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Silvia Zuleta Romano

Sobre el oficio de escribir, el capitalismo y otras hierbas

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Usted está aquí: Inicio / La guarida de ficción / Toda la verdad sobre las amas de casa y los expatriados en Japón

Toda la verdad sobre las amas de casa y los expatriados en Japón

Silvia Zuleta · 6 diciembre, 2025 · 2 comentarios

Hoy hablo de las amas de casa, de los expatriados y de la vida de estas mujeres tan poco interesantes para el visitante de Japón. Yo las reivindico y me refugio en la literatura que nos ha dado hermosas estampas de este colectivo que aun hoy es tan poco valorado por la sociedad y las cuentas nacionales.

Tabla de contenidos

  • Buscar la conversación en Japón
  • Amas de casa de todo pelaje
  • La mujer que ofrece cenas
  • Los visitantes que llegan a Japón no quieren amas de casa
  • En busca de la ama de casa perfecta
  • Japón te obliga a ponerte otro traje
  • Para leer más

Buscar la conversación en Japón

El otro día se me reían en la mesa porque me fui a ver una película de un georgiano que duraba tres horas con un coloquio posterior. Por supuesto, son cosas que uno hace en Japón por diversas razones. La principal: cualquier encuentro en una lengua que pueda entender ya es oro puro. Si encima es algo medianamente interesante, pues para adelante. Si la película es buena o mala, no es la cuestión de fondo. El hecho cultural de ir al cine sigue teniendo un encanto que no se pierde. En especial, para una ama de casa como yo, que lleva una vida altamente convencional y burguesa.

Los maridos de estas mujeres, por supuesto, tienen menos paciencia y lo entiendo. Ya tienen el cupo completo de encuentros y eventos interesantes en lenguas que puedan manejar.

Y encima les pagan por eso. Y encima algunos se quejan.

A los hombres que se quejan de estas cosas los invito a buscar alternativas menos interesantes y menos redituables como dedicarse al trabajo doméstico. Serán pocos los que agarren viaje.

Muchos incluso piensen que las vidas de estas amas de casa son envidiables. En cierto sentido, podría serlo, pero el mercado parece decir otra cosa: si fuera así, habría colas de gente para estos puestos y menos para los puestos de sus maridos en Tokio.

Un trabajo que no tiene prestigio, ni remuneración ni jubilación nunca será un trabajo codiciado. Sea en Tokio o en Buenos Aires. Todavía en muchos países se está peleando para que la labor de las amas de casa tenga un valor en el mercado y se reconozca el trabajo de ellas en las cuentas nacionales, en los divorcios y en la jubilaciones de los países. De estas cosas hablé también en Economía feminista: una mirada literaria.

Amas de casa de todo pelaje

De la vida doméstica se ha escrito mucho. A mí me gustan los retratos que hace Natalia Ginzburg del trabajo de las campesinas del sur de Italia en Domingo (Acantilado, 2021). Estas mujeres son sostenes de familias enteras, incluso de los pueblos. Son verdaderas heroínas. Mueren jóvenes. Entregan el cuerpo entero. También me gustan las amas de casa y trabajadoras de la fábrica de bentos que retrata Kirino Natsuo en el noir japonés Out (Destino, 1997). Estas mujeres se dedican a trabajos nocturnos en la fábrica de bentos porque durante el día deben atender a su familia. Nadie las contrata de día porque deben cuidar a sus hijos.  Los hombres hacen horas extras y, en muchas casos, los recompensan con mejores puestos de trabajo. Tiene sentido. Poder darte el lujo de hacer horas extras es un privilegio. La novela de Natsuo lo retrata muy bien. Significa que tienes a alguien en casa encargándose de tu familia. A estos hombres nadie les pregunta en las entrevistas de trabajo, ¿quién cuidará de tus hijos? Hemos llegado a un punto en el que trabajar y hacer horas extras para obtener una promoción, es un lujo que no todo el mundo se puede dar. Estas mujeres no tienen nada de eso. Deben trabajar de noche para mantener la casa y deben llegar a tiempo para preparar el desayuno de sus maridos. Así, de pronto resuelven que descuartizando cadáveres para la yakuza se empoderan como mujeres.  

Leyendo estas historias, una se siente, por supuesto, una boluda y, al mismo tiempo, afortunada por la vida que tiene.

La mujer que ofrece cenas

Hay también algunos retratos más terroríficos, como el de Virginia Woolf en Mrs Dolloway. Clarissa tiene que preparar una fiesta. Ella tiene una vida social pero no parece haber una interlocución que trascienda el small talk. El comienzo de esta novela es demoledor, asfixiante, peor que cualquier escena gore del noir japonés. Es Clarissa que se detiene en cada detalle y su mente está viajando todo el rato.

