Hoy visito la biblioteca de la Dieta de Japón. Una experiencia interesante para todo amante de estos espacios y de lo extraño e inquietante.
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La biblioteca como refugio
Entre mis visitas algo bizarras, me encontré un día yendo a la biblioteca de la Dieta de Japón. Los que me siguen, saben que a veces hago una suerte de cata de bibliotecas en las que cuento cosas peculiares. Hay bibliotecas muy especiales que vale la pena visitar. Para mí siempre han sido lugares de refugio. En concreto, en Tokio, he pasado muchas tardes en la biblioteca que está en Arisugawa Park porque Tomás jugaba allí con sus amigos. Este es un lindo espacio con un buen fondo de literatura en inglés: la pena es que no deja sacar los libros fuera de allí. He pasado tardes enteras estudiando japonés, leyendo, escribiendo o durmiendo sobre sus mesas. También me gusta observar a la gente que va a las bibliotecas: en general es territorio de jubilados que van a allí a leer el diario. Está calentito y además los baños de las bibliotecas suelen estar bastante decentes. Yo he pasado también largas jornadas en la Biblioteca Nacional en Buenos Aires. Allí siempre hacía una media jornada estudiando álgebra, análisis matemático, estadística. Recuerdo con particular cariño al ascensorista de dicha institución.
Por otra parte, he estado en la mundialmente famosa biblioteca en honor a Murakami que está en Waseda University. Por supuesto, siempre es hermosa y siempre vale la pena visitar el campus, pero no deja de ser un reclamo turístico, más que un espacio interesante para estudiar y leer.
Hay una biblioteca por la que tengo especial interés: es la biblioteca de la Universidad de Tokio en Hongo. Por lo que sé, solo se puede ir con reserva y pidiendo material concreto. Claramente, podría pedir material en japonés y fingir que estoy leyendo para poder ver la biblioteca pero, yo me pregunto, ¿por qué las cosas siempre son más difíciles para los ciudadanos de a pie? Siempre las universidades, las academias, las librerías guays, los bares cools, recordándole al ciudadano: tú no perteneces.
Disculpen el excurso. Volvamos al tema.
Los libros de la Dieta en Japón
La biblioteca nace en 1948 para dar soporte al trabajo parlamentario. Hoy en día es posible acceder a un interesante archivo digital de cosas curiosas y peregrinas como la historia de las matemáticas en Japón o la historia de la inmigración brasileña en Japón.
En concreto, el edificio principal de la Biblioteca Nacional de la Dieta cuenta con un sistema de estanterías centralizado. La capacidad total es de 4,5 millones de volúmenes, con una longitud total de estanterías de 172 km. Para facilitar el traslado rápido de los materiales, el espacio está equipado con un sistema de transporte neumático y sistemas de transporte vertical y horizontal.
Hay seis plantas de altura, esta unidad contiene una sala de catálogos, salas de lectura, salas de materiales especiales y oficinas de administración de la biblioteca.

La claraboya de la biblioteca de la Dieta en Tokio. No me dejaron sacar más fotos. Aquí traen a los empleados al menos 15 minutos al día. Les debe dar la luz por su salud mental.
El Anexo, la parte más interesante
Esta parte está situada justo al norte del edificio principal. El edificio tiene cuatro plantas sobre rasante y ocho plantas subterráneas. Las estanterías están totalmente subterráneas, desde el primer sótano hasta el octavo. Como hay un patio de luces en el centro del anexo, la luz natural llega incluso a la planta subterránea más profunda. Esto es importante, ya sabrán por qué. Se utiliza un sistema de transporte vertical/horizontal.
El espacio de lectura se encuentra alrededor de un atrio con claraboyas en el cuarto nivel, de modo que los visitantes pueden ver de un vistazo la ubicación de cada sala de lectura.
La visita
Cuando llego, me atiende una chica joven. Una estudiante. Por supuesto, es un ambiente tranquilo y silencioso. Siempre en estas visitas estoy sola, porque nadie extranjero se interesa por estas cosas. Los visitantes de Japón prefieren ir a Universal o a pasear por Shibuya. Los entiendo. Yo me entretengo paseando por lugares algo monótonos, oscuros, áridos. Japón tiene un exceso de belleza y estímulos. No necesito más. No voy a hacer una guía detallada, porque no me interesa. Está lleno de gente allá fuera explicando Japón. Además, he pensado lo siguiente: no se transmiten los lugares, ni los amores, ni las religiones. Tampoco el arte. Son experiencias íntimas. Personales. Cosas que tienen que ver con las maneras de ver. No existen lugares bonitos o feos, sino formas de apreciar. Como si el medio y el fin fueran la misma cosa. Günther Anders[1] habla de esta idea de no poder separar medios y fines. Nunca es neutral ni la tecnología ni nuestra propia mirada que, en el fondo, es una forma de tecnología, quizás nuestro cuerpo sea la forma más primitiva de tecnología.
