Pensamientos en torno a lo japonés visto desde afuera y sobre la vida en Japón después de dos años viviendo en Tokio.
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La infancia y lo japonés
Fue casualidad que mis mejores amigas de la infancia fueran japonesas. La primera vivía en Mar del Plata y yo jugaba en su tintorería. A la segunda, aun la sigo viendo y cocina de maravilla. Ella fue la que siempre me traía algún souvenir japonés. A mí siempre me maravillaba esa estética y su disciplina, de la que carecemos los argentinos. También me vi en un momento de la primaria aprendiendo hiragana en los recreos del colegio. No sabía que años después, terminaría en Tokio con mis hijos.
Ya han pasado dos años desde que llegué. Poca cosa para una tierra tan compleja. Cuando llego, me doy cuenta de que se me ha olvidado lo básico. Tengo que volver a recordar. He enterrado las formas de cortesía más básicas. Le pregunto a mi hija que es una luz. Ella dice que también se ha olvidado.
Lo primero que hacemos al llegar es ir a comer una anguila a un bolichito que nos encanta. Estamos de acuerdo los tres que nos gusta y no suscita discusión. La anguila nos une.
Cuando vuelvo a casa acomodo los libros. Tengo una buena mezcla de compras y bibliotecas ajenas, que es como recortar un poco del universo de otro.
Japón desde afuera
La mirada de Japón desde España y desde Argentina, tiene algo siempre de temporal. En general, la gente que viene se queda poco tiempo y no alcanza a entrar en este ecosistema. Yo insisto: no hace falta estar en Japón para entrar. La literatura, el cine, el arte nos abren puertas que todos podemos atravesar. La fascinación, el desencuentro, los mitos, los malos entendidos. Hay mucha gente ahí fuera de Japón, pensando a Japón todo el rato.
Quizás ellos sepan más que yo sobre el asunto.
Pienso en Arthur Waley, el primer traductor al inglés del Genji. O en todos esos escritores que han imaginado y pensado a Japón desde afuera. Los lectores de manga que hay en todo el mundo son otra tribu que es capaz de conocer algunos aspectos de esta sociedad que nosotros no alcanzamos.
Allí, desde fuera, a miles de kilómetros de acá, asistimos a formas de arte que no llegan a Japón porque no tienen público. Es bastante paradójico que tenga que irme lejos para llegar a Japón. Contar a Japón desde afuera implica irse.
Quizás es la única manera, la única posible. No hay manera de penetrar y de decir: la estoy contando desde adentro. No hay necesidad, ya están los japoneses para eso.
Lo primero que hago cuando me voy de Japón, es traerme libros sobre Japón en lenguas que pueda leer. Sigo teniendo un acceso limitado. Además, me doy cuenta de que las madres japonesas del colegio, no quieren tener relación con occidentales. Se juntan entre ellas. No las culpo. Les da fiaca lo extranjero. No pueden tener complicidad. Soy un stress para ellas.
Por suerte, Internet nos salva la vida. Y regreso con alegría. Ya hay cosas que uno extraña. Cosas que quiero y que solo están acá. Quizás, el silencio. Algo parecido a la libertad.
El jet lag alarga los días
Salí a correr a las siete de la mañana. Me estoy despertando a las cuatro. Me doy cuenta de lo largo de los días. Esas primeras horas de la mañana son lindas. La casa duerme. La ciudad nunca. Mi hijo también anda madrugando. Salgo ya vestida para correr. A las siete de la mañana ya he hecho muchas cosas. Me encanta la fauna urbana de esa ahora. Hay deportistas siempre y oficinistas. Y más silencio aun. La calle es mía. Y pienso que no necesito más. Ese tiempo, ese silencio y esa calle casi vacía. Quién pudiera terminar con el deseo. Y me vienen a la mente esas botas que vi y que «necesité» al instante. Esa urgencia del consumo es la que transforma los lujos en necesidades. La frivolidad con respecto a las botas ya es parte de mí. En los papeles lucho contra ello, en la práctica, no lucho nada: si puedo, me compro las botas.
Sobre la libertad y el capitalismo
Ya sabemos que la dictadura quita la libertad. El deseo también. ¿Podremos un día hablar de una utopía que acabe con el deseo? ¿qué nombre le podríamos poner? Mark Fisher[1] habla de esta idea capitalista de generar escasez en el tiempo libre que, a la postre, genera escasez de recursos naturales. Tal como planteaba Keynes, hace rato que el asunto de la escasez está solucionado gracias a la tecnología, ¿qué esperamos para poder tener más tiempo libre? ¿es esa la batalla que viene?
Quizás la única forma de libertad pase por desear menos cosas (aunque mis botas son hermosas).
Vuelvo a Ryokan, que últimamente siempre está presente.
Cuando no hay deseo todo alcanza
cuando hay, nada puede saciarlo
simples verduras pueden curar el hambre
un hábito de monje basta para proteger el cuerpo
voy solo, acompañado de ciervos
canto con los niños del pueblo
enjuago mis orejas en el agua, al pie de
la roca
y me gustan los pinos de las cumbres[2]
Amén.
[1] Fisher, Mark. Deseo postcapitalista. Caja negra. 2024
[2] Fuente: Ryokan . Poemas del Gran Loco. Schiumerini ediciones, Buenos Aires, 1995
Estabas señalada para ira Japón. Las bibliotecas de acá son tuyas, no ajenas. Podés saquearlas con impunidad. Gran prosa. Un lujo
¡Me encanta saquear bibliotecas ajenas! La biblioteca es un órgano vivo.