La gente se mueve y no sabemos bien porqué. El viaje como consumo angurriento está siendo un símbolo de status. Es la muestra de algo que ya ni siquiera nos molestamos por entender y disfrutar.
Por alguna razón, el artículo Porqué no me gusta el verano sigue siendo el más leído de este espacio. Es un misterio porque no es un texto en el que haya profundizado tanto, sin embargo, algo llama la atención. Eso me gusta de la escritura. La duda y el malentendido que se suele crear entre el lector y el autor.
Tabla de contenidos
Lo que hago cuando viajo
Del viaje solo queda el desorden de las maletas. El placard vacío, porque para mí no vale la pena poner la ropa en el armario. Me resulta atractivo revolver la valija cada vez.
Me gusta instalarme en los lugares, en especial, si son hoteles. No veo nada de extraordinario ni atractivo en pasar pocos días en un lugar. Los viajes relámpago me espeluznan. No hay tiempo para nada y yo soy lenta por naturaleza. Me gusta llegar a los lugares y no hacer nada. Perder el tiempo. No estar pendiente del tour ni los horarios. Tirarme a leer. Dormir mucho. Callejear. Ir de librerías. Me espantan las colas de turistas. Los restaurantes llenos. La muchedumbre. Las torres o campanarios en las que hay que apreciar «las vistas» de las cosas. A mí no me interesa especialmente ver la ciudad desde lejos. Las cimas y los rascacielos me dejan fría.

Dentro de Tokyo Tower, innecesario.
En los lugares de viaje me gusta salir a comer, leer, caminar, escribir, hablar con la gente y no mucho más. Me hartan las actividades, los tours, me canso de moverme. También de la gente. Yo pienso que el ser humano, cuando no emigra o escapa de algo, viaja más por inercia, aceptación, símbolo de estatus, presiones familiares, de grupo, de amigos.
Yo no siento nada de eso.
Viajes que emocionan
Yo hablé hace un tiempo de habitar la vida con extrañeza y con eso me basta. Más bien me conmueve la mirada de otros viajeros sobre el viaje. Ni siquiera es el lugar en sí sino la forma en que el escritor sortea esa mirada. Un ejemplo son los viajes que cuenta Stefan Zweig sobre Magallanes, o los viajes de Humboldt que relata Andrea Wulf. También las travesías de Darwin y Fitz Roy. Ahora estoy con Antón Chéjov y su viaje a las islas Sajalin. El tipo estudia, se documenta, habla con la gente, lee todo lo que se ha escrito sobre ese pedazo de tierra. Duerme en el suelo, rodeado de chinches y cucarachas. Pasa frío. Se acurruca en donde le tiren un colchón. Se embarca en una aventura que no le deseo a nadie, pero que me fascina cuando la leo. Porque admiro su valentía y su forma de ver. Observa con curiosidad, no juzga. No pasa por la superficialidad de las cosas.
El turista, en cambio, acumula experiencias, las muestra, y disfruta de la conversación sobre viajes. Las cuentas de Instagram están llenas de gente contando viajes. Dando tips para visitar lugares. Me parece bien. Yo también visito esas páginas, pero en el fondo, hago poco de lo que dicen. No tengo disciplina para reservar, acomodar horarios, planear. Es ocupar parte del espacio presente en idear un futuro.
Para movimientos, me basta con cambiar de bar para que el camarero no sepa a dónde me voy de vacaciones o para ver si la medialuna es diferente en otro lado. La variabilidad es posible en dos baldosas de la vereda. Hace poco hablé de Arthur Waley que se hizo experto en China sin salir de Reino Unido.
Es un cliché que se viaja con la mirada pero tiene algo de verdad. Se viaja con los libros, con las ensoñaciones, las fantasías y las emociones. Es una forma que no implica que el cuerpo se transporte.
Y me detengo acá para lamentarme.
Qué calamidad eso de llevar al pobre cuerpo como un espantapájaros de acá para allá. Es como hacerlo rehén de algo muy oscuro. Ojo: hay algunos movimientos del cuerpo que celebro. Los tres más importantes (el orden es aleatorio): el running, la caminata y el sexo. Me horrorizan los aviones, las viajes en colectivos, las colas para hacer el check in, el ruido de las rueditas de las maletas.
