Tomar café en Tokio significa muchas cosas. Es un lugar de silencio y de trabajo. Algunos duermen, otros estudian. Y uno debe interpretar todo el rato los rostros de la gente. De alguna manera, tenemos que leer todo el rato. ¿Cómo influye la jerarquía en la forma en que nos expresamos?
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El silencio de los cafés en Tokio
Me abruma un poco ese contraste entre las caras reducidas a la mínima expresión y lo que imagino que sucede dentro de esas cabezas. Sus rostros parecen haikus. En aquellas tareas que requieren silencio, quizás hay algo de un mundo interior tan amplio, que no hay tiempo para la expresividad.
No hay tiempo para las palabras.
Porque expresarse lleva tiempo. Demostrar. Expresar. Exteriorizar.
Los cafés en Tokio son en general silenciosos. Porque el silencio siempre es una buena oportunidad para hacer muchas cosas. Es lo que debemos entender los latinos. En España no se comprende ese concepto.
La potencialidad del silencio.
Levanto la vista. Mi café blend está ya casi frío. Siempre me dejo un poco. Los ojos en la pantalla. Los libros abiertos en la mesa. Las anotaciones. Mucha gente escribe a mano. He visto gente dibujando, trazando planos, estudiando libros de historia. Las cafeterías también son como bibliotecas.
Y en ellas también se duerme.
Expresarse quita tiempo
En España recuerdo siempre mi batalla contra el ruido. No solo en el bar. En el tren. En la peluquería. Yo siempre pensaba. ¿Sabés la de cosas que dejás de hacer por estar hablando todo el día? Leer, escribir, escuchar música, dibujar. ¿No saben lo que se pierden los españoles? Debo ser medio japonesa porque hablar y expresarse está muy bien, pero también lleva tiempo y es cansador. ¿O será que uno pierde habilidades sociales?
Y todo esto me lleva a algunas preguntas.
¿Cuánta energía retraemos de la expresividad para pensar? ¿Perdemos tiempo, recursos, habilidades cuando nos expresamos? ¿Estamos intentando imponer nuestra individualidad a otro? Y esta idea me atormenta un poco cuando educo a mis hijos. Quiero que sea ciudadanos libres, pero les impongo mi individualidad, si es que ello existe. Mi forma de ver las cosas. No es que les enseñe algo concreto, o al menos, no me refiero a una enseñanza específica sobre algo, pero me ven vivir. Y con eso ya los estoy educando.
Resulta un poco aterrador eso.
Quiero evitarlo y al mismo tiempo, supongo que es necesario. Entonces me doy cuenta de que quizás no existe tal cosa como el yo y los otros sino esa conciencia de awarness como llama Natsume Soseki[1]. Quizás es que algunos se expresan de otra forma.
En Japón, se evitan muchas formas de comunicación que hacen perder el tiempo. El small talk no existe. Solo hay rostros. Miradas que uno tiene que deducir. En la cafetería me atiende siempre la misma chica. Nunca se sale del guión. Nunca los empleados hablan entre ellos. Nadie comenta el tiempo, ni el terremoto. ¿Se vuelve más eficiente el proceso? Probablemente.
Me siento rápido en mi mesa. Ninguno de los presentes me distrae con conversaciones banales. Quizás los latinos o españoles me dirán que se pierde mucho. O será que hay gente que siempre gana con esos diálogos informales. ¿Se puede cimentar una sociedad en esos diálogos informales?
Jerarquía y expresividad
Yo no creo que los japoneses no se expresen. Yo pienso que buscan otros ámbitos en donde la jerarquía no esté presente, o al menos esté atenuada. De alguna manera, la relación camarero-cliente es desigual. En España el camarero te habla de tú a tú. En Japón es una figura que está por debajo en el escalafón porque es una sociedad muy jerárquica. No existe el mozo respondón. Ni el peluquero que opina sobre tu pelo o tu cara. O que te pregunta cuándo te vas de vacaciones.
Veo a dos japonesas que charlan en una mesa continua. Es un murmullo. La voz es como un suspiro. A veces penetrante, pero nunca invasiva. Siempre sonríen con los ojos. El pelo espeso, prolijo. El nivel de voz es tan aceptable que te permite volverte para adentro. Como si el sistema conspirara en ese sentido. No hay tele nunca. Ni fútbol. Ni radio. Ni nada social que pueda interrumpir la propia conciencia.

A veces ponen esas mini jarritas de leche. La costumbre de tomar café viene de afuera pero ha arraigado mucho en Tokio.
La de veces que me he ido de bares en España por no poder estudiar, escribir, leer. Acá no hay consumo colectivo. Se escucha la música a solas, en los auriculares. Se lee el libro, se dibuja. El consumo cultural es individual. Mi vida en este país se ha transformado en una sucesión de diálogos interrumpidos. No es solo la lengua que se vuelve rudimentaria. Es algo más. El azar. La garganta que impone un tono preciso. Se imponen ciertas inflexiones en general.
Se entrenan lo sentidos de otra manera. Se reprimen los sonidos fuertes. Se modula la voz. Estoy segura de que crean matices que a mí se me escapan. Mi amiga japonesa me dice que tener amigos japoneses es agotador. Nunca sabes lo que piensan realmente. Me pregunto si hay una relación entre jerarquía y expresividad. Supongo que mientras más igual te sientas con la persona que tienes al lado, más expresivo serás.
Dije al principio que los rostros parecen haikus. Es el lector el que debe interpretar. Hacer el trabajo. En Japón hay que leer todo el rato. Los ojos, las cejas, las bocas, las capuchas, las manos, el pelo.
Y uno fantasea y crea prejuicios.
Voy a la biblioteca de Takanawa. Saco dos libros de poesía japonesa. Se habla a través de la naturaleza. Creo que hay algo medio pornográfico en eso de hablar del cuerpo, de uno mismo, ensalzar esa expresividad. Ellos usan la naturaleza para expresarse. Ponen a un tercero en el medio. Como si hubiera una elegancia en el proceso.
Transcribo un haiku de Bashō[2]
Self-portrait of a miserable man
my hair grown out,
my face pale:
summer rains
kami haete / yo¯gan aoshi / satsukiame
[1] Fuente: Natsume Soseki. My Individualism and the Philosophical Foundations of Literature (Tuttle Classics) Paperback – April 15, 2005
[2] Fuente: Matsuo Bashō. Bashō’s haiku. Selected poems. State University New York Press. 2004
mi batalla contra el ruido… Genial…
Gracias.