Hoy hablo de mi amor por los sombreros en Japón. Auténticas obras de arte para usar y evocar momentos felices.
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El misterio del peinado en Japón
Los que me conocen saben que tengo una obsesión con los gorros y los sombreros en este país. En parte, porque hay siempre viento y calamidades climáticas que hacen que uno tenga que andar pensando en estas cosas.
Hay una cosa que me sorprendió cuando llegué, y es que la gente está muy peinada siempre. Yo tengo por regla peinarme una vez al día, por la mañana. Siempre creí que era suficiente, pero acá incluso antes de salir de casa ya ando con el pelo descontrolado. El asunto es cómo hacen ellos para mantenerse impecables todo el día, en especial con tanto viento. Pues, hay toda una gama de productos para el pelo que se encarga de ello. Me comentan que en otros países también hay mucha afición al gel, incluso entre niños. Acá, andan todos los infantes con sus gorros escolares que ya son parte del uniforme. Desde pequeños los japoneses van con la cabeza cubierta.
Un día observé muy detalladamente a una bella japonesa con su espeso pelo negro. Hermosa con sus largas faldas y su blusa impecable. Por supuesto, aquel día pasó de un sol radiante, a una ventolera terrible. Y cuando vino el vendaval, ella seguía ahí intacta. Ni un cabello fuera de lugar.
¡Esos flequillos impertérritos!
Había trampa, claro. En este país, siempre se están machacando el pelo. Se lo tiñen, se lo cortan, se lo llenan de ungüentos. Y yo he terminado sucumbiendo a esto. Porque mi pelo es indomable y ya no sé qué hacer con él. Ahora he resuelto que debo secarlo con Fino, un aceite que se pone para el frizz, luego agrego un moldeador y al final, algo de laca, aun así, siempre parezco despeinada, pero al menos hay algo de premeditación en todo el asunto.
Cuando el sombrero es un enemigo
Los sombreros y gorros ayudan y desayudan. Pienso que el gorro es peor. Son más eficientes cubriendo cabezas, pero, a menudo, deforman o destacan la forma ovalada. Piensen en el gorro de ducha. Qué horror. O el gorro de piscina. Otra indignidad. Hay gorros que recuerdan a condones (y un condón fuera de contexto es una tragedia). El gorro perfecto debe embellecer y realzar a la persona además de ser eficiente para lo que se lo contrató.
Al sombrero le pedimos que, como mínimo, nos proteja del sol. Así vemos que en Asia hay unos hermosos de los trabajadores del campo que cumplen esta función, son los famosos sombreros arroceros que vemos en Japón, China, Tailandia.
Me pasa a mí que en verano este asunto me genera un sentimiento ambivalente: este accesorio me protege del sol y, al mismo tiempo, me hace sudar más la cabeza. Ese trade off no está resuelto, pero en Japón se pueden encontrar en las ferreterías excelentes sombreros para jardinería, estos están pensados para protegerse del sol y además protegen la nuca.
Pero, ¿cuándo un sombrero es el enemigo? Cuando acaban con los peinados sofisticados (por eso nunca hay que llevar nada sofisticado) pero, a cambio, aplastan los pelos encrespados. El mío es tan fino que se infla. ¡Cómo extraño esa sequedad de Madrid tan mendocina!
Otro momento desagradable: cuando el sombrero nos queda pequeño y se nos sale todo el rato. Eso es una tragedia. Por último, no podemos consentir en este país que un gorro no tenga lazo para atarlo a nuestra cabeza. Siempre puede venir el viento.
El arte del sombrero está tan desarrollado en este país que realmente es posible esconderse del sol. Me doy cuenta de que las versiones españolas no cumplen con los centímetros necesarios para cubrir de sombra hasta la nariz. Dicen que el ala del sombrero debe medir 16 cm. Ahora presto atención a estas cosas porque tengo un problema: me mancho con facilidad. El sol y una mera brisa es suficiente para que se me oscurezca la piel por zonas. Nunca nada es del todo homogéneo.

Elegantes sombreros en Ginza.

Una belleza este sombrero. Una obra de arte.
El comportamiento en Japón en relación al sombrero
Mucha gente anda con el gorro o sombrero a todos lados, incluso en interiores. He visto gente comer bajo techo con la gorra puesta. En general, usan esas de baseball y no está mal visto caminar dentro de las tiendas y supermercados con gorros de lana. Se saluda con el sombrero y a nadie le llama la atención. Yo normalmente me lo saco para saludar. El problema para el occidental es que si tenés que dar besos, es un incordio tener algo en la cabeza. Y, al mismo tiempo, puede ser una salvación para gente desagradable con la que no queremos tener contacto físico.
Por ejemplo, siempre se puede decir: “no te saludo que tengo el sombrero puesto”. Creo que es una forma elegante de decir: no me apetece saludarte.
Lo que no vale es quitarse y ponerse el sombrero todo el rato, algo que uno haría si estuviera en España o en Argentina. En Japón es molesto porque el pelo se desordena. Además, si lo pensás, ¿dónde dejar el sombrero en los restaurantes? A menudo, en Japón hay como unos revisteros donde uno pone las cosas mientras come, pero el sombrero se aplasta y que estar pendiente. Me molesta prestar demasiada atención a los objetos que llevo encima. Soy descuidada y distraída.
Un buen sombrero requiere algo de cariño para que dure, por eso no uso sombreros caros, es una prenda demasiado cotidiana como para que haya que andar cuidándola. Los sombreros, como los paraguas y los celulares, deben ser susceptibles de ser perdidos y golpeados. No puedo tratarlos con demasiadas atenciones.

