La escritura, el contacto con los otros y el dinero como forma de relación son parte de mis reflexiones sobre vivir en Japón. Para ello, me sumerjo en lo único tangible: la literatura.
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La escritura a saltos
Ayer le conté a Tomás parte del libro que estaba escribiendo antes de que viniera la pandemia, antes de que me fuera a Japón y antes de que publicara en el medio otra novela. En general, no me gusta dejar las cosas a la mitad porque siempre pienso que es mejor terminar como sea que quedarse en esa intriga de lo inacabado.
Todo tiene que ver con la ambición. Me dicen que hay que serlo en literatura, pero, al mismo tiempo, los senderos de la publicación son tan opacos e insondables que uno tiene que ser pragmático en muchas cosas. En especial, porque la vida nos obliga a ello. Empecé a escribir relato corto por razones menos artísticas y más prácticas. El relato corto soporta mejor la interrupción, lo mismo la poesía. Y es más facil empezar a publicar. Las cosas han ido mucho más allá porque llegar a Japón ha supuesto que haya tenido que abandonar muchas cosas. Al menos, de momento.
No me quieren las mamis del cole
Japón se ha metido en todo mi cuerpo como una enfermedad. Es inevitable. No puedo escribir dejando afuera a este país. Han pasado dos años y constato muchas cosas. Los japoneses te miran con distancia, te toleran, te enseñan, te tienen paciencia.
Pero están secretamente esperando que te vayas.
Los entiendo: ¿quién quiere tener que explicar todo cuarenta veces? Somos torpes e inútiles y el sistema está hecho para que todo lo foráneo sea poco práctico.
Ellos saben que deben ayudarnos porque tienen el sentido del deber y las jerarquías metido en los huesos. Pero les damos más trabajo.
Las madres japonesas del colegio tampoco quieren saber nada conmigo más allá de los saludos protocolares. Yo hablo con ellas, trato de acercarme, pero se nota que no quieren. No creo que sea racismo, sino pereza. Lo entiendo en parte. No me ofende, pero pienso que no es posible una vida a largo plazo. No hay integración posible. Lo más lindo de estar acá es poder ver todo como en una película muda. Ves escenas, ves miradas, transitas los mismos caminos que ellos, pero no llegas a entrar en su mundo que es, en parte, el de su lengua. No me apena, pero pienso que esta forma de vida no es sostenible en el tiempo.
Tarde o temprano hay que irse o volverse loco.
La insania es un camino loable. Los locos son libres de alguna manera. Y ejercen esa libertad sin paliativos.
Vivir aislados
También viajo por este país con los libros. He llegado a la parte en que Marco Polo llega a Japón[1], el Gran Khan no puede con ellos. Dos veces intentaron los mongoles hacerse con esta isla, pero los japoneses los echaron a patadas. Aislados han estado prácticamente desde esa última invasión mongola hasta que el comodoro Perry decidió que había abrirse al exterior.
A la fuerza lo hacen y a la fuerza obedecen, pero, en el medio, han pasado siglos aislados. Perdidos en las aldeas. Sin ningún tipo de perspectiva de las cosas. El mar ha sido su aliado y también los tifones que han sido la causa principal de que fracasaran esos intentos de conquista.
Siglos de estar solos hace a un carácter. No comercian, no navegan. Se quedan quietos contemplando la naturaleza o guerreando entre ellos.
Un país atravesado por el dinero
Pienso en estas cosas cuando las madres me saludan educadamente. Yo pienso que mi profesora de caligrafía me quiere o quizás me quiere porque le pago.
El dinero es tan importante en los vínculos japoneses que cuesta creer que el budismo esté tan arraigado. Sin embargo, me río cuando leo el relato Bagatelas[2] en el que unos monjes budistas desean retirarse y empiezan a manguear de todo a una enamorada que tenían. Dinero. Comida. Abrigo. El cuento es desopilante porque muestra esa melancolía japonesa y ese desparpajo que solo algunos escritores pueden tener.
Quizás aquellos que escribían poesía eran los que se lanzaban a los caminos y mientras viajaban iban poniendo en pocas palabras lo que veían. Puedo imaginarlos en medio de las montañas, al resguardo de los elementos, quizás ya cansados de tanto haiku y buscando otros registros. Los relatos, las cartas, los mangueos. Sigue siendo para mí la literatura, la principal forma de acceso a ellos.
Atravieso el puente, uno más de los infinitos que hay acá. Acabo de salir de ver jugar al voley a mi hija. Han ganado. Los padres festejan. Yo les miro todo el rato el pelo a las madres japonesas. Siempre tan prolijas en este país de vientos de locos.
Me adentro en Koto-city. También en ese caminar, los espío descaradamente. Hay mucha tienda cerrada. El pequeño comercio también muere acá a manos de los malls. Termino en un chino de barrio comiendo a las cuatro de la tarde. Hay mesas aun de familias y amigos. Gritan y comentan. En la cocina, los muchachos cocinan en silencio. Observo las ollas grandes y humeantes. No sé nada de lo que hablan. Pero al menos siempre puedo leer sus silencios.


Callar, es el idioma universal. Y ahí podemos leer todos.
Para leer más
- Sick of Being Lucky: Being a Woman in Japan
- Adachi: entre la mala fama y las huellas de Bashō
- Literatura, amor y economía invisible
- Mitaka, el barrio de Osamu Dazai
- Notes on Hiroshima
[1] Marco Polo. Libro de las maravillas del mundo. Cátedra. 2008
[2] Varios autores. La dama que amaba los insectos y otros breves relatos del antiguo Japón. Satori. 2015
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