Ya conté hace un tiempo que me echaron de un restaurant en Ginza por no hablar japonés. Hoy les cuento que tuve un incidente con una japonesa en una tienda de móviles. Son cosas aisladas, pero, de alguna manera, uno termina pensando lo que todos sospechábamos: en Japón o te vuelves loco o te largas. Sobre la cortesía japonesa en este capitalismo raro, hablo hoy.
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Ginza: barrio de nuevos ricos
Ya anochece pronto. Eso es bueno porque cuando mejor se disfruta esta zona es de noche. Las luces iluminan hasta la saturación y coches de alta gama pasean por la avenida. Ginza es el escenario donde los nuevos ricos pueden hacer gala de su posición económica. Ves japoneses embadurnados de Gucci y europeos medio pelo que lograron romper la hucha y llegar a Tokio. Todo convive en una atmósfera algo agobiante. Luces. Multitudes. Tiendas de lujo.
Aun así, me gusta ir y pegarme buenas caminatas porque siempre se encuentran lindos bolichitos para comer o ir al cine. En esta ocasión, me llevó al barrio un incidente doméstico. Escenario: negocio de atención al público. De pronto, deciden que me cortan todos los servicios de Internet y teléfono. Parece un problema fácil de solucionar en cualquier país del mundo, pero en Japón es un mundo. Dicen que no soy clienta. Que no existo en sus bases de datos, aunque les muestro el móvil con mi línea de teléfono y les cuento que ya he estado muchas veces. Termina todo en una discusión sobre dónde vivo y dónde anda mi marido. Uno siempre se siente un poco como dentro de El proceso de Kafka.
El inmigrante tiene el deber de odiarme
Hay un añadido en este país. Los japoneses tienen esa capacidad para llevar la conversación a lugares insólitos. En general, yo uso el humor, pero es difícil hacerlo en una lengua desconocida. El señor que me atendió es un inmigrante como yo y, en el fondo, me da pena que tenga que defender a la empresa y enojarse conmigo. Tiene razón. No tiene opción. Su deber es odiarme. Porque yo no tengo mérito y estoy siendo clienta y él hoy es un trabajador que debe solucionar problemas de gente como yo. Nos peleamos, pero, en el fondo, lo entiendo. Yo también me odiaría. El odio de clase es el más entendible de todos.
Nadie le enseñó que el cliente tiene la razón, pero, además, él sabe que cuidar su trabajo es más importante que cuidar al cliente. Porque además, esto es un monopolio, y ellos saben que los clientes estamos indefensos.
Hubo algo rescatable. Al menos había brillo en sus ojos. Y yo también lo miré con disgusto. También ese era mi papel.
Terror japonés: las mujeres
En muchas tiendas te atiende una japonesa prolija y luego te derivan a un inmigrante. Ellas son también parte de ese decorado que hay que cuidar. En este caso, hubo algo que me dejó estupefacta: fue la japonesa de la entrada que fingía no escuchar. Con su pelo planchado y su piel impoluta. Ella sí que era algo poco humano. El inmigrante tenía sangre en las venas. Interactuaba. Mostraba emociones. Ella, en cambio era la reencarnación del mal (si uno concibe el mal como algo cercano a la falta de expresividad). Una muñeca articulada de mirada plástica y perdida. Una copia más de las miles hechas de fábrica por un sistema que, desde pequeños, les enseña a obedecer. Los trabajadores son piezas iguales de una maquinaria como en la mejor época del fordismo.
Le hablé. La increpé. Y seguía sin mirarme. Y yo insistí. Por supuesto, no era la idea conseguir nada concreto. Ya era una curiosidad por el alma humana. ¿De qué estaría hecha esa creatura?
Mírame, mírame. Y logré, por fin, su fría mirada. Y sonreí.
Capitalismo y fascismo son buenos amigos
Estamos ya bastante gobernados por políticos que rozan lo despótico en muchos países que queremos. En algunos de ellos nos quieren vender que vivimos en libertad. Ya lo dijo Byung-Chul Han en su discurso de aceptación del Premio Princesa de Asturias. Ahora somos nosotros mismos los que nos damos con un látigo, los unos a los otros. Y creemos que eso es la libertad. Nos autoexplotamos. Creo que el triunfo del fascismo sucede cuando ya no es necesario que el Estado te prohíba para que tú obedezcas. En Japón, basta una sugerencia para que todos sigan las normas. Y obedecen a las leyes del mercado, a las leyes de la familia y a las leyes de gobierno. Parece que el precio a pagar por salir de ese molde es caro. No los culpo. Solo constato aquello que veo. Por supuesto, hay voces algo diferentes. Como el arquitecto Keisuke Oka que construyó el Gaudí de Tokyo, o Teytto Saito que decidió que quedarse en casa era la mejor forma de escapar de un sistema opresor.
Los libros: una puerta de escape
Hay también literatura de sobra. Me vienen a la mente dos libros que retratan muy bien la sociedad adocenada japonesa. La dependienta de Sakaya Murata (Duomo ediciones) y Out de Natsuo Kirino (Ediciones Destino). En la primera una trabajadora de conbini vive entre gente algo marginal y una vida que elige que no pase ni por la maternidad ni la promoción laboral. Ella quiere seguir en el conbini, no le parece que otras formas de vida sean más libres que la que puede llevar trabajando allí. Uno se pregunta: ¿qué significa ser libre? En Out, el asunto es más extremo. En esta novela, un grupo de mujeres que trabajan haciendo bentos deben deshacerse del cadáver del esposo de una de ellas. Hay siempre algo amargo y oscuro en cierta literatura japonesa. Es lo menos que pueden hacer. Ir al arte para poder escapar.
Al final, todo se solucionó en unos días. Y pudimos disfrutar tranquilos de nuestros datos y de las luces de Ginza que siempre nos devuelve con creces el glamour perdido.
Siempre me apena enormemente leer situaciones de esta índole, muy sufridas por los extranjeros viviendo en Tokio. A veces me pregunto qué ocurre para acabar así de mal una situación, y cuánto de culpa tiene cada parte. Nunca he vivido una experiencia así. Cierto es que alguna que otra vez me han puesto una mala cara, pero no peor que la que le ponen los del ayuntamiento de Sevilla a un chino que no sabe español y se pasa a registrar su nuevo domicilio con gestos. ¡Muchas gracias por mostrar esta cara de Japón, tan desconocida por los consumidores de su falsa imagen en Tik Tok!
Por suerte, no pasa todos los días. Gracias por leer y comentar. Me gusta mostrar costados de Japón diferentes.