Lisboa, Bucarest, Tokio y Buenos Aires. En sus libros, Fernando Pessoa, Leopoldo Marechal, Mircea Cărtărescu, Haruki Murakami y Leopold Federmair evocan territorios que tambien son personajes de la obra. Tienen vida y palpitan junto a ellos.
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Lisboa, un escenario para soñar
Caminar las ciudades con la literatura tiene algo de snob y hermoso que no acabo de comprender. Es andar menos solo y es decir: yo caminé con Pessoa, con Borges o con quien sea. Qué vulgaridad, por favor. Me escucho y resulta patética.
Pues, permítanme ser un poco vulgar hoy. Porque hoy quiero ir por ahí (otros hablan de viajes, cocina, mujeres, clínicas de estética o dinero).
Del paseo de Fernando Pessoa en su Libro del desasosiego, uno ve que Lisboa es un personaje más de la historia. No voy a repetir nada que ya no se haya dicho de esta obra. Ya está todo escrito y sobran las reseñas. Solo me interesa hablar del lugar que ocupa la ciudad. Quizás porque la trama, más que una ficción clásica que debe lidiar con varios actores que se despliegan en un escenario, hace trabajar a ese mismo escenario. En esas andanzas de Pessoa por Lisboa, uno despierta sus ganas de pasear por la ciudad. En especial, cuando debe lidiar con las pequeñas anécdotas de la vida cotidiana. La ciudad, las calles y sus vecinos parecen palpitar junto al protagonista. Recuerdo mis caminatas con Abril pequeña y su carro mientras su padre tiraba de él en las cuestas. El tranvía. Esas vistas. La decadencia hermosa que todavía podemos ver en algunas ciudades europeas y que en España se está perdiendo. También recuerdo los parques, la sopa de arroz, el frango. En ese paseo fuimos a la casa de Pessoa, yo todavía no había leído nada de él, pero era el paseo obligado. No soy muy fetiche de los escritores, pero Lisboa invita a esta frivolidades. También uno en el relato, tiende a olvidar las desgracias del turista. Como las cuestas, el calor, el dolor de panza por ese comer desordenado. Siempre parece que la literatura embellece las cosas.
Hace unos días se viralizó en X esa pequeña historia sobre el vendedor de tabaco que muere y dispara toda una serie de reflexiones entre filosóficas y jocosas en el narrador. Son minucias que bajo los ojos de Pessoa cobran otro sabor. Quizás no es Lisboa, es el tránsito del autor por aquellas calles y las personas con las que se va encontrando. Ese entretejido entre la poesía, la filosofía y la crónica pone a la ciudad en un terreno fértil que solo el autor puede crear.
Bucarest, un universo onírico
Mi amiga rumana me dice siempre: ¡no vayas a Rumania! Te van a robar. Pero aun así, yo sigo pensando que es un pendiente en mi vida. Nos dan ganas de ver esos escenarios vivientes que tanto hemos leído. Algo pasa con Solenoide de Mircea Cărtărescu, novela a la que le dediqué dos artículos. Su tránsito por las calles de Bucarest evoca no solo una época, sino un mundo de fantasía que solo puede ser posible en la mente del narrador. Es maravilloso ser testigo de las andanzas de ese profesor que nos recuerda tanto al protagonista del Libro del desasosiego. Esos personajes minúsculos que parecen que se los traga la ciudad, el sistema, el mundo laboral. (Otra vez, nos toca romantizar una ciudad que debe ser difícil. Otra vez esa extranjería que nos hace adorar cosas tremendas. ¡La decisiones que habremos tomado en la vida por creer que había algo romántico en el asunto!)
Y ellos, estos autores maravillosos los sacan de su ostracismo y los hacen crecer. Solenoide carece de la jocosidad del Libro del desasosiego. Excepto en la escena inicial: «tengo piojos otra vez». Puede que me ría en momentos muy concretos y es que cualquier asunto relacionado con los piojos me da un poco de risa.
Buenos Aires mágica
Por supuesto, que el paseo por Lisboa y Bucarest rápidamente me termina llevando a Buenos Aires. Esta es otra ciudad que juega fuerte en estas ligas de ciudades-personajes.
Y aquí me pongo seria: porque la genialidad de Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal no solo radica en ese tratamiento poético y onírico de la ciudad, sino que en esta obra es donde más potente está esta la idea de la ciudad como sujeto que juega. Suena todo esto a fantasmada, pero realmente hay una escena en la biblioteca que es impresionante. Es todo este libro tan demencial, que no puedo dejar de pensar en la mente de este escritor.

