Apuntes sobre cómo un señor que nunca pisó Oriente se hizo experto en China y Japón. Y, cómo terminé hablando, una vez más, de Bloomsbury, el cuerpo y la vida de Arthur Waley.
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Sobre el hechizo de la literatura
En estos días estoy terminando de leer el primer tomo de La novela de Genji en versión castellana basada en la traducción de Arthur Waley. Por supuesto, estoy más que encantada, que no es una palabra que me guste mucho. Sin embargo, cuando pienso en la palabra encantamiento, me parece que refleja lo que me pasa con esta obra y, en especial, con la buena literatura. Hay un hechizo. Cuando miro el origen de la palabra veo que viene de cantar, uno canta cuando quiere hechizar a alguien. De lo que sabemos, parece que Murasaki iba leyendo los episodios en voz alta e iba encantando a sus oyentes. Eso tenía la literatura de entonces que era algo que se cantaba y encantaba. ¿Se pierde algo en el camino cuando cantamos en nuestra mente un texto al leerlo en soledad? Desconozco.
Estar encantado con una obra no siempre es algo bueno ni habla de los méritos del autor. Es una predisposición quizás del lector. En el caso de la novela de Genji es la sutileza, la sugerencia, la mezcla de poesía y prosa, las preguntas que despierta.
El entorno de Bloomsbury
Sin embargo, hoy me quiero centrar en Arthur Waley, (antes llamado Schloss), que fue parte del grupo Bloomsbury, colaboró estrechamente con ellos, ayudó a Strachey a acceder a archivos del Museo Británico, invitó a Duncan Grant a que ilustrara sus traducciones como la famosa Monkey y fue cercano a Virginia Woolf, quien escribió una reseña de Genji en la revista Vogue.
Vean por favor qué lindas tapas.

Fuente: CHA-P-1609, Duncan Grant, colour proof, Wild and fearful creatures, ink on paper. Photograph © The Charleston Trust (second down) CHA-P-1606, Duncan Grant, colour proof, Wild and fearful creatures, ink on paper. Photograph © The Charleston Trust (third down) CHA-P-1605, Duncan Grant, colour proof, Wild and fearful creatures, ink on paper. Photograph © The Charleston Trust (bottom) CHA-P-1760, Duncan Grant, colour proof, Dust-jacket for Monkey 1942, ink on paper. Photograph © The Charleston Trust
De él sabemos algunas cosas, escribió un pasaje sobre la homosexualidad en Cambridge que, por alguna razón, no gustó a nada a Maynard Keynes, mucho antes de que destacara como un magnífico traductor y experto en literatura japonesa y china, dijo de su texto presentado a los Apostoles de Cambridge:
“Un articulo horroroso, estúpido, divagador” (p.188) en carta a Duncan Grant.
Creo que a Keynes le irritaba que se haga público algo que para esa sociedad de hombres amigotes era un secreto a voces. Todos eran bisexuales y se la pasaban bien, pero mantenían el decoro que pedían las instituciones británicas. Keynes respetaba esas instituciones, aunque en la intimidad desarrollaba todos sus encantos y sentimientos.
Solo eso explica el enojo con Waley, quizás también que fuera judío en un momento en que el prejuicio racial estaba en todos los estamentos de poder de la sociedad británica y, aunque en Bloomsbury había judíos destacados como el mismo Leonard Woolf, estrecho amigo de Keynes, sí que pesaba el prejuicio. Waley incluso se cambia el apellido adoptando el de su abuela materna.
Conocer una tierra a través de la literatura
Pero hay algo aun más curioso en la vida de Arthur Waley y es que se volvió experto en dos países que nunca visitó[1]. Aprendió de forma autodidacta el chino y el japonés y trajo a Occidente el interés por obras que, de otra forma, nunca hubiésemos conocido.
Desde mediados del siglo XIX hasta principios del XX, el número de colecciones chinas y japonesas, aumentó rápidamente en el Museo Británico. Binyon, jefe del departamento que desempeñó un gran papel para establecer el departamento de antigüedades orientales en el Museo, asignó el puesto a Waley que venía de un viaje por España. Empezó a estudiar tanto el chino como el japonés, porque se dio cuenta de que era imprescindible conocerlos para poder catalogar las colecciones[2].
Me llamó la atención esto, porque Waley parece no tener interés en comunicarse, es decir, en las formas contemporáneas de la lengua. Yo no llego a tanto. Pero comparto algo de esa inquietud por la lengua escrita. Es lo que me sucede con el japonés. Por supuesto, está lindo eso de poder hablar la lengua del país que uno habita, pero, en realidad, estando poco tiempo en esta tierra, lo único que puede perdurar es lo que queda escrito, aquello que me puedo llevar vaya a donde vaya. Me interesa y me intriga más lo que me puede dar la literatura o más bien el japonés que se escribe.
Por supuesto, no todo lo que trasciende es literatura. También trascienden algunos eslóganes. Las etiquetas del champú, los carteles de la calle. Las señales de tránsito. La lengua escrita es un conjunto de señales que perduran y que luego van mutando. Ese mundo me interesa porque subsiste algo más que la oralidad y porque mi forma de aprendizaje, en general, es más visual que auditiva. Hay algo de legado en lo que dejamos por escrito. Waley lo que quiere es acceder a una literatura que les ajena. No necesita, como Lafcadio Hearn, empaparse de presente, vive esas culturas a través de su pasado. No se deja distraer por lo contemporáneo.