“Tenía continuamente la impresión, mientras contemplaba los taxis, de estar fuera, lejos, muy lejos en el mar, y sola; siempre le había parecido muy peligroso, terriblemente peligroso, vivir, aunque fuera sólo un día.”[1]

En Japón me topo con muchas mujeres que se han vuelto expertas en preparar fiestas. No es mi métier, pero si tengo que recibir gente lo hago gustosa. No tanto por preparar nada, sino por experimentar esa sensación, ya algo de extraña, de hablar con gente que tenga más de diez años y no se dedique solo a cuidar de su casa.

Uno ya no busca conversaciones eruditas, ni siquiera interesantes, tampoco amigos. El listón está tan bajo que al final uno quiere poder comunicarse en cualquier lengua posible. Montaigne decía que la conversación “es el más fructífero y natural ejercicio del espíritu”[2].  

No tengo nada contra las amas de casa, algunas son muy interesantes y tiene un universo interior que no tienen muchos hombres. El asunto es que las mujeres de los expatriados terminan pareciéndose un poco, en especial, aquellas que ya llevan mucho tiempo en este oficio. Les gusta hablar mucho del colegio, de los múltiples pasaportes, de las recepciones de las embajadas, de la llegada del container, el ski, de sus clases de zumba. No las critico. Pero mirando con lupa, uno ve que hay mucho más.

A mí me gustan las paracaidistas. Las que terminaron en Japón de casualidad. Las que todavía miran todo esto con algo de perplejidad. También me gustan las mujeres que están un poco psiquiátricas y dicen barbaridades.

El otro día hablaba con otra mujer que se empeña a ir todo evento que puede. ¿No te apena no poder comunicarte en japonés?,le pregunto. Me gusta su arte para mantener conversaciones banales. Sabe moverse con elegancia. Yo quiero ser un poco ella a veces. Ella dice que no le importa quedarse afuera de la cultura japonesa.

Toda la vida social a la que se puede aspirar son círculos de diplomáticos y expatriados. Ella parece estar conforme. En esta categoría de mujeres que dan cenas, entrarían las que fagocitan los vínculos de su marido. No lo critico, y hasta lo entiendo, pero lo sigo encontrando problemático: nunca dejarás de ser «la mujer de». Y una no viene a Japón para eso.

La ama de casa es alguien que se ocupa de su casa. Independientemente de que trabaje también fuera del hogar. Las publicidades de los años 50 eran especialmente sexistas.

Los visitantes que llegan a Japón no quieren amas de casa

Volviendo a la falta de conversación en estos países de lenguas difíciles, uno diría que con la cantidad de gente que está viniendo a Tokio, uno tendría que encontrarse con una cantera de visitantes interesante y variada.

Pues no.

En Japón los que vienen a hacer algo concreto, solo tienen interés en vínculos que les reditúe de forma rápida. El visitante de Japón es una persona urgida por el tiempo y con altas expectativas. Lo entiendo: vienen pocos días, han gastado recursos y dinero en un viaje largo y agotador. No pueden perder el tiempo en relaciones que no les ofrezcan a algún tipo de recompensa inmediata. Incluso, en el caso de que vengan con todo pago, han tenido que hacer un esfuerzo en conseguir los fondos que luego tendrán que devolver en formas de cenas, elogios, conversatorios, tours de compras o incluso sexo. No hay tiempo para nada más. No practican la espera porque andan apurados. Este es el perfil de científicos, artistas, investigadores, deportistas, escritores y cualquier persona medianamente formada.

También está la gente que busca alojamiento en Japón y que, de pronto, entabla relaciones o te sondea a ver si puede obtener una habitación. Me da la risa con la gente que aparece de la nada. En esta categoría entrarían: amigos de la primaria que no ves hace siglos, sobrinos de tercera generación, viejos ligues.

En busca de la ama de casa perfecta

En este contexto, ¿quién está dispuesto a comunicarse o entablar algún tipo de vínculo en un país tan cerrado? Las amas de casa. Porque ellas al menos no piden credenciales de ningún tipo. No están apuradas. Les da igual de quién eres o no amigo. Una buena ama de casa es una mina de oro de historias. Y tienen una cualidad que las hace únicas.

Están siempre disponibles.

Es más: su trabajo y su desgracia es justamente estar disponibles. Las amas de casa son el elemento que se adapta a las urgencias de los otros. Su trabajo es ingrato, no solo porque no está remunerado, sino porque no tiene un resultado tangible. A menudo, solo consiste en esperar que sucedan cosas o esperar que no sucedan. Es como el trabajo de un bombero: quizás tenga un día tranquilo y sin contratiempos, pero tendrá que está disponible y dejarlo todo a la mínima urgencia. No puede irse lejos, no puede hacer planes porque quizás tenga que cancelarlos por una urgencia, es el médico de guardia sin remuneración. Una ama de casa es una trabajadora muy poco fiable para un empresa. ¿Quién contrataría a un bombero en su oficina?

