Viajar hacia el Este significa estar ocho días padeciendo jet lag. ¿Qué pensamos cuando no podemos dormir? En esas noches en insomnio, escribí. Aquí, mi crónica de ocho noches en vela.
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El tiempo son los lugares
Taxis. Aviones. Pasillos de aeropuertos y una pregunta que se repite. ¿Mamá, qué hora es? Yo creo que los niños se atan a lo único que constituye un lugar para ellos: el tiempo.
Estamos en Dubai y yo ya no miro la hora, porque ya no sé bien cuándo estamos. Respondo para obviar la pregunta: ¿en qué país? Y ellos dudan. Tampoco saben en qué país quieren saber la hora.
Yo los entiendo: quieren saber qué hora es para ellos. En sus propios cuerpos. Pero viajar a veces significa dejar de ser un poco uno mismo. Y ahí me doy cuenta de que el tiempo es un lugar y sin lugar no hay tiempo.
Las noches sin dormir despiertan otra forma de ver las cosas. El tiempo que se estira. Se descubre otra forma de las cosas. Calladas. Inertes.
Ya estoy en Tokio y tengo que dormir. Cierro los ojos que me tiemblan. Tartamudea mi mirada que se queda quieta en un punto bajo mis pupilas. Las sábanas se incendian de pensamientos, que a la postre, me dan calor. Pensar calienta los cuerpos. Prendo el aire acondicionado y lo vuelvo a apagar. Se me vienen imágenes de cosas que han pasado durante el día. Cosas que he visto en Youtube. Voces, incluso.
El tiempo. Las cosas. No sé lo que es. Descanso en la ignorancia. ¿Quizás duermo?
Mediodía
Tengo que salir a la calle porque la vida sigue y eso está muy bien. Una asfixia en el aire. La humedad me atrapa como si fuera una jalea pegajosa. Camino lento porque las articulaciones no pueden hacerlo de otra forma. Todo marcha a medio gas.
Las escaleras del metro son un mundo.
Ver la gente pasar. Me gustan las anotaciones que hace Jean Phillipe Toussant en Fuir cuando llega a China. Estar transitoriamente en los lugares. Atravesarlos solo en su superficie. Es como ser un eterno espectador de la vida de los otros. ¿Uno no debería estar siempre en ese ánimo?
Siesta
Ventanas tapadas. Engaño del día que no es noche. Silencio que no sucede. Imágenes que se pasan por la mente. No viene el sueño, solo las historias. Mis hijos, que preguntan si he dormido. Yo espero dormir. Evoco los sueños de otros porque con los míos no alcanza. Los pasajes subterráneos que describe Cărtărescu. Los viajes en naves espaciales que me cuenta Bogdánov. Las profundidades, los pozos deformantes, las ausencias. De todo eso, también estamos hechos. Y cuando nos faltan los sueños, es una fatalidad. Vemos la vida como infértil. Incluso se desdibuja nuestra forma. Nos volvemos espectros, hologramas, sustancia desvanecida. Vivir en el eterno desmayo, oigo decir a Tsiolkovski.
Anochecer
Párpados pesados. Hinchados. Promesa de algo. ¿Otra noche en vigilia? Mi cuerpo cocina. Lava ollas. Saca la basura. Se cansa a cualquier movimiento. El cielo, de un azul casi negro.
Se adelanta la noche en este país.
Ya me cuesta fijar la mirada. Hace equilibrio en las letras. Como malabarista, leo. Tiemblan las letras, los números, las imágenes. ¿Será el dormir un privilegio? ¿Un consumo conspicuo como las joyas, los viajes y el ocio de los ricos que describía Veblen?
La medida del tiempo
Noche y madrugada. La luz ya está gris. El tiempo sigue siendo una cosa ajena. Difusa. Llena de imágenes. Huesos. Objetos. La recreación de mi mente para adormecer. Estoy esperando que me invada alguna creatura. Que aparezca y me lleve. Así dormiré. Mientras tanto, es como hacer uso de una palanca mecánica de sueños, anhelos. Es muy duro. Como correr y andar en bicicleta. El músculo de la cabeza genera calor. Movimiento. El tiempo sigue siendo extraño y elástico. Monstruosamente largo. Y eso me espanta un poco.
Al menos en la lectura, el sexo, el japonés, voy buscando algo. El tiempo que me aterra. Se me pega como un caramelo de esos malos que se queda pringoso en la piel. Vete.