De alguna manera, si estamos moviéndonos todo el tiempo, debemos ocupar un espacio de nuestro día en gestionar cosas, billetes, reservas, comidas. La reproducción diaria devora cualquier otro tipo de especulación de la mente. Divagar requiere algo de quietud. A mí por eso me asalta el desasosiego con los viajes. Me pongo alerta. Tengo miedo de perder los pasaportes, las tarjetas, la ropa. Es el colchón, las sábanas, la comida. El cuerpo que debe acomodarse a una nueva situación. ¿Es necesario? No lo tengo claro. En el avión vi gente mayor muy castigada metida en esos asientos pequeños. Yo los miraba con curiosidad sin entender. Luego pienso que quizás son viejos que llevan esperando toda la vida la jubilación para meterse en un avión y decir que han viajado. Puede que para ellos sea un acto de coraje, orgullo, valentía. Una revancha de algo. La idea de «por fin llegué». Quiero pensar que son felices, que ese machaque del cuerpo tiene recompensa.
El viaje como búsqueda de conocimiento
«Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos», dijo Fernando Pessoa en el Libro del desasosiego. Suscribo esto y lo veo a diario en Japón con los extranjeros como yo que vivimos allá. Veo gente que habita ese territorio pero sigue estando en su país de origen o en el Japón que quieren construir, muy distinto del mío. Van a los mismos restaurantes que en su país, cocinan la misma comida, buscan las mismas tiendas de ropa o se sacan la misma selfie en el mismo lugar.
Quizás están en Japón pero nunca terminaron de llegar. Me gusta imaginarlos como seres que están todavía arribando en cámara lenta. En el «proceso de». Pienso que quizás yo tambien estoy llegando. Y, sin embargo, Japón es estudiada y venerada desde fuera por mucha gente que estudia su cultura, la consume, la disfruta, la trata de entender, aun sin visitar el país. Es lo que hizo Antón Chéjov antes de ir a Sajalin, lo que hacen los verdaderamente amantes del conocimiento. Tratar de entender.
Los japoneses son un pueblo que se ha movido poco. En general, ellos reciben de afuera todo tipo de influjos. Leyendo La novela de Genji te das cuenta de que el culto a la belleza está en la poesía, en la ropa, en el cuerpo de la mujer. Nunca está en los viajes. Nadie se mueve mucho, menos las mujeres a las que se contempla en su quietud a través de un biombo. Todo sucede puertas para dentro. El que se va, lo hace desterrado. Cuando se va exiliado Genji tampoco se va tan lejos. Puede que esa noción de lejos y cerca sea diferente para los japoneses.
El viaje como consumo conspicuo
Yo ya no sé qué es estar lejos. Estar cerca. Sentirse fuera o dentro. Creo que viajar es algo que nos persigue. Una necesidad. Un ímpetu de mostrar que nos movemos. ¿Cuánto? Lo que marque la moda. La tecnología. El consumo conspicuo, como decía Veblen en Teoría de la clase ociosa. Moverse dejó de ser una necesidad para transformarse en ostentación. Uno se cansa de solo pensar en los lugares no visitados, como de los libros no leídos. Se cansa del futuro que no existe. De las cosas que proyectamos y no suceden.
Y en ese cansancio, solo queda lo único que no cambia. Esa flor de magnolia que veo por la ventana. Ya abierta. Algo mojada por el rocío. Efímera. Los pétalos tan abiertos que están por desprenderse. Blanco y verde son esos colores que veo en Buenos Aires o en Asturias. El mismo perfume. Los años. Un péndulo que son sus ramas. Un ciclo que no tiene fin.
Y también es bello porque se acaba.
Muy guay este artículo! Lo que mas horroriza es la gente que viaja para luego quedarse en un hotel all-in, consumiendo un destino, un safari o una playa como producto comprado de un catalogo… Y sin interés en el lugar que está visitando. El destino como gran parque de atracciones.
Sí, así estamos. Los libros son los que de verdad nos hacen viajar. Pero siempre el capitalismo haciendo de las suyas…