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Silvia Zuleta Romano

Sobre el oficio de escribir, el capitalismo y otras hierbas

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Pendiente, por qué

Silvia Zuleta · 19 diciembre, 2024 · Deja un comentario

Hoy hablo de Pendiente, mi última novela . Estos son apuntes en proceso de construcción. Y tienen como objeto despejar algunas dudas al lector.

Tabla de contenidos

  • Leer lo publicado
  • Los orígenes
  • Aroma a relato corto
  • Por qué se llama Pendiente
  • El misterio del arte: aquel malentendido
  • Argentina presente, pero no tanto
  • No quiero salvar el mundo
  • Doy gracias otra vez
  • Para leer más
  • Algunos apuntes extra sobre la idea de lo pendiente

Leer lo publicado

No alcanza una dedicatoria ni una charla de café para decir todo lo necesario sobre Pendiente. Lo ideal sería no decir nada, que el libro se defienda solo que ya está grande. Pero una novela recien publicada merece que le dedique algo de atención.

Quiero aclarar de entrada que esta historia se escribió hace ya un tiempo, previo a mi llegada a Japón. Por lo tanto, si estás esperando alguna influencia japonesa, habrá que esperar un poco.

Dicho esto, tengo que decir que me cuesta mucho la idea de tener que hablar sobre lo que escribí hace tiempo. De alguna manera, la escritura y la publicación son como pieles viejas que uno se saca de encima. También es como soltar algo muy pesado. Decía Paul Valéry que no existen los libros acabados, sino abandonados. En este sentido, Pendiente también es un libro abandonado. Es la sustancia que quedó después de un proceso que empezó de la siguiente forma.

Los orígenes

Pendiente comenzó siendo un relato corto al que en un momento dado decidí darle más profundidad. En especial, a algunos personajes y a algunas escenas.

Queda pedante decir que fue un experimento de la lengua.

Pero la realidad es que fue así.

Quise ahondar en la psicología de los personajes y necesariamente esto me metió en algunos problemas. Se me complejizó algo la trama. Se abrieron ramificaciones que eran necesarias para sostener el relato.

En cualquier caso, es lo menos importante. La historia de los personajes es siempre una excusa para expresar otra cosa. ¿Qué cosa?

Que lo descubra el lector.

No me gusta decirle lo que tiene que pensar o cuáles son mis intenciones ocultas. Principalmente, porque no tienen ninguna importancia. Por otra parte, muchas veces no tengo claro mis intenciones o van cambiando. O, simplemente, no lo descubro hasta mucho tiempo después.

Aroma a relato corto

Ya dije que se me complicó la trama. Al final, escribir es poder controlar los efectos colaterales de la propia escritura. Es como crear una bomba de relojería y luego intentar desactivarla. Se necesita de una precisión quirúrgica que tiene poco de artístico. Quise que la historia se mantuviera simple. Pocos personajes. Pocos escenarios. (Hay algo de ingenieril en todo esto.)

No siempre mis expectativas se cumplen porque el texto me va llevando. (Yo no manejo lo que escribo). Me dejo arrastrar. Nunca sé dónde voy a terminar. En esto veo una pequeña tragedia, pero de fácil superación.

Me interesaba que la historia mantuviera el aroma del relato corto. Esa sensación opresiva, como de habitación cerrada. (Pensamiento lateral: no entiendo bien la necesidad de causar opresión en el lector. Como estrategia de marketing es nefasta.)

Por Dios, estoy intentando vender un libro. Y esto me lleva a otra conclusión obvia: necesariamente debía ser una obra corta. (Nadie soporta esta opresión mucho tiempo).

Por qué se llama Pendiente

La primera razón es que así se llamaba el archivo de word. Pero es también el ánimo que gobierna mi vida. Lo pendiente pesa. Porque en esa idea de algo inconcluso, está la vida. Nos empeñamos en intentar acabar las cosas. Recortar. Finalizar. Es la llama que llevamos dentro.

Algunos ejemplos: la escritura, la maternidad, la burocracia.

Todas, instancias que en su mismo fin no son totalizadoras. Son actividades que siempre quedan «a medio hacer». En economía feminista, se habla mucho sobre el “carácter entrópico” de ciertas actividades. Yo digo que es como una maldición.

O más bien la maldición es nuestro empeño en terminar las cosas. Por eso me impactó tanto la obra de Keisuke Oka, el japonés al que llaman el Gaudí de Tokio, un señor que lleva más de 15 años construyendo un refugio en medio de la especulación inmobiliaria de Mita. La obra inacabada es un fin en sí mismo.

Si finalizamos las cosas, estamos muertos.

No puedo dejar de traer aquí este párrafo de Timothy Morton que aparece en Todo el arte es ecológico (GG, 2023), que traslada muy bien la idea de lo pendiente.

