Me puse a leer esta interesante conversación entre el artista y Miguel Álvarez Fernández y terminé pensando en el proceso creativo, la búsqueda de estatus de los artistas y los gestores culturales.
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Conversar es como pasear
A veces me encuentro en ese estado de incomodidad y ganas de seguir indagando después de la lectura de un libro. No es felicidad exactamente pero es un cosquilleo altamente satisfactorio. Cuando un texto dispara preguntas, algo estará haciendo bien. Es lo que me pasó con el libro titulado Heterodoxias, editado por Cátedra (2024) en el que Miguel Álvarez Fernández entrevista a Niño de Elche.
En el formato conversación, lo interesante es que a priori no hay guión. Así un poco sucedió el intercambio con el escritor japonés Tettyo Saito al que entrevisté hace unas semanas. Uno pregunta y también va intentado resolver problemas. Algo parecido pasa cuando paseamos. Encuentro un vínculo interesante entre la caminata y la conversación. Algo azaroso de exploración y aprendizaje que es sumamente atractivo.
Leer esta conversación me hizo pensar en mi propio proceso de escritura. Escribir es un acto solitario pero, en realidad, llevamos las voces de otros todo el rato. Sus silencios, sus miradas.
Siempre, al final, escribir es un acto colectivo.
La cárcel de las etiquetas
Niño de Elche relata la dificultad para catalogar su obra. Los programadores de los festivales no saben cómo encuadrar una obra de arte. Hay algo problemático cuando una pieza artística sale al mercado (o al Estado, que en el fondo, es una especie de mercado encubierto porque impulsa en algunos artistas similares comportamientos).
El mercado es tremendamente normativo porque entiende que es fundamental para vender. El consumidor necesita mensajes claros. Así funciona eso que llaman géneros literarios o secciones dentro de una librería. No es una crítica. Es un desvelo de la ciencia económica trasladado a la creación.
Sin embargo, yo no sé lo que escribo. Quizás es ensayo, poesía o ficción. Me da un poco igual. Uno debe perder un poco los escrúpulos para crear. En la segunda fase, la del mercado, uno aprende que es mejor pedir perdón que pedir permiso. Hay una urgencia en el mercado que es algo aterradora.
Es justamente esa puesta en marcha de la maquinaria del mercado la que me obliga a pensar en otros términos, en otros lenguajes que no son los míos. Esas categorías de la literatura son jergas que no me pertenecen.
Ni quiero que lo hagan.
El enfoque forense de la literatura
Me gustó la idea de lo NO académico como reacción, Niño de Elche cita a Morton Feldman que habla de “suspender las propias convicciones”. Yo me he criado escuchando a académicos catalogar y acercarse al arte de forma demasiado fría y convencional. Como analizando un cuerpo en una plancha de metal.
Para estos académicos, la literatura es un “cuerpo muerto” que debe ser autopsiado. Y eso implica trabajar con aquellas horribles etiquetas. Creo que esta gente mira raro a aquellos que no pueden clasificar o que se consideran al margen.
A los marginales los miran con extrañeza, les buscan los títulos, los premios, las validaciones del mercado, del gobierno de turno o incluso del amigo influyente para ver si deben dejarlo entrar en ese club que, en realidad, nadie pidió entrar.
Son gente de solapas largas e historiadas. O son aquellos que se autoperciben artistas porque son amigos de otros artistas. Qué loco. Debe ser ésta la profesión más subjetiva del mundo. Nadie sabe ya qué es un creador. Y evoco otra vez las solapas de Iñaki Uriarte.

Mi solapa favorita. No necesitamos más.
Hay algo de búsqueda de status en lo artístico. Quizás algunos necesiten crear para “poder hablar de ello”, para poder decir que tienen amigos interesantes o, simplemente, para poder acceder a una conversación que consideran atractiva. David Marx[1] en su ensayo Culture and status, intenta dilucidar lo que él llama El gran misterio de la cultura. Y plantea,
“Una vez que entendemos el concepto de status, el cambio cultural es mucho menos misterioso.”
El autor cree que existe un mecanismo invisible entre estatus y cultura que se propone rastrear.
Cioran callejeaba y apenas acudía a eventos literarios. Recibía gente y tenía un diálogo regular con el vagabundo de la esquina.
Hay algo de atractivo en ese deambular en busca de gente común. Tokio es una ciudad perfecta para practicar la caminata en busca de gente, historias, paisajes. Quizás, allí en esos lugares cotidianos está la literatura. En las miradas, el color de la piel, el andar, las voces que susurran o el hacer de los cocineros cuando mezclan el arroz con los trozos de pescado en silencio. También en las espaldas de esas mujeres que jorobadas y encorvadas transportan sus cosas. O en los uniformes que llevan. Las colas de caballo. O la colocación de las uñas en el metro de esas adolescentes de cabellos espesos y artificiales. Los volados. O los peces que nadan en las macetas de los vecinos a la entrada del templo.