Exploro la poesía. Aparece Severo Sarduy que se atrevió a escribir un soneto sobre el gomero de la Recoleta. Cosa extraña que un cubano escriba sobre mi gomero.
«En el desvelo vigilas tú para que el día empiece».


Tiempo como la regla que intenta medir algo, o la carretera que trascurre por un espacio invisible. Tiempo. ¿Algo que emana de las cosas? Que se transforma a su paso, que cambia aquello que roza. Tiempo, sí. Hay algo que tiene que ver con el roce. Con el tocar las cosas. El tiempo toca las cosas y las transforma. Es un poco fantasmal el asunto. El tiempo es un espectro. Un humo, una sustancia que emana de algún lado.
Entre sábanas revueltas pienso, si el viaje no constituye el sumun del no lugar. Lo primordial es ser espectador, establecer “una relación ficticia entre mirada y paisaje”. Mi lente se distorsiona por ese desorden de las horas. De pronto, es como si todos mis espacios, los más familiares, fueran NO lugares. ¿Cómo vuelvo a apropiarme de los lugares?
El cuerpo siempre rehén de nosotros
Ya casi es día y, sin embargo, es madrugada. En este Extremo Oriente, el sol sale pronto. Se escuchan los pájaros cantar al inicio cuando ni siquiera ha asomado el sol. Las chicharras gritan todo el día. Y mueren al mediodía patas para arriba. Las veo por las calles en su posición solemne, muertas de calor. Secas. Mudas ya de su melodía.
De momento, callan. Solo mi teclado canturra a estas horas insólitas. No sé si es angustia, o es nostalgia de otros tiempos, de aquellas noches de disfrute, de lecturas y cigarrillo y vino. Ahora no llega el cuerpo que está rehén de algo, de unas fuerzas superiores, que hacen lo que quieren. Apenas unas horas buenas, en las que mi resfrío mejora pero yo ando medio mareada. Es el calor. Es el cuerpo. La mente que juega malas pasadas.
Cabeza que pesa y cae #Algo que quiere apagarse y no.# Deambulo en la espesura. #Se ve la gente y uno fuera.#El calcetín del revés. #Las costuras.
El cuerpo que mide
Es la mañana y se escuchan los ronquidos. El respirar acompasado. ¡Cuánto duermen los humanos! Los cuerpos inertes, que suben y bajan. Calientes, quietos. Revueltos entre las sábanas. Los miro estupefacta. Qué paz. Que envidia. Al menos escapan.
El tiempo emana de las cosas, dice Morton y le creo.
Salgo a la calle. Me obligo a que me dé la luz. Unos cuerpos que vagabundean. Mueven los brazos. Calzan sus chalecos. Dirigen el tránsito. Inician la vida. No me ven. ¿Estaré viva? Me sorprende la vitalidad de la ciudad cuando apenas son las seis de la mañana. El sol lleva en alto más de una hora. Si fueran las cinco de la tarde, no me daría cuenta. Quizás es el cuerpo la medida del tiempo.
He decido salir a correr. Necesito ver el agua y pienso que la zona de Mita es buena opción. Los canales. La carrera. La brisa de la bahía. Intercambio miradas con otro que corre. A un corredor le da alegría ver a otros corriendo. Es como ser parte de una tribu que no se ve, no se conoce. Se desperdiga por ahí y ya está.
Mi paso es lento. Las piernas pesan y se instala un dolor en el hombro. Me siento medio mecánica. Un artefacto algo fallido. Pero corro y combato el malestar. Me alegro porque sudar levanta el ánimo. Y surco las calles y los ríos. Y veo, aunque no me vean.
Ocho días después
De pronto, la mañana. El tiempo se desliza como el hielo. Que placer. Despierto abrazada al pequeño, sus brazos finos y fuertes me envuelven. Nos queremos en silencio. Mis ojos son dos rendijas. Veo que asoma por la cortina la luz. Ya es la mañana.
Ha llegado sin esperarla.
Lecturas que me acompañaron en estas noches de jet lag
Varios autores. Cosmismo ruso. Caja negra. 2021
Morton, Timoty. Todo arte es ecológico. Editorial GG. 2023
Severo Sarduy. Un testigo perenne y delatado. Hiperión. 1993
Augé, Marc, Espacios del anonimato, Barcelona, Gedisa, 1993.
Toussaint, Jean-Philippe. Fuir. Paris: Minuit, 2005.
«Evoco los sueños de otros porque con los míos no alcanza. «, qué pincelada… Maravilloso.
Gracias.