Comienzo de Adan Buenosayres de Leopoldo Marechal.
Por Dios, ese comienzo. Probablemente, de los mejores comienzos de novela de la literatura mundial. Aquí también hay, por momentos, un tono casi risueño que no vemos en Solenoide. Parece siempre que el narrador se está riendo de nosotros o de la vida (siento esto también con Stephen King o con Mariana Enríquez). Pero hay un valor agregado: y es que yo he vivido en Buenos Aires. ¿Cómo es posible pasear por tu propia ciudad, pero en otro tiempo y en otro espacio? Un poco lo que nos pasa cuando convivimos con la familia o los amigos. Estamos en el mismo territorio, pero en dimensiones diferentes, como si, en realidad, no nos viéramos demasiado. Evocamos los mismos hechos y nos damos cuenta de que la experiencia ha sido completamente diferente.
Y ahí está el comienzo de la literatura.
El Tokio de Murakami y Federmair
Ahora vivo casi en las antípodas, en una de las islas más extremas del Pacífico. También en Japón uno romantiza mucho, es culpa del arte y la cultura que al final destrozan nuestras expectativas y juegan con nuestra emociones. (¿Cuánto daño habrá hecho el animé a nuestras ilusiones más recónditas?)
Uno adora esta cultura (y lo sigue haciendo) hasta que tienes que lidiar con la burocracia nipona o con esos pueblos perdidos de la mano de Dios que no tienen nada que envidirle a Chacharramendi, Venado Tuerto o Quequén. Por Dios, ¿a quién se le ocurre cenar a las cinco de la tarde? (siempre que salgo de la ciudad y voy a un pueblo japonés lo primero que pienso es: ay! ¿Quién me dará de comer? ¿Qué? ¿Dónde? ¿Por qué nadie nos avisa cómo funciona la cosa?).
Y a colación de todo esto, apenas llegué a Tokio, leí Tokio Blues de Murakami, una novela que a mí se me quedó a medias. Me conmovieron algunas partes, pero no terminé de enganchar con tanto name dropping cultural.
Sin embargo, es hermoso vivir en Tokio y leer las caminatas de otros. Es paradójico, porque caminamos solos o en grupo, pero ese deambular es diferente en cada caso. Mis chicos ya están más grandes y a veces podemos darnos el lujo de andar sin rumbo o agarrar el metro y bajarnos en una parada al azar. Así hemos descubriendo hermosos lugares, como el muelle para pescar en el río que describí en Una pausa en Tokio. Tiene algo de especial caminar con los niños que se paran en cosas que uno nunca haría o te obligan a mirar la ciudad de otra manera (por supuesto, me olvido de sus quejas o de que te tironean para que veas cosas o de su lento caminar o de su rápido caminar, uno se olvida de todo otra vez. Olvidar también es una forma de supervivencia)
Pero andar solo es un lujo que muy pocas personas se pueden dar en una ciudad tan grande y tan importante como Tokio. En especial, si una es mujer. Lo recomiendo mucho. En este sentido, tengo que decir que Tokio es la mejor ciudad del mundo para perderse.
Y para caminatas por esta ciudad, yo siempre recomiendo y regalo Tokio de Leopold Federmair. Es un paseo por la vida cotidiana y los barrios de la gente. Una pincelada que va dando el autor a los distintos personajes que siempre andan un poco en la bruma. Tokio es, en este libro, algo más que un escenario hermoso de ser visto y fotografiado. Es también un ser viviente. Hay un tono melancólico a lo largo del libro. Creo que, en este sentido, es el libro más serio y más oscuro de todos los que he citado. No hay muchos motivos para sonreír en esta obra, excepto en una parte en que el autor deja entrever de forma muy sutil su malestar con la sociedad japonesa. Es una ráfaga, un instante en que parece que se le va a salir la cadena, pero rápidamente vuelve a sus cabales.
Y Tokio está ahí viva y callada. Como El gigante enterrado, diría Ishiguro Kazuo. Una metáfora hermosa de la memoria dormida.
Japón me recuerda mucho aquel silencio enorme. Y en donde solo basta con leerlos a ellos, los grandes, para encontrarlos y hallar la verdad.
¿Qué ciudades y novelas agregarías a esta lista?
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