El público y la muerte
Niño de Elche, habla de “imaginarios construidos desde instituciones anquilosadas”. Quizás esperamos demasiado de ellas. Crear siempre debe suceder desde un costado marginal y me pregunto cómo hace Niño de Elche para buscar esa marginalidad después del éxito que ha tenido. Es un tema que me obsesiona. Me pregunto lo mismo leyendo a Mircea Cărtărescu y sus delirantes historias. ¿Como se puede seguir creando siendo un eterno candidato al Premio Nobel?
Más abajo me gusta leer esto: “Decía un famoso torero que el público es la muerte”. Algo parecido decía Unamuno.
Llegar, ¿A dónde? (…) El día que con voz triunfante digan de usted: “Ya entiendo a ese hombre”, está usted perdido; porque desde entonces no es usted ya suyo, sino de ellos. (p.10).[2]
Pienso en esa doble cara del “publico” que es una tragedia. El público como valedor del trabajo propio y como asesino de la propia creación. ¿El público te valida y te mata? Tengo que seguir pensando en esto.
Más adelante dice Niño de Elche,
“siempre he pretendido mantener una cierta distancia con la gente que pueda seguir mi trabajo, ya que, al ser tan cambiantes mis pareceres estéticos e incluso ideológicos, he sufrido todo tipo de incomprensión, pero también de excesivos fanatismos de comprensión.”
Esa distancia la veo necesaria. Un autor y un lector no deben recochinear mucho juntos. En especial, cuando esos lectores son también tus propias colegas. Ya sabes que entre ellos se leen para criticarse. Hay como un riesgo a esa contaminación, a querer agradar, querer pertenecer a un círculo, una tribu, intentar hacer lobby de algún tipo. Creo además que es como una droga para ciertos creadores, quedarse cozy dentro de esa gran familia en la que todos se admiran, follan y se apuñalan al mismo tiempo. ¿Quizás solo escriben para sus colegas?
Luego pienso en Truman Capote que se metió en bastantes problemas por escribir sobre sus amigos, que también eran escritores. Pero insisto, solo veo ventajas en tener amigos que no lean. Incluso, es deseable tener una familia que no lea.
Conozco un escritor que se apena porque su familia no le lee. Yo pienso que qué suerte tiene. La familia, los amigos, ese entorno cercano siempre condiciona al artista. Lo mismo los lectores.
Mantengámonos siempre lejos de ellos. No sabemos en realidad qué rondan sus cabezas.
De gestores culturales
Quiero destacar al final la importancia que le otorga Niño de Elche al rol del gestor cultural. Esa profesión tan variopinta y excéntrica. Yo creo que se le pide que, como mínimo, tenga algún tipo de sensibilidad artística. No necesariamente tiene que ser un creador, pero sí alguien que sepa conmoverse con el hecho artístico y no esté obsesionado con los públicos.
Niño de Elche habla de “ese mostrarse vulnerable y frágil ante el cambio”, un artista que debe seducir al gobierno de turno o al mercado de turno, no es libre. Más bien se acomoda. Se vuelve esclavo u operador.
Yo diría que el artista debe buscar siempre espacios de riesgo. Es una paradoja porque también hay que comer y nos pasa que tenemos esa tragedia, como dirían los cosmistas rusos, que es saber que la muerte está ahí. Quizás si fuéramos inmortales podríamos dejar de pensar en subvenciones, salarios, beneficios, derechos de autor.
Para Niño de Elche es un tema que lo obsesiona. ¿En qué pueden mejorar los gestores culturales para que su trabajo ayude a los creadores?
“A veces entiendo que pueda sonar algo enfermiza mi constante crítica esperanzadora a que se genere un tejido de gestoría cultural lo más independiente de la política partidista posible, pero creo que es la única solución a ciertos problemas estructurales en nuestro país.”
Me quedo con su frase final. Lo único que me mantiene en pie. Ahoga algunos de mis desvelos. Me sostiene y me hace feliz. Me quita momentánea y efímeramente, las dudas. Me crea otras nuevas.
“Hacer, hacer, hacer. Una forma activa de entender la esperanza.”
Amen.
[1] Marx, W. David. Status and culture. Viking. 2022 (kindle version)
[2] De Unamuno, Miguel. A un literato joven y otros ensayos. Guillermo Escolar Editor. 2024
Gracias Silvia, me ha encantado leer este relato.
Muy interesante, y coincide en todo tu discurso.
Gracias Penelope, hace pensar mucho sus palabras, en especial, a los que se dedican a esto de la cultura. Un abrazo.