«A causa de la distancia que separa el ser del parecer, ser una cosa para empezar es ser sumamente imperfecto; solo para existir debes tener una grieta intrínseca e invisible que te recorra de arriba a abajo. De modo que una red de cosas no puede ser perfecta, y una cosa por sí sola no puede ser perfecta. No puedes sellar la cosa para impedir su futuridad, no puedes impedir que el tiempo se escurra de las cosas y se porte mal, no puedes alcanzar el fin de la historia, que ahora incluye la historia que cuentan los árboles y las capas geológicas y los modelos climáticos. Lo que tienes que hacer es diseñar tu calle sabiendo que, en algun momento, las ranas la cruzarán. En algun momento, esta formará parte de un estrato geológico. En algun momento, un destello se reflejará en un charco y cegará a un conductor que matará a un peatón. En algun momento… Aunque la carretera es algo abierto, sigue siendo esa misma carretera, esa cosa de asfalto negro pintado con líneas blancas.» (p.74)

El misterio del arte: aquel malentendido

No me gusta guiar al lector en relación a la historia o “lo que quise decir” porque me gusta que lo viva de forma genuina y en ese espacio, ese silencio, entre el escritor y el lector, está la literatura.

Es un misterio. Un lado de oscuridad. Una bruma constante. Es esa distancia de la que habla Niño de Elche en Heterodoxias (Cátedra, 2024) que les comenté hace unas semanas.

También me preguntan cosas sobre el libro cómo: ¿de qué trata? ¿qué género es? Me cuesta volver para atrás y, al mismo tiempo, me da vértigo lo que se va publicando. Rara vez vuelvo a lo que escribo. No leo lo que ya sale publicado. Puede el lector leer la sinopsis aunque yo siempre sugiero leer las primeras páginas de un libro para captar la música.

Las tramas se me olvidan facilmente y el género no es algo que me preocupe o que ocupe mi cabeza. Me da un poco igual. Solo me molesta tener que pensar en estas cosas cuando mando un artículo, un cuento o una novela a alguna convoctoria.

Yo qué sé qué es lo que escribo.

Argentina presente, pero no tanto

Los que me conocen saben que llevo muchos años en Madrid y mi forma de escribir va cambiando. Ya hablé de esto. No me peleo con la idea de que mi argentino se diluya, más bien me dejo llevar por esa marea que es la extranjería. Y me gusta. Pero particularmente, el texto es bastante argentino en los personajes y en los escenarios. No así mis anteriores obras que reflejaban más el hecho de la inmigración. Dicho esto, en mi novela no quiero mostrar una Argentina en especial. No me interesa contar la verdad de mi país. Argentina es solo una excusa para ubicar a mis personajes. Aparece Buenos Aires y algun pueblo costero de la Costa Atlántica. Todos lugares ficticios… o no.

No quiero salvar el mundo

No tengo nada con la llamada literatura comprometida. Me parece bien que haya lugar para todos. Solo necesito decir que en mi caso, cuando escribo ando siempre tan implicada en el asunto hasta el punto de que no puedo andar especulando con cuestiones morales. No quiero dar voz a nadie, no me interesa (quién son yo, por Dios). Cuando escribo no estoy pensando en el otro. No quiero cambiar el mundo ni hacer arte o literatura para «tener un mundo mejor» (el paternalismo de algunos escritores me asombra). Pienso que el arte es otra cosa. No sé bien qué es. O al menos la literatura es una manera de decir la verdad mintiendo todo el rato. Este es un tema que me obsesiona. Quizás me identifico con la idea de que el arte debe romper algo. Cuestionar. Es tan complejo que me cuesta entender hasta mis propias ideas. (Tengo que seguir pensando en esto.)

En ese sentido, no me interesa formar parte de una solapa prestigiosa, un colectivo o usar mi historia de vida para vender libros.  

Dicho esto, no me tome muy en serio el lector: soy tremendamente contradictoria.

Doy gracias otra vez

Por último, quiero volver agradecer la labor de las revistas literarias que cumplen un papel fundamental en la difusión nuevas voces. A veces son más dinámicas y arriesgan más que los libros que, ya por su naturaleza, son conservadores.

Otra tragedia, cristalizar la vida en un libro. Tiene algo de conservador el asunto. Y yo me autopercibo progresista.

(Quizás un progresista nunca debería publicar un libro.)

Un agradecimiento especial a mis editores de Jotdown, y a Paco González Fuentes de 142 revista cultural que siempre apostó por mi obra. Les recomiendo que se pasen por esta revista que siempre acoje a plumas interesantes y mantiene a la vez un perfil serio y bajo.

También quiero agradecer a mi comunidad, aquellos lectores sin prejuicios que pierden el tiempo leyéndome acá en el blog, en las revistas, en las antologías y en mis libros. Gracias. Gracias. Gracias.

Los que quieran adquirir la obra, pueden hacerlo a través de la tienda de Jotdown. Es la forma más rápida y eficiente. Por supuesto, está también en librerías de España.

Por último, ya ando en otra. Japón se cuela en todo lo que escribo, los artículos, la ficción. Mi próxima novela, ya está avanzando.

Que tengan felices fiestas.

Acá termina este artículo, pero si alguien quiere ahondar más en la idea de lo pendiente. Les dejo apuntes que ya publiqué en su día.

Si se cansó de leer. Déjelo acá.

Si es un friki de la idea, siga leyendo.