Japón fantasmagórico
Solo quiero decir que el Anexo fue lo más interesante para mí. Viajar ocho plantas para abajo siempre resulta atractivo. Y quiero transmitirles mi sensación en estos subsuelos en donde guardan los manuscritos más antiguos a una temperatura de 22 grados y sin luz.
Entrás a unas oscuras galerías. En donde un foco que emite luz blanca se va encendiendo según vas pasando entre pasillos de bibliotecas y cajones que guardan tesoros.
No creo que éstas sean ocurrencias japonesas: es la forma de conservación de cualquier libro. Pero, si a esto le sumamos el componente japonés, ya tenemos una linda película de terror.
Estos subsuelos son a prueba de todo, de terremotos e inundaciones. Llego a la planta menos ocho. Es como estar en un zulo de proporciones estratosféricas. Ves poca gente. Por ejemplo, un señor flaquísimo que arrastra un carrito de libros.
Camino entre los corredores. No paso miedo, pero Japón tiene una extraña e interesante tradición del miedo. Lafcadio Hearn dice que este es un país fantasmagórico.
«Quizás esto es lo que Hearn entiende por «fantasmal»: impulsos, influencias y emanaciones sin nombre, todas esas cosas que forman parte de nosotros, que determinan quiénes somos y qué hacemos, pero que son tan tangibles y efímeras como el humo, como una fragancia, como las palabras, como el aullido de un perro, como el futuro, como la vida misma».[2]
Pienso que, en parte, esto se magnifica en Japón, porque al no hablar la lengua, tienes que imaginar todo el rato. Adivinar. Poner en tu mente algo que no existe. Como si flotara algo. Es el lenguaje, no la lengua. Algo que se transmite entre las personas.
Quizás a eso Hearn llame “fantasma”. Yo me siento medio habitada por fantasmas en este país.
El miedo siempre tiene que ver con la luz o con su ausencia, o con esos sonidos que uno oye en la noche. El otro día me metí en un cementerio cerca de Mita. Ya era de noche. Solo un aleteo casi en el oído me dejó tiesa. Buscábamos una salida porque algunos cementerios en Japón tienen atajos. Puertas traseras. Y suelen estar en desnivel y puedes tener vistas de algo. Y se transforma un poco el cementerio en una vía de escape, en unas vistas bonitas a la Torre de Tokio. Lo oscuro y lo bello siempre está presente o es nuestra forma de mirar las cosas.
Yo siempre estoy a la caza de los saisen bako (賽銭箱). Aquellas cajitas en donde la gente deja sus ofrendas en los templos. Por primera vez fotografié una en la noche. Son tan bellas y soportan muy bien el paso del tiempo y la intemperie.
La luz para escapar de la locura
Volviendo a la biblioteca de la Dieta, el recorrido termina en ese agujero con una claraboya por donde entra una tenue luz de fuera. Es el patio interior. Es el sol amortiguado por el lugar de Japón en el mundo. La luz siempre es oblicua. Nunca entra plena como en el Mediterráneo.
Aquí vienen cada cierto tiempo los empleados. Por su salud mental, me dice la chica que me hace la guía.
Los empleados deben trabajar en el sigilo y en la oscuridad. Su salvación es una claraboya. Un rayo de luz.
También es mi salvación. Salgo a la calle. Me dejo acariciar por los rayos y por las sombras que proyecta el sol y las nubes en el suelo. Veo mi propia figura deformada por la ilusión de la luz.
Yo también soy un fantasma en este país.
[1] Anders, G. (2011). La obsolescencia del hombre. Volumen I: Sobre el alma en la época de la segunda revolución industrial (J. Monter Pérez, Trad.). Pre-Textos. ISBN 978-84-92913-95-4.
[2] Traducción propia en base a Hearn, L. (1899/2021). In Ghostly Japan: Japanese legends of ghosts, yokai, yurei and other oddities (M. D. Foster, Intro.) [Ed. revisada]. Tuttle Publishing. ISBN 9784805315835.
Siempre tu prosa impecable, que mejora día a día. Y la mirada, que descubre lo que nadie. Esa pincelada de los empleados buscando la luz es imperdible.
¡Gracias!