ya van floreciendo. Los árboles explotan. Sakura está en marcha, un año más. Aquí, en este sótano en el que me refugio. Me acurruco de todo. Ajena a las miradas conocidas.
Cuando llega el momento
de que el cerezo florezca
¿no esperan incluso
quienes no lo anticipan
contemplar sus flores?[1]
[1] Fuente: Las 36 mujeres inmortales de la poesía japonesa. Tambien el caracol. 2021. P. 129
¿Y qué tal el cfé que te sirven?
El café es rico pero no es espresso.
Has encontrado » guaridas » donde aislarte. Me alegro.
¡Siempre!