Iré incorporando cosas.

Para leer más

  • Sick of Being Lucky: Being a Woman in Japan
  • Adachi: entre la mala fama y las huellas de Bashō
  • Literatura, amor y economía invisible
  • Mitaka, el barrio de Osamu Dazai
  • Notes on Hiroshima

Algunos apuntes extra sobre la idea de lo pendiente

Callar como estrategia

A veces tendemos a pensar que hablando podemos defender una idea, explicando, enfatizando. Pero hay otra forma más sutil y eficiente. El silencio también lanza mensajes contundentes. El arte de la literatura pasa, en parte, por colocar esos silencios de forma perfecta. Pero otro tanto, acontece en la ciencia (social o dura).

¿Por qué la ciencia económica me dice que no hable de algo que determina el noventa o cien por cien de mis decisiones económicas? ¿Puede ser el silencio un arma política para dejar de reivindicar derechos? 

Los silencios tornan en pendiente lo que no debería serlo. Es hacer que las mismas cuelguen. Se muevan. Se tambaleen. Tillie Olsen habla de esto cuando se refiere a lo inacabado de la escritura que surge, en especial, de aquellos escritores, muchas mujeres, que deben hacerse cargo de otras cosas. La escritura, la obra inacabada, se torna pendiente. Un pendiente absoluto que no se acaba. En su libro Silencios, relata esa angustia, esos ecos del escritor que no puede dedicarse full time a la escritura porque debe realizar otros trabajos. La escritura y la maternidad tienen mucho en común. Esa rabia que emerge y que no se ve. No se contabiliza y por lo tanto no existe para el sistema.

En la sociedad capitalista, en los números, las madres y los escritores no son trabajadores. Y sin embargo, ese eco de lo pendiente resuena fuerte. Dice, Gerard Manley Hopkins: “Hace mucho tiempo que me acecha en los oídos el eco de un poema que acabo de trasponer al papel”.

El escritor navega en el reino de lo pendiente como puede. Se acerca bastante a la idea de tormento. Hay algo que navega en mi cabeza. Una masa pegajosa que hay que desmadejar. Escribir es meter aire, silencios también. Dar forma. Y eso empieza siempre con una proyección en la mente. Chantal Maillard dice que “la poesía es respiración”.

Mientras cocino, pienso. Desmadejo en mi cabeza. Manejo las sartenes. El chisporroteo del aceite. La sal que se pulveriza en el agua hirviendo. Esos sonidos generan algo en mí. Y si pasan varios días y no me siento a escribir, me pasa algo físico. Es la panza. Los dedos. La respiración. Todo empieza a andar medio mal. (¿Ven que es el cuerpo?) Porque esa idea de pendiente crece en mi cabeza. Se hace enorme. Hay algo sin hacer. Como las camas. La limpieza.

Entre el amor y el mercado 

Y entonces busco con Nancy otra vez que me dice: hay que estar atento a las motivaciones. ¿por qué corno los salarios son tan bajos en la economía de los cuidados? ¿Por qué? ¿No le interesa al economista responder esta pregunta? Y entonces entra esa palabra tan manida y tan tremenda.

AMOR.

¿Qué pasa cuando hay amor? Todo se complica. Y vienen las normas. Y toda una gama de obligaciones implantadas que, a la postre, se traducen en algo completamente numerable y medible: la baja de los salarios. La gente cuida por diversas razones, no solo económicas, y el hecho de que alguien tenga que hacerlo sí o sí, complica las cosas. Es como si hubiera una inelasticidad en la oferta de trabajo doméstico. Siempre tendrá que existir esa oferta, remunerada o no, porque alguien tiene que cuidar a la sociedad de niños y viejos. Pero para poder entender aquello que siempre queda pendiente. Los cuidados son siempre un asunto pendiente. Tienen ese carácter entrópico del hablábamos antes aquí en El trabajo de pintar la verja y otras reflexiones. Hazel Henderson (2), pionera en esto de la economía feminista y ecologista, se refería a entropía para hablar de aquellos trabajos calificados de menor categoría porque son cíclicos. Hay que hacerlos, una y otra vez. Y el cuerpo aparece en toda su extensión. Siempre está pendiente cuidar. Nunca termina. No culmina. Cuelga. Pesa. En la mente. En el cuerpo cargo a mi hijo que cada día pesa más. Y entonces me encuentro con que debo tomar decisiones laborales en base a otro cuerpo que cuelga del mío. 

Y requiere de una mente especial. De paciencia. De hacer y rehacer. Como barrer. Se ensucia. Se limpia. Se ensucia. Se limpia. Hay reiteración. Y no hay producto. Solo silencio. Y ese reiterar, impulsa a algo. Es el cuerpo que reitera. Que repite. Sostiene algo visible.

Las actividades prestigiosas, las de la esfera pública, se sostienen con ese trabajo cíclico e invisible. Ese trabajo que implica al cuerpo en toda su extensión. Y en donde el pendiente es un gigante que lo ocupa todo.

Es tan grande que no lo vemos.

Publicado en: La guarida de ficción Etiquetado como: economía feminista, pendiente, Timothy Morton

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