¿Es posible entender a una cultura solo a través de su poesía? Quizás eso es lo que intentaba Waley más allá de los momentos históricos que estaban atravesando esos países. ¿Cómo sustraerse de todos esos eventos para poder entender la psicología de un país?
En este momento, estoy rodeada de gente que no para de viajar, en especial, por Asia, pasan dos días hacen compras, toman vuelos, y siempre me queda esa sensación de si realmente conocen al menos algo de lo que ven. Japón vivió eventos traumáticos en la época en que vive Waley, también China. Sin embargo, él parece conocer la psicología de esos países a la distancia, a través de algo llamado literatura.
Buceando en sus libros encuentro esta poesía de Su Tung-p’o (China, 1036-1011 d.C.) que tradujo Waley. Fue esta colección de poesías chinas la que lo introdujo en el grupo Bloomsbury. Él mismo traduce y paga esa edición. Autopublica, como ya habían hecho otros escritores y manda una poesía a cada uno de los miembros del grupo Bloomsbury.
“Las familias, cuando nace un hijo,
Quieren que éste sea inteligente.
Yo, que a base de inteligencia He arruinado toda mi vida,
Sólo deseo que el bebé resulte Ignorante y estúpido.”
Entonces conseguirá una vida tranquila
Convirtiéndose en Ministro de Gobierno.[3]
El cuerpo que crea
Como corolario, una anécdota. En su vejez a Waley lo visitaba Duncan Grant (uno de los grandes amores de Keynes) que trabajó para él ilustrando varios libros. Una vez fallecida su mujer, Beryl de Zoete, se junta con la que había sido su amante por décadas: Alison Robinson. Se casan un mes antes de su muerte. A él le descubren un cáncer y paralelamente tiene un accidente de auto que lo deja postrado. Iban los dos. Duncan lo visita días antes de morir. Lo ve muy mal pero cada tanto lúcido. Y al final, ella, su mujer se ofrece a llevarlo en coche a la estación. Duncan queda espantado por la forma que tiene ella de conducir y no puede dejar de pensar que puede haber tenido algo de responsabilidad en el asunto[4]. También pensaba en María Kodama que se casa con Borges poco antes de morir. Y pensaba en esos cuerpos que se van descomponiendo. Es curioso que Waley pierde la visión de un ojo de joven, ya en la vejez se resiente la movilidad de su mano derecha y para terminar queda paralizado producto del accidente y el cáncer. Son esos cuerpos medio mutilados los que se hacen literatura, marcan una impronta que no sería sin esas contingencias. Borges escribe en voz alta, crea escuchando y memorizando.
¿Cómo escribe una mano semiparalizada?
Genji: ¿un modelo de sociedad?
Algunos han visto en la novela de Genji un modelo alternativo, pacífico, a la civilización. Siempre aflora la misma pregunta. Si la civilización, el buen gusto, la belleza, la paz, los buenos modales, todo eso, implica un grado de sufrimiento y explotación soterrado.
A pesar de las numerosas traducciones de la novela de Genji, parece que, en cada viaje, ese organismo va mutando. Se metamorfosea. Incluso le crecen patas o queda mortalmente mutilado. Aun así, quiero pensar que algo queda. Una música lejana. Un eco del pasado. Algo que alguien quiso transmitir y llega hasta nuestros días. Quizás es esa mirada de las mujeres que rodearon a Genji que tan bien transmite Murasaki. Como bien sugiere Virginia Woolf, son ellas que lo observan y lo construyen[5]. En esos tankas tan bellos. En esa caligrafía. Hay esfuerzo, sufrimiento, explotación, jerarquía.
Tengo que dejarlos con un tanka del Genji.
Como nieve que se niega a fundirse,
sobrevivo en las tinieblas,
y ni siquiera estoy segura
de quien soy o adónde me dirijo.[6]
[1] Más información en este artículo del New York Times.
[2] https://www2s.biglobe.ne.jp/~matu-emk/waley.html
[3] Traducción en español aparecida en Carro Marina, Lucía (ed). 170 poemas chinos. Biblioteca Nueva. 2000
[4] Spalding, Frances. Duncan Grant. A biography. Pimlico. 1998
[5] The Essays of Virginia Woolf, Volume 4; Volumes 1925-1928. A Harvest book · Essays of Virginia Woolf. Author, Virginia Woolf. Publisher, HARVEST BOOKS, 2008.
[6] Shibuki, Murasaki. La novela de Genji. Esplendor. Austral. 2010
Bellísimo artículo.
Sobre los viajes me gusta la manera de entenderlos de Pessoa: que se lleva bien con la de Waley:
«Cualquier atardecer es el atardecer; No es necesario ir a verlo a Constantinopla. ¿El sentimiento de liberación que surge al viajar? Puedo tenerlo yendo de Lisboa a Benfica, y tenerlo más intensamente que alguien que va de Lisboa a China, porque si la liberación no está en mí, para mí no está en ninguna parte”.
O más al grano:
«Viajar? Para viajar basta existir.”
Hoy uno de los placeres del viaje es poder contarlo, o pasar un vídeo a los amigos en una tarde de domingo y poner otra chincheta roja en el mapamundi.
Se viaja tanto que se termina atontado. No es necesario. No suma. Cansa. Envejece. Empobrece. Es antiecológico. ¡Creo que voy a escribir un alegato contra el viaje!