Este sombrero es muy práctico. Se pliega, protege hasta la nariz y es impermeable. Además, lleva cordel para que no se vuele.
El sombrero navegante del río Sella
Recuerdo un sombrero con especial cariño, uno de paja y ala ancha estilo Panamá. Bastante clásico, la verdad, pero eficiente en sus funciones. Bonito, por supuesto. (No compro nunca sombreros feos, aunque sean baratos.) Claramente, no era la prenda adecuada para remar, pero era lo que tenía a mano. Apenas subí a mi canoa, huyó la prenda a la primera brisa para aterrizar flotando en el río con mucha delicadeza. ¡Qué hermoso ver un sombrero flotar en el río! Yo iba siguiendo su destino segun remaba.
Es decir, lo dejé ir por el río Sella en su descenso en Asturias. Esperaba un lindo reencuentro llegando a Llovio. Siempre es prometedor imaginar el destino de otro que también va al mismo punto de encuentro. Por supuesto, el encuentro nunca se produjo.
Se me criticó mucho, ¿cómo no cuidaste el sombrero? Pero aquel amigo me acompañó un trayecto largo mientras estaba en la piragua. Yo remaba y él tan elegante iba flotando en paralelo, sorteaba obstáculos mejor que yo e incluso agarró una velocidad considerable. ¿Por qué tirarme al agua a rescatarlo si el sombrero era libre e iba tan feliz?
Un sombrero fiel te sigue a muerte allí donde vayas. Te protege, te cuida, te distingue o te esconde del resto.
En el caso del navegante del río Sella, finalmente, nunca llegó a destino, pero me gusta imaginar que está en otras tierras. Calentando otras cabezas o protegiendo otros cueros cabelludos del sol. Ajenos y anónimos. Le deseo que cobije a una buena cabeza con lindas ideas.
Las boinas, un capítulo aparte
Siempre he visto con fascinación y algo de inquietud a la gente que usa boina, porque me encantan pero, al mismo tiempo, no encuentro la ocasión para usar una. La gente que usa boina en general me intimida y me genera respeto. Me parece quees gente que sabe muchas cosas de la vida. Mis dos abuelos usaban boinas y siempre ha habido por casa viejas boinas que nadie quiere. Quizás, me pasa que no entiendo bien qué función cumplen. Las boinas siempre me han generado muchas dudas y preguntas. ¿Abrigan? ¿Protegen del sol? ¿O es un mero accesorio? El otro día encontré una de oferta y me enamoré. Sin embargo, no he encontrado la ocasión de usarla mucho aun. En cualquier caso, me estoy sacando varios prejuicios. Señores, efectivamente la boina abriga un montón. Un día de viento me la calcé y fui feliz. Es una prenda hermosa que seguramente usaré mucho el próximo otoño.
Unamuno usaba boina, incluso en los días de lluvia. Intuyo que algo impermeable debe ser esta prenda. Me gustan los hombres y mujeres con boina. Pero cuando hablamos de lluvia, siempre pienso que la capucha es imbatible. Ante la lluvia, ni boinas ni paraguas.

Retrato. Miguel de Unamuno sentado en barca con boina y paraguas. Mar y pueblo al fondo. por Guerequiz – Gestión del Repositorio Documental de la Universidad de Salamanca, Spain – CC BY-NC-ND.
Camino por la zona de Ōmori, muy al sur de Shinagawa. Descubro que en este barrio soy una desconocida y me doblego ante la gran góndola de sombreros que descubro en el centro comercial.
Me llevo dos hermosos. Uno de ellos con lazo. Son sombreros de clase media urbana, sin lujos pero aun así hermosos. Tengo ganas de mostrarlos todos. Siempre mi día. Mis horas, mi vida se alegra un poco cuando me pongo un sombrero en la cabeza.
Los dejo con un famoso haiku de Matsuo Bashō. Inspirador por su simpleza y por la grandeza de esta prenda tan bonita que no me canso de vestir.
Hoy el rocío/ borrará lo escrito/ en mi sombrero.[1]
Cuéntame tu anécdota o tu filosofía del sombrero. ¿Los usas? ¿Qué opinión te merecen?
[1] Matsuo Bashō. Sendas de Oku. FCE. México, 2005. 225 págs.
Amo los sombreros…en algún punto me hacen sentir acompañada.
En algún punto, uno se siente menos solo.