En ese contexto, las amas de casa no hacen nada a priori interesante. Y solo pueden ser atractivas para otras amas de casa. Y aquí radica la paradoja. Una buena ama de casa recibe en su mesa a todos. Cualquier pelaje puede sentarse a su mesa. Científicos, doctores, abogados, plomeros, estudiantes, gente en paro. Estas mujeres muestran una versatilidad pasmosa.

Pero rara vez es al revés. Una ama de casa no es recibida nunca, a menos que vaya en calidad de acompañante de su marido, en otros círculos que no sean otras amas de casa.

Pero el asunto es que hasta los plomeros se cansan de hablar con plomeros y a veces necesitan charlar con un electricista.

También existe una suerte de discriminación entre las mismas mujeres. He intentado acercarme a las amas de casa japonesas. Me interesan muchísimo. Pero ellas no quieren, no pueden, no les interesa. Me comenta otra ama de casa latina: las coreanas tampoco quieren saber nada de nosotras.

Hay otro subgrupo dentro de las amas de casa y son las paracaidistas que dejaron temporalmente su profesión para acompañar a sus maridos. Esto a veces funciona y a veces no. En especial, se da cuando tenés aspiraciones profesionales en el país de acogida y esto no se ve cumplido. Conozco mujeres que se han puesto a estudiar. Pero al final, termina siendo agotador y solitario.

Por último, están las que deciden volver. Dejan al marido y regresan a su país. Quizás son las más curtidas. O ya han pasado por la nefasta experiencia de ser todo el rato “la mujer de”. Conozco muchos casos de mujeres que abandonan este barco, en especial, las mujeres que ya tienen los hijos grandes. Y pienso que quizás es el mejor camino a cierta edad. Los hombres zascandilean a gusto.

Y sus mujeres también.

Japón te obliga a ponerte otro traje

Todo esto me ha llevado a tener que cambiar mucho mi forma de actuar. Paso mucho más tiempo en la calle y soy más receptiva a cualquier tipo de personaje curioso. De este espíritu surgió mi diálogo con Saito Tettyo. Un chico hikikomori de Chiba que empezó a escribir en rumano. Hablar con él para mí fue maravilloso porque pude acceder a un poquito de esa alma japonesa.

Otro gran momento fue meterme en la casa de Keisuke Oka, el Gaudi de Tokio. Nunca hubiese pensado que terminaría en su maravilloso edificio llamado Arimasuton Biru. En este caso, me encaré con el tipo y prácticamente le exigí entrar. Hay más momentos, no siempre hay tiempo de contarlos todos. Estas cosas las hago porque, de otra forma, no hay manera de salir del círculo tóxico y nocivo de los expatriados.

Por supuesto, hay excepciones como en todos lados. De pronto, encontrás a gente especial o, más bien gente normal, pero esas son como piedras preciosas que aparecen muy de vez en cuando y confirman la norma. Están ahí y hacen mi vida en Japón más alegre.

De momento, me haré dos viajes que ansío. Osaka e Hiroshima. Las fábricas de la moneda me esperan. Allí seguro ni habrá amas de casa ni habrá expatriados.

Recuerdo unas palabras de Patti Smith: el cuarto propio no es solo un cuarto propio. Es la propia mente, aquel territorio que es solo tuyo, un lugar de entera libertad. Donde nadie entra ni nadie manda excepto uno mismo.

Con este espíritu me escapo. Salgo corriendo.

Ando siempre lejos.

Muy lejos.


[1] Woolf, Virginia. La señora Dalloway. Alianza editorial. 1994

[2] Montaigne, Michel de. Ensayos III. Cátedra. 2002

Para leer más

  • Sick of Being Lucky: Being a Woman in Japan
  • Adachi: entre la mala fama y las huellas de Bashō
  • Literatura, amor y economía invisible
  • Mitaka, el barrio de Osamu Dazai
  • Notes on Hiroshima

Publicado en: Japón, La guarida de ficción Etiquetado como: Bloomsbury, keisuke oka, literatura japonesa, patti smith, tettyo saito, Virginia Woolf

¡Gracias por compartirlo!

Interacciones con los lectores

Comentarios

  1. IZ dice

    8 diciembre, 2025 a las 18:04

    Impecable. Una mirada original y profunda, y con la prosa que siempre encanta.

    Responder
    • Silvia Zuleta dice

      9 diciembre, 2025 a las 00:43

      Gracias.

      Responder

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